Primera presentación en Madrid.

 El viernes 7 de febrero en la Livreria de Madrid se celebrará la primera presentación de la colección Beach Book´s, las primeras en presentar sus novelas seran: Olivia Ardey, Marta De Diego, Noelia Amarillo, Aileen Diolch, Claudia Velasco y Arlette Geneve.

 ¡No os lo perdáis!

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Encuentro RA y la colección Beach Book´s.

 Vengo con maravillosas noticias. Los días 7 y 8 de febrero se celebrará en Madrid el Encuentro de Romántica Adulta, en el Hotel Praga. En la librería Fábula, dentro del encuentro se podrá encontrar, podréis tener TODOS y repito, TODOS los libros de la colección Beach Book´s, en exclusiva solo para esos días. Maravilloso, ¿verdad? Además asistirán muchas de las escritoras de la colección al encuentro, podéis llevárselo con dedicatoria.  ¡Qué ganasssssssssssss!

Os dejo el enlace donde aparece la noticia.  http://www.yoleora.com/2014/01/novedades-iv-encuentro-ra.html?m=1

Primer capítulo En medio de nada.

portada ebook 2 edicion

                En medio de nada (Zafiro)

 

                            

 

 

 

 

 

 

 

   Prólogo. Un amor prohibido.

 

Un segundo bastó para que todo mi mundo estuviera patas arribas, cuando me di cuenta de algo que ni siquiera me había percatado, pero que fue creciendo poco a poco, en silencio, hasta explotar delante de mis narices y dejarme con cara de bobo… Era la celebración de mi cumpleaños, hacía veintiocho años, una edad muy buena para un hombre como yo, con trabajo fijo desde que nací y con un don para las mujeres, ¿para qué me iba a contentar con una si podía disfrutar de todas? Esa era mi ideología y no tenía pensando en variar ni una sola coma, hasta entonces, claro… Después de la deliciosa cena en la casa familiar ―sí, he de reconocer que todavía continuaba viviendo con mis padres, pero ya entenderéis el porqué―, me fui con mis amigos a la discoteca de moda de Marbella, que se encontraba al lado de una preciosa playa. Entre risas, bailes, alcohol y coqueteos, intenté ligarme a una muchacha que estaba en esta ciudad de paso y digo intenté, porque lo que ocurrió no tiene desperdicio…

―Espera, que con los tacones no puedo andar por la arena ―se quejó Estela, mi conquista, mientras se apoyaba en mi hombro para poder quitarse los zapatos.

―¡Ven, que te ayudo! ―exclamé, sorprendiéndola al cogerla con facilidad en brazos y echando a correr hacia la orilla del mar.

―¡Estás loco! ―Rió a carcajadas Estela mientras me cogía de mis fuertes brazos para no caerse.

―Me lo dicen a menudo ―comenté con una sonrisa resplandeciente, ya que ser espontáneo formaba parte de mi encanto.

Cuando llegamos cerca de la orilla la dejé con delicadeza sobre la arena tibia de aquella noche de mediados de septiembre, ésta se agachó para terminarse de quitar los zapatos para que así, no se le hundieran los finos tacones o para no estropearlos… ¡Vete tú a saber por qué lo hizo! Después los dejó a un lado y me volvió a mirar con aquella mirada que no era la primera vez que me echaban… No quiero sonar presuntuoso, pero uno está de muy buen ver y Estela me acababa de poner ojitos.

―Es precioso. Me encanta el mar por la noche, con la luna llena reflejada en el agua, el sonido relajante de las olas… Mmmmmm. ¡Me quedaría para siempre aquí! ―musitó Estela admirando aquel paisaje e intentando aparentar normalidad, aunque sabía que por dentro se sentía terriblemente atraída por mí. Uno ya sabe leer los movimientos de las mujeres, y ella hablaba casi a gritos con los suyos.

