Primera presentación en Madrid.

 El viernes 7 de febrero en la Livreria de Madrid se celebrará la primera presentación de la colección Beach Book´s, las primeras en presentar sus novelas seran: Olivia Ardey, Marta De Diego, Noelia Amarillo, Aileen Diolch, Claudia Velasco y Arlette Geneve.

 ¡No os lo perdáis!

Imagen

Anuncios

Encuentro RA y la colección Beach Book´s.

 Vengo con maravillosas noticias. Los días 7 y 8 de febrero se celebrará en Madrid el Encuentro de Romántica Adulta, en el Hotel Praga. En la librería Fábula, dentro del encuentro se podrá encontrar, podréis tener TODOS y repito, TODOS los libros de la colección Beach Book´s, en exclusiva solo para esos días. Maravilloso, ¿verdad? Además asistirán muchas de las escritoras de la colección al encuentro, podéis llevárselo con dedicatoria.  ¡Qué ganasssssssssssss!

Os dejo el enlace donde aparece la noticia.  http://www.yoleora.com/2014/01/novedades-iv-encuentro-ra.html?m=1

Primer capítulo En medio de nada.

Image

                  EN MEDIO DE NADA- PRELUDIO UN AMOR PROHIBIDO.

 

CAPÍTULO 1. EL DESCUBRIMIENTO.

 

Era la celebración del cumpleaños de Hugo. Después de cenar en su casa con la familia, se fue con su grupo de amigos a seguir la fiesta en una discoteca bastante conocida de Marbella. Aquel día cumplía 28 años. Seguía soltero pero no le importaba. Casi nunca estaba solo, no había chica que se resistiera a sus encantos. Sabía que gustaba a las chicas: era guapo, alto, aunque no tanto como su hermano Roberto, simpático y divertido. Dentro de la discoteca, sus amigos y él se fijaron en un grupo de chicas y decidieron pasar al ataque. Se acercaron a ellas y después de saludarlas y presentarse, las invitaron a tomar algo. Hugo se fijó en la más alta. Siempre le habían atraído las chicas esbeltas con el cabello largo, y aquella chica cumplía con los requisitos. Averiguó que se llamaba Estela y que ella, y sus amigas, habían venido a Marbella de vacaciones, eran de Barcelona, acababan de terminar la universidad y decidieron celebrarlo por todo lo alto. Hugo desplegó ante ella todos sus trucos de seducción: bailó con ella, le susurraba palabras bonitas al oído, la miraba a los ojos fijamente. Estela estaba emocionada ante las atenciones de aquel chico increíblemente atractivo. No le importaba estar de paso por allí: no todos los días se podía ligar con un chico así.

—Estela, ¿te apetece que salgamos un rato fuera para poder hablar tranquilamente?— Le preguntó Hugo con voz aterciopelada.

—Claro.

 Era una magnifica noche de mediados de septiembre, el tiempo era cálido y, por fortuna, el viento soplaba suavemente, haciendo que fuera más fresca la temperatura. La discoteca se encontraba justo enfrente de una preciosa playa. Hugo se fue con Estela hacia la arena.

—Espera, que con los tacones no puedo andar por la arena—, le dijo Estela a Hugo, cogiéndose del brazo de éste para no caerse.

                                                      

— ¡Ven que te ayudo!— Exclamó sorprendiéndola al cogerla con facilidad en brazos y echando a correr hacia la orilla del mar.

—Jajaja. ¡Estás loco!— Gritó Estela riéndose sin parar.

—Me lo dicen a menudo—, dijo guiñándole un ojo.

 Hugo la dejó con cuidado en la arena. Les iluminaban las farolas que se encontraban a sus espaldas y la fantástica luna llena, encima de sus cabezas.

—Es precioso. Me encanta el mar por la noche, con la luna reflejada en sus aguas, el sonido relajante de las olas… Me quedaría por siempre aquí.

