“No te enamores de mí” en Booket.

¡Buenos días!

No he podido resistir más en compartir esta gran noticia. El 16 de noviembre tendréis disponibles en vuestra librería o gran superficie la primera novela que publiqué con Zafiro: #NoTeEnamoresDeMí. 😍😍😍 Se publicará en edición #LibroDeBolsillo con el sello del #GrupoPlaneta #Booket, a un precio más que irresistible donde podréis revivir la historia de Ewan y Natalia en papel. 💃💃

Quiero agradecer públicamente a mi editora, Esther Escoriza, su confianza, su cariño y ser la causante de materializar uno de mis sueños. ¡Gracias, guapísima, eres un solete! ❤ También quiero agradecer vuestro inmenso apoyo, sin vosotras esto no sería posible. Gracias por confiar en mis novelas, gracias por confiar en mí y gracias por acompañarme, día tras día, en esta aventura. ¡Sois lo MÁS! ❤❤

¿Os habéis fijado en la portada tan chula que me ha hecho el equipo de Booket? Me encantaaaaaaaaaa. 😍😍😍😍😍

¡Ya a la venta!

¡¡Ya a la venta #SaqueDirectoAlCorazón!! ¿Vale todo en el amor? Descúbrelo por muy poco. 😀

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Primer capítulo de “Saque directo al corazón”.