Y de repente, sin querer, me acordé en ese preciso momento de Raquel ―en teoría es mi hermana pequeña, aunque lo que ella no sabe es que es adoptada―. Pensé en lo que a ella le encantaba el mar, la cual se podía pasar horas en la playa, sentada sobre la arena, leyendo un libro o, simplemente, observando las olas mecerse a compás, absorta del mundo que la rodeaba, centrada en la historia que estuviera leyendo en aquellos momentos o en cualquier pensamiento que la mantuviera preocupada. Por supuesto que deseché inmediatamente aquel pensamiento de mi cabeza, sin darle mucha importancia, y me concentré en lo que importaba esa noche: la chica que me había traído hasta la orilla. Estela estaba bastante bien, rasgos bien definidos, trasero prieto, buenas curvas… incluso era divertida y se podía hablar con ella. ¡Vamos, un chollo! La observé con detenimiento bajo la luz de la luna y me acerqué a ella despacio mientras le acariciaba con delicadeza el rostro y me di cuenta de que contenía algún impulso, como si quisiera aparentar que le había sorprendido aunque ella también deseara aquello.

―Tú sí que eres preciosa, Raquel… ―musité mientras la cogía por la nuca para besar a esa preciosa chica.

―Me llamo Estela ―comentó molesta mientras me hacía la cobra de una manera casi profesional.

―Ya lo sé ―susurré al no entender por qué me repetía su nombre si ya lo sabía…

―Me acabas de llamar Raquel ―reiteró enfadada al darme la pista de aquel enfriamiento en el ambiente.

―No, no lo he hecho ―negué convencido, aunque una parte de mi subconsciente me avisaba de que ella tenía razón.

―¡Lo has hecho! Mira Hugo, me vuelvo mejor a la discoteca, parece que tienes a más de una chica en la cabeza… ―dijo Estela mientras se agachaba y cogía sus zapatos, con una dignidad abrumadora.

―No, no te vayas. Te lo puedo explicar: Raquel es mi hermana, no sé por qué te he llamado así… ―balbuceé nervioso viendo que se escapaba aquella chica y me quedaba sin el fin de fiesta digno de una noche cumpleañera.

―Claro, tu hermana… ―chasqueó la lengua con desconfianza―. Ha sido un placer conocerte, Hugo.

Estela me miró por última vez, como perdonándome la vida, y me dejó solo y desconcertado, sin entender qué había pasado para que al final acabara así la velada. Me quedé ahí mismo durante un rato, intentando averiguar qué había ocurrido, aunque en ese momento no di con la solución. Aunque debo de reconocer que en esos momentos, tampoco vi para tanto haberme equivocado de nombre en un momento tan íntimo, aunque después diese con el quid de la cuestión…

Volví de nuevo a la fiesta dispuesto a que ese contratiempo no afectara a la celebración de mi cumpleaños, me acerqué a mis amigos y proseguimos la diversión, ninguna mujer haría que yo me perdiera la oportunidad de reírme un rato. Era Hugo Santamaría, un conquistador nato, un hombre que jamás se había enamorado, pero que le encantaba conquistar a todas las bellas mujeres que se encontraba y si una me salía rana, no era el fin del mundo, había muchas más en la charca.

―Hostia tío, ¿cómo vamos a volver a casa? ―me preguntó Rubén preocupado mientras salíamos de la discoteca, dando por terminada la fiesta cuando ésta encendió las luces dando la señal para que todos nos marcháramos de allí.

―Vamos a llamar a un taxi ―propuso Carlos al ser consciente de que ninguno se había traído el coche.

―Déjate de taxis, que nos podemos tirar aquí una hora hasta que encontremos uno libre ―dije sabiendo que sería casi una misión imposible al ver toda la gente que salía de la discoteca con la misma idea, mientras me apoyaba en una de las paredes de fuera de la discoteca. Me encontraba bastante mareado, aquella noche me había pasado bebiendo―. Voy a llamar a mi hermano y que venga a por nosotros.

―¡Perfecto! ―exclamó Rubén, al no ser la primera vez que mi hermano mayor nos rescataba después de una noche de juerga.

Cogí mi carísimo teléfono de última generación y llamé a Roberto, pero no me lo cogió… Algo bastante extraño viniendo del responsable de mi hermano. Observé la pantalla del móvil pensando a quién más podría recurrir en un caso como ése e, instintivamente, marqué el número de teléfono que me vino a la mente.