 Hugo se acordó en ese instante de su hermana Raquel. A ella también le apasionaba el mar. Muchas veces se la podía encontrar en la playa que estaba cerca del hotel donde él trabajaba, paseando o simplemente sentada en la fina arena, con un libro entre sus manos.

—Tú sí que eres preciosa, Raquel—, susurró Hugo acercándose a Estela para besarla.

—Me llamo Estela—, dijo indignada al escuchar como confundía su nombre.

—Ya lo sé— susurró asombrado. No entendía por qué le volvía a recordar su nombre.

—Me acabas de llamar Raquel— se molestó Estela.

—No, no lo he hecho— negó Hugo convencido.

— ¡Lo has hecho! Mira, mejor me voy otra vez a la discoteca, parece que tienes a más de una chica en la mente.

—No, no te vayas. Raquel es mi hermana, no sé por qué te he llamado así.

—Claro, tu hermana…— musitó desconfiada levantándose de la arena—. Un placer conocerte, Hugo.

 Estela se quitó los zapatos de tacón y se fue sola hacia la discoteca, dejando a un desconcertado Hugo sobre la arena de la playa.

 Al poco rato, Hugo volvió a adentrarse en la fiesta. Sus amigos estaban bailando con las amigas de Estela y él al ver las caras que les hacían estas, optó por ir a la barra del bar y tomarse una copa. Era su cumpleaños y nadie le iba a aguar la diversión.

 Sus dos amigos y él se volvieron a reunir de nuevo. Las chicas se iban hacia su hotel y no querían compañía. Después de bailar, beber y hacer el ganso por la pista de baile, decidieron poner fin a la celebración.

—Ostras tío, ¿cómo vamos a volver a casa?— Preguntó Rubén, mientras salían de la discoteca. Ninguno de los tres se había llevado el coche.

—Vamos a llamar a un taxi— propuso Carlos.

—Déjate de taxis, además yo voy tieso. No tengo ni un céntimo— comentó Hugo apoyándose en un muro. Se encontraba un poco mareado, aquella noche se había pasado bebiendo—. Voy a llamar a mi hermano y que venga a por nosotros.

— ¡Hostias, perfecto!— Exclamó Rubén.

 Hugo cogió su móvil y llamó a Roberto, pero éste no le cogió la llamada. Al colgar, instintivamente, Hugo marcó otro número.

—Hola Raquel— saludó Hugo como pudo por su teléfono móvil.

— ¿Hugo? ¿Estás bien?— Preguntó preocupada. Le había despertado el sonido de su móvil. Eran las cinco de la madrugada, y al ver quien llamaba se asustó.

—De lujo—,  dijo arrastrando las palabras.

— ¡Estás borracho!— Le acusó.

—Sí, hermanita, acertaste. Oye, no te hubiera llamado si no fuera importante. No localizo a Roberto, no encuentro ningún taxi, por favor, ¿puedes venir a buscarme?— Preguntó Hugo en un tono lastimero.

— ¡Tienes un morro que te lo pisas!— Exclamó levantándose de la cama—. ¿Dónde estás?

—En la discoteca Buda.

—Voy para allá— bufó colgado el móvil.

 Raquel se puso unos vaqueros y una camiseta negra. Se recogió su larga melena en una coleta y en silencio salió de su casa. A esas horas sus padres estaban durmiendo y no quería que se enteraran de que, otra vez, Hugo se había sobrepasado. No entendía cómo podía llegar a ser tan irresponsable. Dentro de pocas horas tenía que ir al hotel a trabajar y en su estado no sabía si lo lograría sin levantar sospechas. Tendría que hablar con Roberto para buscar una solución a la alocada vida de su hermano. Ya tenía 28 años y tenía que empezar a pensar un poco en su futuro.

 Hugo la estaba esperando a las puertas de la discoteca junto con sus dos amigos. Mientras reían y gritaban por alguna ocurrencia, vio como el coche de Raquel se acercaba a ellos.

—Chicos, ya llega nuestra salvadora—, anunció efusivamente Hugo a sus amigos.

—Hugo, tienes un sol de hermana, la mía me hubiera enviado a la mierda si la llamo— indicó Carlos.