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1
Los árboles la resguardaban del ardiente sol de aquella tarde a mediados de agosto. Aunque fuese una locura correr con esa temperatura, a ella no le importaba, pues así podía aprovechar y admirar los lugares por donde pasaba, sin tener que hacer un esfuerzo sobrehumano porque estuviera repleto de turistas. Llevaba recogida la larga melena morena en una perfecta trenza alta, que se balanceaba al ritmo de las grandes zancadas que daba; se había puesto pantalones cortos de lycra grises y una camiseta de tirantes de color rojo. Pasó por delante de la espectacular Unisphere, un globo terráqueo de acero de cuarenta y dos metros de altura, hueco, en el que se veían perfectamente los continentes que formaban el planeta Tierra y bordeado por unos surtidores de agua. Sin duda, era el emblema del impresionante parque Flushing Meadows-Corona. Corrió rodeando el monumento y admirando todos sus detalles; el viento la salpicaba con pequeñas gotas de agua que refrescaban su piel bronceada por el sol. Era una obra preciosa, la mirase por el lado que la mirase. Estaba absorta observando su belleza, cuando de repente alguien chocó con ella y, a causa del impacto, Érika se precipitó al agua de la fuente, quedando sentada sobre el fondo, completamente empapada.
—¡¡Eh!! —gritó indignada, mojada y enfadada al verse de aquella guisa.
—¿Es que no miras por dónde andas? Has estado a punto de lesionarme —le espetó un chico con malas maneras.
Érika lo observó con cierto recelo, sin moverse de allí. Era muy atractivo, de cabello castaño, que llevaba corto y peinado con un estilo moderno, levantado hacia arriba formando una cresta; era atlético, a través de su camiseta se podía intuir un torso muy musculado y unos brazos de bíceps bien definidos; su mirada quedaba oculta por unas gafas de sol Ray-Ban Aviator espejadas, lo que le daba un plus de chico malo.
La miraba sin hacer ademán de ayudarla a levantarse de la fuente, y se limitaba a tocarse el brazo derecho con preocupación, como si el topetazo le hubiese provocado una contractura.
—¿Que yo te voy a lesionar? ¿Y tú qué? ¿O crees que me gusta bañarme en las fuentes públicas? —preguntó Érika, visiblemente molesta por la actitud insolente de aquel muchacho.
Se levantó para salir de allí. Estaba totalmente empapada. Al contacto con el suelo, sus zapatillas produjeron un sonido desagradable y ella hizo un mohín al notar
aquel tacto tan extraño en sus pies. Intentaba por todos los medios no resbalar y no volver a caerse de nuevo.
—No sé si te gustará hacerlo o no, pero te recomiendo que te apartes siempre que me veas cerca —comentó él, bajándose un poco las gafas y recorriendo su cuerpo con la vista, despacio y convirtiendo aquella acción en algo sucio y prohibido.
—¡Eres un cerdo! —exclamó ella, fulminándolo con la mirada y cruzando los brazos sobre el pecho para cubrirse.
—Me han llamado cosas peores —ironizó soberbio—. Y también mejores. —Le guiñó un ojo sonriendo y se volvió a poner las gafas de sol.
—Seguro que las peores ganan a las mejores, porque con esa actitud prepotente no te debe de aguantar nadie —gruñó Érika en tono seco.
Y, sin darle tiempo a responder, se fue corriendo hacia el gran complejo deportivo USTA Billie Jean King National Tennis Center, dejando a su paso las visibles huellas de sus zapatillas mojadas.
Tenía tal cabreo que hubiese sido capaz de decirle cualquier grosería, pero prefirió callarse. Sabía quién era él y no le apetecía malgastar palabras con un hombre así. Llegó a su habitación dejando un visible rastro mojado.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó su hermano Rafa al verla entrar tan seria.
—Un gilipollas me ha tirado al agua y el muy… no ha tenido ni la decencia de disculparse.
—A saber lo que estarías haciendo tú… —murmuró el joven mirándola con desconfianza.
—Correr, que yo sepa no es ningún delito… ¿Adónde vas ahora? ―preguntó viendo que llevaba su cámara de fotos con zoom.
—A trabajar un rato. Cámbiate y baja, creo que papá quiere que entrenes un poco con Martín.
—Ya voy… —bufó Érika, entrando en el cuarto de baño para darse una ducha rápida y cambiarse de ropa.
Sonriendo, su hermano abandonó la espaciosa suite con dos dormitorios separados por una salita que ambos compartían.
Su padre era un famoso entrenador de tenis, y la vida de sus hijos siempre había estado vinculada con este deporte. Cuando su madre falleció, empezaron a viajar a todos los torneos con su progenitor. A causa de una lesión en la rodilla, Rafa no pudo convertirse en lo que su padre siempre había anhelado: un jugador profesional, pero
supo arreglárselas para dedicarse a algo relacionado con el deporte. En la actualidad era periodista de una famosa y prestigiosa revista. Ella en cambio no se dedicaba a nada por el momento, y seguía acompañando a su padre a los torneos y haciéndole de sparring ―una especie de jugador comodín que ayudaba en los entrenamientos― cuando se lo pedía.
Su padre, Rafael Acosta, era uno de los mejores entrenadores de tenis que había por el momento y cuando vio que su hija tenía madera para practicar ese deporte, no dudó en centrarse en ella, pero Érika no quería competir… A ella le gustaba jugar por diversión, aunque cuando su padre le pedía que jugara un partido con un tenista de élite, lo hacía. Sin embargo, no quería sentir la presión de tener que ser la mejor, de ser la número uno. No servía para eso…
—¿Cómo está mi sparring preferida? —la saludó Rafael Acosta al verla acercarse a una de las dieciocho pistas de tenis que había en el interior del famoso USTA Billie Jean King.
Érika llevaba un vestido corto de tenis con un minúsculo pantalón debajo, ambos de color blanco.
—Aquí me tienes. ¿Qué quieres mejorarle? —preguntó, sabiendo que la utilizaría para perfeccionar algo del tenista que ahora su padre tenía a su cargo.
—¡Ésta es mi chica! —exclamó él con una sonrisa, orgulloso de ella—. El próximo rival de Martín está obsesionado con los golpes de revés plano paralelo, intenta hacer los máximos posibles. Y hazle correr mucho, ¿de acuerdo?
—Sin problema.
Érika se acercó a aquel chico al que conocía desde hacía un año, cuando su padre empezó a entrenarlo para mejorar su ranking, y lo saludó con una sonrisa. Se fue al otro extremo de la pista y, agarrando con firmeza su raqueta roja, esperó a que él sacara. Empezarían calentando un poco y luego haría que sudase.
No era la primera vez que jugaban juntos, su padre le pedía muy a menudo que entrenara con él para que el joven aprendiese a contrarrestar algún golpe. Martín estaba jugando la fase previa del campeonato Open USA y Rafael quería que llegase muy lejos en ese torneo; sabía que, con un buen entrenamiento, el chico daría que hablar.
Érika lo llevaba de un extremo a otro de la pista, pero Martín, de unos veinte años, le devolvía todos los ataques. Estuvieron jugando durante un set completo. Rafael admiraba la forma que su hija tenía de moverse. Si ella hubiese querido, habría podido ser muy grande…