―Hola, Raquel ―saludé Hugo con dificultad, el alcohol no me facilitaba aquella tarea tan sencilla.

―¿Hugo? ¿Estás bien? ―preguntó preocupada seguramente al ser mi llamada la causante de despertarla de su merecido descanso.

―¡De lujo! ―exclamé entre risas mientras arrastraba las palabras.

―¡¡Estás borracho!! ―señaló Raquel molesta por mi conducta reprochable, era lógico, yo era más mayor que ella y muchas veces parecía al revés…

―Sí, pero sólo un poco… Oye, que no te hubiera llamado si no fuera importante. No localizo a Roberto, no encuentro ningún taxi… Por favor, ¿puedes venir a buscarme? ―pregunté con tono lastimero, mientras arrastraba la última palabra más de la cuenta, para así darle pena y conseguir mi propósito.

―¡Tienes un morro que te lo pisas, chaval! ―exclamó Raquel molesta―. ¿Dónde estás?

―En la discoteca Buda.

―En diez minutos estoy allí ―terció mientras cortaba la comunicación.

―Viene mi hermana ―informé a mis amigos contento de haberme salido con la mía.

―Hugo, tienes un sol de hermana, la mía me hubiese enviado directamente a la mierda si la llamo para que me venga a recoger a estas horas ―comentó Carlos.

―Es que Raquel es la mejor ―murmuré con orgullo mientras guardaba el teléfono móvil.

―Uf, no sé si será la mejor, pero vamos que está para toma, pan y moja ―soltó Rubén haciendo gestos con las manos para que nos diéramos cuenta de lo buena que estaba Raquel.

―Cuidadito con lo que dices… A mi hermana ni mirarla, ¿eh? Que nos conocemos y no quiero teneros de cuñados ―amenacé más en serio que en broma, todo hay que decirlo.

―Tu hermana ya está mayorcita para saber lo que se hace, ¿no? ―terció de nuevo Rubén, parecía que no se había dado cuenta de la seriedad de mis palabras…

―Lo es, pero con quién le dé la gana a ella, no con vosotros, que sólo la queréis follar y poco más ―objeté sintiendo un sabor extraño en la garganta al imaginarme aquello.

―Déjalo Rubén, que hoy tiene el tonto subido ―comentó Carlos.

―Nada, eso es porque al final hoy no ha conseguido mojar ―terció Rubén dando la respuesta a mi arranque de furia y era posible que gran parte de lo que me sucedía fuera por eso…

―Mira, no me jodáis y ahora chitón, que por ahí viene y quiero que os comportéis como santos ―señalé al ver como se acercaba el coche de Raquel para detenerse donde nos encontrábamos.

―Muchas gracias y perdona por hacerte madrugar ―dije mientras nos subíamos al automóvil.

―No sabía que ahora trabajase en radio taxi ―comentó con guasa Raquel al ver a mis amigos sentados en la parte trasera del coche, que la habían saludado con educación cuando habían entrado.

―Te prometo que te compensaré ―murmuré con una sonrisa mientras me acomodaba en el asiento del copiloto y notaba que el mareo comenzaba a disiparse.

―Más te vale ―dijo con una mueca divertida mientras ponía la primera marcha y salía por las calles vacías de Marbella.

―Raquel ¿sales con algún chico? ―preguntó, sin venir a cuento, Rubén que se encontraba justo detrás de ésta y que se llevó una mirada de reproche por mi parte por haberle hecho esa pregunta.

―No, calla, ni ganas que tengo. Hace poco que he dejado a mi última pareja y no me apetece volver a empezar de nuevo. Me voy a tomar ahora la vida como lo hace mi hermano ―explicó Raquel mirándome de reojo, aguantándose la risa por alguna ocurrencia que se le acabaría de pasar por esa cabecita loca―. Con la misma filosofía, a disfrutar al máximo sin pensar en las consecuencias. ¡Vive la vida y no mires hacia atrás! ―exclamó haciendo sonreír a todos los ocupantes del coche, menos a mí que no me gustó mucho que dijera esas cosas. Una cosa era que lo hiciera yo, ¿pero ella? Raquel no podía hacer eso…

―Pues si tú quieres, yo puedo ser una de esas consecuencias ―susurró Rubén rozándole el hombro a Raquel y, de repente, sentí como una presión en el estómago, un martilleo en mi mente, un calor subiendo a mi cara y unas ganas de sacar de ese coche a mi buen amigo.