—Es que Raquel es la mejor— dijo orgulloso.

—Uf, yo no sé si será la mejor, pero vamos que está para mojar pan—, soltó Rubén.

—Ojito con lo que dices. A mi hermana ni mirarla, ¿Eh? Que nos conocemos y no quiero teneros de cuñados— amenazó Hugo.

 Raquel paró el coche al lado de estos y se subieron los tres a él.

—No sabía que ahora trabajaba en radio—taxi—, dijo Raquel al ver los amigos de su hermano sentados en la parte de atrás de su coche.

—No seas borde, te recompensaré, ¿vale?— murmuró Hugo con una sonrisa.

—Más te vale— dijo sonriendo a su hermano y arrancando el coche.

—Raquel, ¿sales con algún chico?— Preguntó Rubén, que se encontraba justo detrás de esta.

—No, calla, ni ganas. Hace poco que he dejado mi última relación y no me apetece volver a empezar. Me voy a tomar ahora la vida como mi hermano—.  Dijo Raquel mirándole de reojo, aguantándose la risa por la ocurrencia que acababa de tener—. A disfrutar al máximo, sin pensar en las consecuencias.

—Pues si tú quieres yo puedo ser una de esas consecuencias—, susurró Rubén rozándole el hombro a Raquel.

— ¡Rubén si no quieres que te saque del coche de un puñetazo, cierra el pico!— Saltó enfadado Hugo.

 Los ocupantes del coche se asombraron ante la reacción exagerada de él, pero Carlos cambió de conversación, viendo a su amigo visiblemente nervioso, y no dieron mayor importancia al comentario.

 Hugo no entendía qué le acababa de pasar, muchas veces sus amigos habían comentado que les gustaría que Raquel pasara una noche con ellos, pero lo había tomado siempre a guasa. Pero aquella noche le molestó mucho escuchar aquellas palabras, sobre todo viniendo de su buen amigo Rubén, que como él, se llevaba a las chicas de calle. Su amigo era rubio con los ojos azules, alto y con un cuerpo trabajado duramente en el gimnasio. A lo mejor si Rubén se lo propusiera, Raquel caería en sus brazos… Al pensar eso, Hugo se estremeció del dolor. Miró de reojo a Raquel, que conducía concentrada hacía las casas de sus amigos. Aun habiéndola levantado de la cama estaba preciosa. Hugo se preguntó en como besarían esos labios tan tentadores. Al darse cuenta de lo que acababa de pasarle por la cabeza, se quedó helado. ¿Qué le ocurría? ¿Es que había bebido tanto aquella noche como para pensar cosas extrañas? Se tapó con las manos los ojos. No podía pensar esas cosas de ella. Él sabía que ella era adoptada, se lo contó su padre cuando era pequeño, pero era su hermana, al fin y al cabo. Decidió no tomarlo en cuenta, lo que necesitaba era llegar a su casa, dormir aunque fuera un par de horas y seguro que lo que acababa de pensar y de ocurrir aquella noche, le parecería hasta gracioso.

 

Hugo se despertó con dolor de cabeza. Acababa de apagar la alarma de su despertador. Había podido dormir cuatro horas. Aquella mañana entraba un poco más tarde de lo normal al hotel. Se levantó como pudo, y se dirigió a la ducha un poco mareado. El agua caliente lo despejó y le vino a la memoria un sueño que había tenido aquella noche. En él, estaba Raquel, tan guapa como siempre, con un vestido negro entallado, y al acercarse a él le acarició el brazo. Hugo al notar el roce se acercó a ella y la besó apasionadamente, esta se estrechó más a su cuerpo. Él se sentía dichoso de tenerla entre sus brazos, de notar su suavidad y su perfume embriagador.