* * *
—¿Quién es la chica que hace correr sin descanso a ese muchacho? No la conozco… —El joven que lo había preguntado se paró delante de la pista de tenis sin apartar la vista de aquella chica vestida con aquel sugerente vestido blanco.
—Leo, que te veo venir… —bufó su entrenador, a sabiendas de su fama.
—No pienses cosas que no son, lo pregunto porque es buena jugando… sólo eso —replicó él, sin apartar la mirada de aquella morena e intentando hacer memoria, porque le sonaba de algo.
—No sé quién es, yo tampoco la conozco. Supongo que será una sparring. Pregúntaselo a Rafael, seguro que estará encantado de decírtelo…
—Lo haré… —respondió Leo, retomando su camino hacia otra pista cercana.
—Sólo te pido que estés al cien por cien en este campeonato; te juegas mucho Leo —insistió su entrenador.
—Lo sé y este año lo voy a lograr; ya lo verás, David. Estoy teniendo una temporada envidiable y sé que voy a conseguir lo que pocos han logrado: el Grand Slam.
—Pues entonces, vamos a ello —concluyó el hombre, cerrando la pequeña puerta que daba acceso a aquella pista.
Leo Silva venía de disputar un Máster 1000 en la ciudad de Cincinnati, donde había obtenido la victoria con una facilidad casi pasmosa, y ese año quería lograr su meta, que consistía en ganar en una misma temporada el Open de Australia, el Roland Garros, el Wimbledon y el Open Usa; y todo con sólo veintiséis años. Si lo conseguía sería un gran logro. Era favorito en todas las casas de apuestas del país: aquella temporada había logrado ganar todos los torneos que había disputado. Llevaba como número uno más de ciento cincuenta semanas y había conseguido batir varios récords.
Su entrenador hacía varios años que estaba con él y sabía bien cuáles eran sus fallos, y cuál su punto fuerte. Leo estuvo entrenando duro, mientras David no paraba de lanzarle bolas.
Aún quedaba una semana para que comenzase a jugar, ahora empezaba a disputarse la fase previa para terminar de completar el cuadro final. Él partía como primer cabeza de serie, lo que conllevaba jugar en la fase final en la segunda ronda. Pero prefería estar ya allí, así podía practicar en aquellas pistas rápidas y ver a sus
futuros contrincantes. Además de conocer chicas… Porque uno de sus puntos débiles no estaba dentro de las pistas de tenis, sino fuera. Leo Silva era un mujeriego empedernido, le encantaba conquistar y atraer a las mujeres más guapas de cada país. ¡No lo podía evitar! Además tenía tres cosas a favor para que ellas no pudieran resistirse a sus encantos: era famoso, era rico y era guapo.
Después de unas horas de entreno se fue hacia su suite a ducharse y luego bajó a un restaurante del mismo complejo para cenar, allí lo aguardaba su entrenador. El sitio era de bufet libre y Leo pasó por diversas fuentes de comida cogiendo lo que más le apetecía.
—David, voy a la mesa que está al lado de la columna —indicó, mirando a su entrenador.
Se volvió y echó a andar sin mirar, con tan mala pata que en ese momento pasaba alguien y sus bandejas chocaron.
—¡Hoy no es mi día! —exclamó Érika, a punto de mancharse la camiseta rosa palo.
—Pero ¿qué haces? ¿No tienes ojos en la cara? —le espetó Leo, molesto al ver que se había manchado el polo blanco con salsa de yogur.
—Pero si eres el tío que me ha empujado a la fuente —dijo ella, mirándolo—. ¿Sabes lo que te digo? ¡Que te lo tienes bien merecido! —concluyó con una sonrisa, dejándolo plantado donde estaba, con la bandeja en la mano y un manchurrón en su caro jersey.
Leo se quedó observando cómo contoneaba las caderas, realzadas por aquella ajustada falda vaquera. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta y la vio sentarse a la mesa que ocupaba uno de los mejores entrenadores del mundo. Leo había oído hablar de aquel hombre y sabía que su fama estaba más que justificada; era muy duro con los jugadores y siempre les exigía el máximo. Al principio de su carrera, intentó que fuese él quien lo ayudase a llegar a ser el mejor, pero por aquellos años Rafael Acosta ya tenía a su cargo a un jugador y no podía coger a nadie más.
Lo que Leo no entendía era qué hacía ella sentada al lado de aquel hombre, que además estaba acompañado de un aprendiz de tenista y de aquel periodista deportivo de cuyo nombre no se acordaba.
Con la mirada clavada en la joven, Leo se fue acercando a otra mesa, un poco alejada de la de ella, pero lo suficientemente cerca como para poder verla desde allí.