―¡Rubén, si no quieres que te saque del coche de un puñetazo, cierra el pico! ―solté enfadado al ver aquella táctica de seducción dirigida a Raquel.

El silencio se instaló en el coche, Raquel me miraba de reojo como intentando comprender qué me había pasado para que me pusiera de aquella manera, ya que no era la primera vez que mis amigos habían sugerido que ésta tuviera algo con ellos, pero esa noche… Esa noche yo no estaba muy fino que digamos. Mis amigos intentaron cambiar de conversación para que aquello no se fuera de las manos, hablando de cosas banales para disipar un poco aquel mal gusto que había dejado en el ambiente mi enfado, pero yo… Yo me quedé callado, pensando en qué leches me ocurría para no dar pie con bola y hacer cosas que normalmente no hacía…

Sabía que mi amigo Rubén, era como yo, un ligón nato que se llevaba a las chicas de calle. Éste era rubio con los ojos azules, alto y con el cuerpo trabajado duramente en el gimnasio, parecíamos Zipi y Zape, yo era igual que él pero moreno y más guapo, todo hay que decirlo… A lo mejor, si él se lo propusiera, Raquel podría caer en sus brazos… Al pensar eso, me estremecí de dolor, como si algo me estrangulara la boca del estómago; miré de reojo a Raquel que conducía concentrada hacia la casa de mis amigos; aun habiéndola levantado de la cama a altas horas de la madrugada, estaba preciosa, con el cabello atado en una coleta, con sus facciones finas y angulosas, con esa determinación que me encantaba de ella. Y de repente, observando la cara de Raquel, pensé en cómo besarían esos labios tan tentadores que apretaba sin darse cuenta siempre que necesitaba concentrarse. Al darme cuenta de lo que acababa de pensar, me quedé congelado, sin mover ni un sólo pelo. Pero ¿qué narices me ocurría? ¿Es que había bebido tanto aquella noche como para pensar cosas extrañas? Me tapé con las manos los ojos, intentando alejar aquellos pensamientos de mi cabeza, no podía pensar esas cosas de ella. Era mi hermana, bueno, no de sangre, sólo de nombre. Ya que desde que decidiera adoptarla mi padre, nos contó la verdad tanto a mi hermano como a mí, siendo conscientes desde bien pequeños que esa niña de ojos verdes, más increíbles que había visto en mi vida, era como una amiguita que vivía con nosotros… Pero, aun así, éramos familia al fin y al cabo, ¿no? Estaba hecho un lío y decidí no tomarlo en cuenta, lo que necesitaba era llegar a casa, dormir aunque fuera un par de horas, darme una ducha de agua fría a la mañana siguiente y, seguro, que lo que acababa de pensar y de ocurrir aquella noche, me parecía hasta gracioso. Si los años pasaban por algo y a mí me parecía que los veintiocho no me habían sentado muy bien que digamos…

 

El sonido del despertador a la mañana siguiente me despertó de un sobresalto, había dormido poco, pero lo suficiente como para tener un sueño contundente que me había hecho hasta sudar… El agua helada me despejó de golpe haciendo que reviviera el sueño que me había hecho sentirme como aletargado al despertarme, como extraño, sin saber las razones. En él estaba Raquel, tan guapa como siempre, con un vestido negro entallado, cincelando sus perfectas curvas, y al acercarse a mí, me acarició el brazo con suavidad mientras posaba su preciosa mirada en mí, haciéndome sentir especial. Al notar aquel roce me acerqué a ella para poder besar aquellos labios que tanto anhelaba probar y ella me recibió con tal buen agrado que se estrechó contra mi cuerpo, recibiendo gustosa aquel contacto tan íntimo. En ese momento me sentí dichoso de tenerla así, entre mis brazos, sabiendo que era yo quien probaba esos labios, que era yo quien podía acariciar ese cuerpo, que era yo el dueño de su mirada y de su corazón…