 Se quedó quieto, sin mover ni un solo músculo. El agua le caía con fuerza sobre su cuerpo y su cabeza. Parecía que todo estaba cuadrando en su cabeza, que las piezas de aquel puzzle se estaban encajando. Hugo había sentido celos de que Rubén le dijera eso a Raquel. No es que no quisiera que sus amigos estuvieran con ella: es que no quería verla con ningún otro chico que no fuera él. ¿Era posible que estuviera enamorándose de ella? Ahora tenía sentido que se equivocara aquella noche con el nombre de esa chica. Él quería que fuera Raquel la que estuviera bajo la luz de la luna, y no Estela… Eso no estaba bien, tendría que olvidarse de ella. Necesitaba urgentemente salir con otras chicas. Sí, eso es lo que haría. A lo mejor Estela le recordó bastante a ella. Debía de buscar a otras que no se parecieran en nada a Raquel. Sí, era lo mejor, no podía enamorarse de Raquel. No.

 Decidido al fin, se termino de duchar, se vistió y bajó hacia la cocina para desayunar algo.

—Hombre, si el bello durmiente se ha despertado— observó Raquel entrando a la cocina, donde estaba Hugo de pie ante la nevera.

 Hugo se quedó petrificado al verla. Raquel acababa de salir de la piscina. Todas las mañanas nadaba un rato y luego se iba a hacer las prácticas de periodismo a un periódico de Marbella. Iba en bikini y se estaba secando con una toalla el pelo mojado. Por su cuerpo resbalaban algunas gotas de agua.

— ¿Tienes que ir así por casa?— soltó sin pensar, enfadado por cómo le afectaba verla así.

—Madre mía, te has levantado gruñón, ¿eh? ¡Anda que no me has visto de veces en bikini y hasta en ropa interior! Mira, mejor me marcho. Voy a mi habitación a ponerme el hábito de monja—, dijo Raquel con ironía mientras salía de la cocina.

 Hugo se quedó mirando a Raquel mientras se marchaba, como contoneaba su cuerpo y maldijo mil veces. Estaba irresistible aquella mañana. Menos mal que se había sujetado a la puerta de la nevera, sino hubiera ido a su lado y hubiera hecho realidad su sueño.


 

Aclaración Un amor prohibido – En medio de nada.

 Hace días que veo muchas visitas a una entrada que hice del preludio de En medio de nada: Un amor prohibido. Originalmente estaba dividido en dos libros separados, antes los derechos lo tenía una editorial y creyó que era lo mejor. Cuando comencé a autopublicar esta historia, pensé que los dos libros no podían seguir estando separados, era como si se necesitasen para crear el conjunto que es En medio de nada. Por eso lo agregué y quien le intere la historia que cree de Hugo, que es Un amor prohibido, lo podrá encontrar en las primeras páginas de En medio de nada.

 

Mañana sale el primer libro de la colección.

 Hoy os traigo una buena noticia, mañana día 14 de enero sale el primer libro de la colección más esperada de los últimos tiempo. Son 13 novelas apasionates, románticas y únicas. Por un precio bajísimo. El primero en salir en Chile es de la maravillosa escritora Olivia Ardey con su novela: Tú de menta y yo de fresa. ¡¡No os lo podéis perder!!

Primer capítulo ÁMAME SIN MÁS.

Image

 

                                             

1.