—¿Qué te ha pasado? —le preguntó David, dejando la bandeja sobre la mesa y mirándole el polo manchado.
—Un accidente —susurró él, sin apartar la vista de aquella chica que sonreía sin cesar mientras comía con apetito.
—¿A quién miras? —quiso saber su entrenador, que se volvió y vio a la destinataria de aquellas miradas.
—A nadie… —susurró Leo—. ¿Por qué está sentada con Rafael?
—Ni idea, a lo mejor es su novia… o la novia de su protegido —comentó David encogiéndose de hombros con indiferencia—. Hemos quedado que estarías a tope, no quiero distracciones y menos en este campeonato.
—Sólo tengo curiosidad…
—¿Sólo eso?
—Sí, cuando sepa quién es, pasaré página.
—No sabía que fueras tan cotilla —bromeó David, negando con la cabeza—. Termina de comer y nos acercamos a saludarlos. He hablado en un par de ocasiones con Rafael Acosta y es muy agradable.
Sin apartar la vista de aquella chica, Leo siguió cenando. No era especialmente guapa, pero tenía algo que invitaba a mirar. Su sonrisa era abierta y sincera y su mirada segura y desafiante, algo raro para su edad, no le echaba más de veintidós o veintitrés años. En ese momento sus miradas se cruzaron y él no pudo evitar esbozar una sonrisa cuando la vio levantar los ojos hasta ponerlos casi en blanco y volver su atención a los tres hombres que rodeaban la mesa.
—¿Ya has acabado? —preguntó David con una sonrisa, al verlo tamborilear con dedos nerviosos sobre la mesa, esperando a que él terminase de cenar.
—Sí. —Sonrió mostrando sus perfectos dientes blancos.
—Si fueses así para todo, ya haría tiempo que estarías dentro de la historia del tenis —farfulló su entrenador, levantándose de su asiento y dirigiéndose hacia la mesa ocupada por su colega de profesión.
Leo lo seguía muy cerca y cuando llegaron a la mesa, vio cómo a la joven se le cambiaba el semblante al verlo. Reprimió una sonrisa; le encantaba ver aquella reacción tan poco común para él, que estaba acostumbrado a sonrisas nerviosas y cuchicheos, y no a que lo mirasen con desagrado.
—Hola, Rafael, ¿cómo te va? —saludó David, estrechándole la mano al otro entrenador.
—Muy bien —comentó éste con una sonrisa, devolviéndole el saludo—. Vaya, si vienes con el hombre del momento. ¿Qué tal, Leo?
—No me puedo quejar —contestó él sin dejar de mirar a la chica. Se dio cuenta de que no apartaba la vista de su servilleta arrugada, que doblaba y desdoblaba sin cesar.
—¿Tu nuevo chico? —preguntó David, señalando a Martín.
—Sí, recordad su cara porque apunta muy alto —contestó Rafael mirando con afecto a su protegido, que le sonrió agradecido—. No conocéis a mis hijos, ¿verdad?
—¿Tus hijos? —se sorprendió David, y miró de reojo a Leo.
—Sí, tengo la suerte de poder viajar con ellos a los torneos; además mi pequeña me ayuda mucho en los entrenamientos. Es muy buena jugando. Os presento a Rafa y Érika —dijo.
Al oír su nombre, Érika levantó la vista y sonrió a modo de saludo; su hermano, dispuesto a sacar alguna exclusiva de aquel tenista tan escurridizo con la prensa, se puso en pie de un salto y le tendió la mano.
—Sentaos y tomad un café con nosotros —los invitó Rafael señalando la mesa.
—Gracias, será un placer —murmuró Leo, tomando asiento frente a Érika, que levantó los ojos cuando lo tuvo delante y, dejando la servilleta sobre la mesa, se puso en pie.
—Papá, yo me retiro ya a mi habitación. Ha sido un placer conocerles —les dijo a los otros dos en tono serio.
—¿Ya? Pero hija, tómate algo… —susurró su padre con dulzura.
—No me apetece —replicó, tocando con delicadeza la espalda de su padre antes de alejarse de allí.
Leo se quedó mirando cómo se iba. No había tenido oportunidad de desplegar sus encantos en su presencia, pero ahora sabía quién era. Sólo era cuestión de encontrar el momento adecuado para volver a hablar con aquella chica tan extraña para él.

 

Si quieres saber qué ocurrirá entre Leo y Érika, no te pierdas: Saque directo al corazón.

Fecha de lanzamiento: 6 de junio 2017.

¡Ya queda menos!

Ay, qué ganas tengo de que descubráis la intensa historia de Erika y Leo. ¿Será él capaz de seducir a esa chica que lo mira con cara de pocos amigos? ¿Podrá ella pararle los pies al atractivo y seductor número 1 del tenis mundial? ¿Todo vale en el amor y el sexo? 

Todo esto y mucho más en… #SaqueDirectoAlCorazón.

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