Me quedé quieto, sin mover ni un solo músculo, el agua me caía con fuerza sobre mi fibroso cuerpo y sobre la cabeza. Parecía que todo estaba cuadrando en mi mente, que las piezas de aquel puzle se estaban encajando para darme la respuesta que tanto necesitaba, para poder explicar aquello que me hacía sentir raro, como desubicado… No era que no quisiera que uno de mis amigos fuese mi cuñado; las razones de haber saltado en contra de Rubén la noche pasada era que no quería que nadie estuviese con Raquel, porque la quería para mí… Tragué saliva mientras cerraba los ojos con fuerza, maldiciendo por dentro aquella osadía, intentando borrar aquello de alguna forma. ¿Era posible que estuviera enamorándome de ella? «Joder, estaba en un lío y de los grandes»; pensé mientras negaba enérgicamente con la cabeza, haciendo que chocara el agua contra la mampara de la ducha. En aquel momento todo tenía sentido, no me había confundido de nombre por error al llamar a Estela, mi subconsciente anhelaba que, bajo esa luna llena y sobre aquella arena fina y tibia, estuviese Raquel y no otra que la sustituyese. Eso no estaba bien, tendría que olvidarme de ella, necesitaba con urgencia salir con otras mujeres, para borrar aquel sentimiento que acababa de descubrir, aquello que me aturdía y me hacía sentirse mal conmigo mismo. No podía enamorarme de ella, no podía sentir algo por ella y haría todo lo necesario para que aquello saliera de mi mente…

Después de aquel descubrimiento mi vida pasó de ser una continua fiesta a ser un autentico fastidio, allá donde iba veía a Raquel, con su sugerente bikini dejándome con cara de tonto mientras frenaba mis impulsos más primitivos; mostrándome su maravillosa e hipnótica sonrisa, que me enamoraba más si cabe; intentado saber qué me ocurría cada dos por tres, haciendo que me sintiese mal por mentirle; posando su mirada preocupada sobre mí cuando me veía en silencio, sin salir por las noches y encerrado en mi habitación; y por eso tuve que hacer lo que hice: me marché. Cogí la maleta y me fui en busca de algún tipo de distracción que hiciera olvidarme de aquellos sentimientos que jamás había sentido pero que no paraba de percibir cuando tenía a Raquel al lado.

Estuve un mes fuera, me marché de Marbella para intentar olvidarla y volver a encontrarme a mí mismo, pero, aunque lo intenté con todas las ganas del mundo e incluso me eché una medio novia valenciana, no pude erradicar el amor que sentía por ella. Era como si se me hubiera metido debajo de la piel, imposible de borrar y de ignorar…

Y ahora, después de haberlo intentado mil veces e incluso haber tirado la toalla en aquel tema, ya que mis sentimientos perduran los muy puñeteros… Sigo enamorado de ella más si cabe, mi vida es un autentica farsa y ya no sé qué hacer, porque los meses continúan pasando y mi amor por ella nunca se acaba. ¿Y si Raquel algún día encuentra al hombre que le hace suspirar? ¿Qué haré entonces? ¿Voy a esperar de brazos cruzados hasta que mi padre le diga la verdad de su procedencia o voy a hacer algo para cambiar esa situación?

Y así estoy, después de tanto tiempo, siendo un fantasma de lo que fui y harto de intentar aparentar normalidad, cuando ni siquiera la siento. Por todo lo que me ha tocado aguantar y luchar contra este sentimiento que sigue creciendo sin frenos, esta misma mañana me he levantado con un claro propósito: se lo voy a contar todo, le diré que es adoptada y que la amo con todo mi ser, como nunca pensé que querría nadie e incluso le explicaré todo lo que he hecho en un vano intento por olvidarla. Seguro que lo entiende, Raquel es especial y yo, yo… la amo tanto.

 

Si quieres saber cómo acabará esta emotiva y sorprendente historia, no te pierdas “En medio de nada”.

Si quieres saber más, no te pierdas

 

 

Aclaración Un amor prohibido – En medio de nada.