Paró el coche cerca de la revuelta, desde el interior se veía una veintena de jóvenes manifestándose delante del Ministerio de Educación, Pablo miró con resignación a su amigo e inseparable compañero, aquello no era de su competencia, pero los altos cargos no querían llamar a los de antidisturbios, para no crear más animadversión hacía los políticos. Aunque él, y seguro que también su compañero, estaban de acuerdo con lo que aquellos jóvenes gritaban, no podía hacer nada al respecto. Ellos acataban órdenes y esta era muy explícita: debían de disolver aquella marcha lo antes posible y sin incidentes. No estaban solos, tres coches más de la Guardia Civil, aparcaron al lado de ellos.
—¡No nos moverán! ¡No a los recortes en educación! —gritaron al unísono los jóvenes.
Los transeúntes se arremolinaban entre los gritos de aquellos universitarios. Varias jóvenes de ahí reunidas no dudaron en despojarse de sus camisetas y enseñar sus atributos a la gente, querían que les hicieran caso y esa era otra manera de llamar la atención. Los sargentos Medina y Rovira vieron aquella exhibición, y con sonrisas contenidas, fueron al maletero a coger varias mantas para taparlas.
—¡La educación es el poder no nos libréis de él! —Seguían cantando llenos de frustración ante los recortes que iba realizar el gobierno.
—Ya está bien chicos. Debéis iros —anunció el sargento Rovira, mientras sus compañeros hacían lo mismo, acercándose por distintos puntos para rodearlos.
—Venga chicas, ya está bien. Os tenéis que ir de aquí, no tenéis permiso para hacer esta manifestación —explicó el sargento Pablo Medina acercándose a una de ellas, era rubia con un bonito cuerpo.
—¡Fuera! —exclamó Elisabeth fuera de sí, al ver que se acercaba a ella con la manta.
—Vamos, rubita, ya se han enterado los del ministerio. Ya saben lo que queréis, ahora tápate que tenemos que dar un paseo hasta el cuartel —susurró en tono tranquilo, no era la primera vez que disolvía manifestaciones y sabía que debía de mantener la calma.
—¡No me voy a mover de aquí! —gritó Elisabeth, mirando de reojo cómo a una de sus amigas se la llevaba un uniformado y maldiciendo en su interior, esto se les había escapado de las manos.
—Yo acato órdenes y nos han dicho que os tenéis que marchar. Tú eliges: ¿por las buenas o por las malas? —comentó en tono serio abriendo la manta para intentar tapar el torso desnudo de aquella chica.