 Hace días que veo muchas visitas a una entrada que hice del preludio de En medio de nada: Un amor prohibido. Originalmente estaba dividido en dos libros separados, antes los derechos lo tenía una editorial y creyó que era lo mejor. Cuando comencé a autopublicar esta historia, pensé que los dos libros no podían seguir estando separados, era como si se necesitasen para crear el conjunto que es En medio de nada. Por eso lo agregué y quien le intere la historia que cree de Hugo, que es Un amor prohibido, lo podrá encontrar en las primeras páginas de En medio de nada.

 

Mañana sale el primer libro de la colección.

 Hoy os traigo una buena noticia, mañana día 14 de enero sale el primer libro de la colección más esperada de los últimos tiempo. Son 13 novelas apasionates, románticas y únicas. Por un precio bajísimo. El primero en salir en Chile es de la maravillosa escritora Olivia Ardey con su novela: Tú de menta y yo de fresa. ¡¡No os lo podéis perder!!

Primer capítulo ÁMAME SIN MÁS.

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1.

Paró el coche cerca de la revuelta, desde el interior se veía una veintena de jóvenes manifestándose delante del Ministerio de Educación, Pablo miró con resignación a su amigo e inseparable compañero, aquello no era de su competencia, pero los altos cargos no querían llamar a los de antidisturbios, para no crear más animadversión hacía los políticos. Aunque él, y seguro que también su compañero, estaban de acuerdo con lo que aquellos jóvenes gritaban, no podía hacer nada al respecto. Ellos acataban órdenes y esta era muy explícita: debían de disolver aquella marcha lo antes posible y sin incidentes. No estaban solos, tres coches más de la Guardia Civil, aparcaron al lado de ellos.
—¡No nos moverán! ¡No a los recortes en educación! —gritaron al unísono los jóvenes.
Los transeúntes se arremolinaban entre los gritos de aquellos universitarios. Varias jóvenes de ahí reunidas no dudaron en despojarse de sus camisetas y enseñar sus atributos a la gente, querían que les hicieran caso y esa era otra manera de llamar la atención. Los sargentos Medina y Rovira vieron aquella exhibición, y con sonrisas contenidas, fueron al maletero a coger varias mantas para taparlas.
—¡La educación es el poder no nos libréis de él! —Seguían cantando llenos de frustración ante los recortes que iba realizar el gobierno.
—Ya está bien chicos. Debéis iros —anunció el sargento Rovira, mientras sus compañeros hacían lo mismo, acercándose por distintos puntos para rodearlos.
—Venga chicas, ya está bien. Os tenéis que ir de aquí, no tenéis permiso para hacer esta manifestación —explicó el sargento Pablo Medina acercándose a una de ellas, era rubia con un bonito cuerpo.
—¡Fuera! —exclamó Elisabeth fuera de sí, al ver que se acercaba a ella con la manta.
—Vamos, rubita, ya se han enterado los del ministerio. Ya saben lo que queréis, ahora tápate que tenemos que dar un paseo hasta el cuartel —susurró en tono tranquilo, no era la primera vez que disolvía manifestaciones y sabía que debía de mantener la calma.
—¡No me voy a mover de aquí! —gritó Elisabeth, mirando de reojo cómo a una de sus amigas se la llevaba un uniformado y maldiciendo en su interior, esto se les había escapado de las manos.
—Yo acato órdenes y nos han dicho que os tenéis que marchar. Tú eliges: ¿por las buenas o por las malas? —comentó en tono serio abriendo la manta para intentar tapar el torso desnudo de aquella chica.

Pablo Medina la observó, era una preciosidad: tenía los ojos claros, a esa distancia parecían grises, su piel era muy blanca, parecía albina y sus pechos eran perfectos, ni muy grandes ni muy pequeños, como a él le gustaba. Desechó esos pensamientos de un plumazo y se centró en su tarea que era sacar a aquellas chicas del centro de las miradas de los transeúntes.
—¡Tendrás que llevarme a rastras! —amenazó con rabia sin achantarse—. Yo de aquí no me muevo —exclamó intentando huir de aquel hombre.
—Luego no me digas que no te di para elegir… —suspiró lleno de frustración.
Rápidamente el sargento Medina corrió en busca de la chica y la agarró, Elisabeth intentó zafarse, pero él era mucho más fuerte y no pudo evitar que le colocara la manta alrededor de su cuerpo, atrapando también sus brazos, no podía moverse. Comenzó a gritar que la soltara, y con una seguridad aplastante, Pablo Medina la cogió y la apoyó en su hombro, agarrándola por las piernas; la cabeza de ella colgaba por la espalda del sargento, que sonría satisfecho de su buen hacer, entre insultos y patadas de ella, se la llevó al interior del coche donde la llevaría ante su superior.
El camino se le hizo eterno, sentada junto a su amiga Yolanda, en la parte de atrás del vehículo verde, no dejaba de pensar en las consecuencias de aquel acto. No hablaron en todo el trayecto, no quería que sus palabras fueses usada para incriminarlas más.
Al llegar al cuartel de la Guardia Civil, los hicieron pasar a todos juntos a una sala de espera vigilada por varios de los uniformados que les habían traído allí. Poco a poco les iban llamando para que entrasen en el despacho del teniente, el cual les hacían varias preguntas rutinarias y los fichaban.
—Elisa, estoy muerta de miedo… Cómo se entere mi padre, me mata —sollozó Yolanda, seguían tapada con la manta, las camisetas habían desaparecido misteriosamente.
—No te preocupes, ya verás como no se entera… —susurró Elisabeth mirando de reojo a los sargentos.
—Yo no quería que pasara esto —murmuró con lágrimas en los ojos.
—Yoli, no te angusties ahora. Ya verás como todo sale bien —musitó esperando que fuera de así.
—La cara de esa chica me suena mucho, pero no la ubico —susurró Rovira a su buen amigo Medina, que se encontraban apoyados en una pared.
—¿Qué chica? —preguntó mirándolas una a una, había siete en la sala.
—La rubita.
El sargento Pablo Medina la volvió a mirar, desde que habían entrado en el cuartel, sus ojos instintivamente iban a esa chica tan peculiar, le gustaba la frialdad de su mirada y el aspecto de dura que tenía, le encantó ver su osadía delante de él, cómo peleaba por no ser arrestada. Nunca antes una chica tan joven se había revelado contra su cargo y contra él. Era decidida y fuerte. Le había impresionado.
—Que pase el siguiente —se escuchó una voz desde dentro del despacho, mientras salía un chico con una sonrisa dirigida a sus compañeros, que aún aguardaban a ser llamados.
Poco a poco fueron pasando todos, uno a uno, al acabar salían hacías sus casas. La sala poco a poco se quedó vacía, en ella quedaron las dos chicas: Elisabeth y Yolanda.
—Que pase el siguiente —se escuchó de nuevo desde dentro.
Yolanda se levantó y tímidamente entró.
Elisabeth miró aquella sala fría de colores tristes, y se topó con la mirada del Guardia Civil que la había cogido. Era alto, moreno y con los ojos oscuros, muy atractivo; enseguida desvió la vista. No comprendía qué hacían ahí, no habían hecho nada malo, únicamente reivindicar sus derechos. Al poco salió del habitáculo una llorosa Yolanda, Elisabeth se levantó corriendo para abrazar a su amiga.
—Cuando salga te llamo, ¿vale? —le dijo dándole un beso en la mejilla.
Con paso firme, bajo la atenta mirada del sargento Medina, entró en el despacho para hablar con el teniente.
—Siéntese por favor. —Le indicó la silla que había delante de la mesa—. Necesito su documento de identificación.
Elisabeth lo sacó del bolsillo trasero de su pantalón vaquero y se lo dio.
—¿Es usted Elisabeth Nassau Orange? —preguntó sorprendido al leer la tarjeta.
Estaba ya acostumbrada a aquella reacción, por eso desde que llegó a España, siempre utilizada el apellido de su madre y su nombre abreviado: Elisa. Necesitaba pasar desapercibida, ser una chica normal en ese país. No quería que empezaran a tratarla de manera distinta por ser quién era.
—Sí —murmuró con tristeza.
—Señorita, lo siento mucho, pero ha alterado el orden público y tengo que ficharla.
—No se preocupe, sabía a lo que me exponía.
—Lo que no entiendo es por qué ha hecho algo así.
—¿Y por qué no? —preguntó con seriedad.
—No estoy yo aquí para juzgarla. Es usted mayor de edad y puede hacer lo que crea oportuno.

Después de hacerle un par de preguntas más, tuvo que firmar un papel.
—Si quiere le puedo decir a alguno de mis chicos que la lleve a su casa…
—No hace falta. Puedo coger un taxi —comentó Elisabeth levantándose de la silla.
—No quisiera que le pasara nada… —se angustió el teniente ante aquella posibilidad.
—No se preocupe, sé defenderme sola —dijo Elisabeth con seguridad.
—Por favor, insisto… No quisiera tener problemas…
—Como quiera, eso sí, le pediría que fuera discreto, estoy aquí de incógnito y espero seguir así durante un tiempo.
—Por eso no se preocupe, señorita. Su secreto está a salvo conmigo, eso sí le pediría que, por favor, no altere otra vez el orden público.
—Lo intentaré. —Sonrió.
El teniente Rivas salió del despacho con gesto cansado y ligeramente preocupado, esperaba que aquel percance no llegara a la prensa, sino aquella chica tendría serios problemas e incluso le podría salpicar a él. Esa clase de gente no se andaba con remilgos a la hora de culpar a unos o a otros.
—Sargento Medina —llamó el teniente Rivas a su hombre de confianza, justo cuando abrió la puerta del despacho—. Acerque a la señorita a su casa. Ella le indicara la dirección.
—Sí, teniente.
Pablo Medina se asombró de la orden recibida, quién sería aquella chica para que la Guardia Civil la acercara a su casa. No era una cosa habitual, pero era una orden de su superior y como tal debía de acatarla sin preguntar. Salieron del cuartel los dos juntos sin decirse nada. Pablo se acercó a su vehículo y le abrió la puerta del copiloto a Elisabeth, que cogiendo la manta que le cubría el torso, entró con toda la dignidad que pudo.
—Dígame, ¿dónde la llevo señorita? —preguntó arrancando el motor.
—A La Moraleja —susurró hundiéndose en el asiento.
Pablo la miraba de reojo, estaba en silencio, mirando por la ventanilla con los ojos clavados en algún punto que no lograba adivinar. Estaba bastante intrigado y deseoso de bombardearle con preguntas, saber el por qué de aquel trato tan distinto hacia ella, pero tuvo que tragarse su curiosidad. Ante todo era un profesional y acataba sin rechistar las órdenes de su superior.
—Espero que su padre no se enfade con usted —comentó Pablo con amabilidad.
—No se lo voy a contar… —musitó mirando al frente.
—Usted no es de aquí —afirmó mirando la carretera.
—¿Cómo lo has averiguado? —preguntó irónicamente.
—Uno que tiene buen ojo —dijo con una sonrisa.
—Soy del norte de Europa, estoy aquí para aprender el idioma.
—Pues lo habla muy bien… ¿Lleva mucho tiempo en Madrid?
—Sólo un año. Espero quedarme otro más, me gusta España.
—Pues, quédese otro más —dijo mirándole furtivamente mientras conducía.
—Si fuese tan fácil… Pero no dependo de mi voluntad —murmuró con una tímida sonrisa—. Ahora gire a la derecha en el próximo cruce —indicó al llegar a la urbanización más lujosa de la ciudad.
Elisabeth le estuvo guiando hasta llegar a una casa de piedra, con una verja dorada, que encerraba un enorme jardín de césped perfectamente cuidado. El coche paró en la puerta principal, el sargento Medina salió del coche para abrirle la puerta, pero ella se le adelantó y ya salía por sí sola.
—Muchas gracias por acompañarme a mi casa, sargento Medina —dijo Elisabeth estrechándole la mano.
—No hay de qué, señorita —musitó con el recuerdo de la suavidad de la mano de ella.
Sacó del bolsillo del pantalón vaquero las llaves, abrió la verja y desapareció por el verde jardín. El sargento Medina supuso que aquella chica debía de tener unos padres adinerados, pues la casa donde vivía era enorme y, por lo que pudo ver, también lujosa. Se subió de nuevo al coche y volvió al cuartel.

 

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