Pablo Medina la observó, era una preciosidad: tenía los ojos claros, a esa distancia parecían grises, su piel era muy blanca, parecía albina y sus pechos eran perfectos, ni muy grandes ni muy pequeños, como a él le gustaba. Desechó esos pensamientos de un plumazo y se centró en su tarea que era sacar a aquellas chicas del centro de las miradas de los transeúntes.
—¡Tendrás que llevarme a rastras! —amenazó con rabia sin achantarse—. Yo de aquí no me muevo —exclamó intentando huir de aquel hombre.
—Luego no me digas que no te di para elegir… —suspiró lleno de frustración.
Rápidamente el sargento Medina corrió en busca de la chica y la agarró, Elisabeth intentó zafarse, pero él era mucho más fuerte y no pudo evitar que le colocara la manta alrededor de su cuerpo, atrapando también sus brazos, no podía moverse. Comenzó a gritar que la soltara, y con una seguridad aplastante, Pablo Medina la cogió y la apoyó en su hombro, agarrándola por las piernas; la cabeza de ella colgaba por la espalda del sargento, que sonría satisfecho de su buen hacer, entre insultos y patadas de ella, se la llevó al interior del coche donde la llevaría ante su superior.
El camino se le hizo eterno, sentada junto a su amiga Yolanda, en la parte de atrás del vehículo verde, no dejaba de pensar en las consecuencias de aquel acto. No hablaron en todo el trayecto, no quería que sus palabras fueses usada para incriminarlas más.
Al llegar al cuartel de la Guardia Civil, los hicieron pasar a todos juntos a una sala de espera vigilada por varios de los uniformados que les habían traído allí. Poco a poco les iban llamando para que entrasen en el despacho del teniente, el cual les hacían varias preguntas rutinarias y los fichaban.
—Elisa, estoy muerta de miedo… Cómo se entere mi padre, me mata —sollozó Yolanda, seguían tapada con la manta, las camisetas habían desaparecido misteriosamente.
—No te preocupes, ya verás como no se entera… —susurró Elisabeth mirando de reojo a los sargentos.
—Yo no quería que pasara esto —murmuró con lágrimas en los ojos.
—Yoli, no te angusties ahora. Ya verás como todo sale bien —musitó esperando que fuera de así.
—La cara de esa chica me suena mucho, pero no la ubico —susurró Rovira a su buen amigo Medina, que se encontraban apoyados en una pared.
—¿Qué chica? —preguntó mirándolas una a una, había siete en la sala.
—La rubita.
El sargento Pablo Medina la volvió a mirar, desde que habían entrado en el cuartel, sus ojos instintivamente iban a esa chica tan peculiar, le gustaba la frialdad de su mirada y el aspecto de dura que tenía, le encantó ver su osadía delante de él, cómo peleaba por no ser arrestada. Nunca antes una chica tan joven se había revelado contra su cargo y contra él. Era decidida y fuerte. Le había impresionado.
—Que pase el siguiente —se escuchó una voz desde dentro del despacho, mientras salía un chico con una sonrisa dirigida a sus compañeros, que aún aguardaban a ser llamados.
Poco a poco fueron pasando todos, uno a uno, al acabar salían hacías sus casas. La sala poco a poco se quedó vacía, en ella quedaron las dos chicas: Elisabeth y Yolanda.
—Que pase el siguiente —se escuchó de nuevo desde dentro.
Yolanda se levantó y tímidamente entró.
Elisabeth miró aquella sala fría de colores tristes, y se topó con la mirada del Guardia Civil que la había cogido. Era alto, moreno y con los ojos oscuros, muy atractivo; enseguida desvió la vista. No comprendía qué hacían ahí, no habían hecho nada malo, únicamente reivindicar sus derechos. Al poco salió del habitáculo una llorosa Yolanda, Elisabeth se levantó corriendo para abrazar a su amiga.
—Cuando salga te llamo, ¿vale? —le dijo dándole un beso en la mejilla.
Con paso firme, bajo la atenta mirada del sargento Medina, entró en el despacho para hablar con el teniente.
—Siéntese por favor. —Le indicó la silla que había delante de la mesa—. Necesito su documento de identificación.
Elisabeth lo sacó del bolsillo trasero de su pantalón vaquero y se lo dio.
—¿Es usted Elisabeth Nassau Orange? —preguntó sorprendido al leer la tarjeta.
Estaba ya acostumbrada a aquella reacción, por eso desde que llegó a España, siempre utilizada el apellido de su madre y su nombre abreviado: Elisa. Necesitaba pasar desapercibida, ser una chica normal en ese país. No quería que empezaran a tratarla de manera distinta por ser quién era.
—Sí —murmuró con tristeza.
—Señorita, lo siento mucho, pero ha alterado el orden público y tengo que ficharla.
—No se preocupe, sabía a lo que me exponía.
—Lo que no entiendo es por qué ha hecho algo así.
—¿Y por qué no? —preguntó con seriedad.
—No estoy yo aquí para juzgarla. Es usted mayor de edad y puede hacer lo que crea oportuno.

Después de hacerle un par de preguntas más, tuvo que firmar un papel.
—Si quiere le puedo decir a alguno de mis chicos que la lleve a su casa…
—No hace falta. Puedo coger un taxi —comentó Elisabeth levantándose de la silla.
—No quisiera que le pasara nada… —se angustió el teniente ante aquella posibilidad.
—No se preocupe, sé defenderme sola —dijo Elisabeth con seguridad.
—Por favor, insisto… No quisiera tener problemas…
—Como quiera, eso sí, le pediría que fuera discreto, estoy aquí de incógnito y espero seguir así durante un tiempo.
—Por eso no se preocupe, señorita. Su secreto está a salvo conmigo, eso sí le pediría que, por favor, no altere otra vez el orden público.
—Lo intentaré. —Sonrió.
El teniente Rivas salió del despacho con gesto cansado y ligeramente preocupado, esperaba que aquel percance no llegara a la prensa, sino aquella chica tendría serios problemas e incluso le podría salpicar a él. Esa clase de gente no se andaba con remilgos a la hora de culpar a unos o a otros.
—Sargento Medina —llamó el teniente Rivas a su hombre de confianza, justo cuando abrió la puerta del despacho—. Acerque a la señorita a su casa. Ella le indicara la dirección.
—Sí, teniente.
Pablo Medina se asombró de la orden recibida, quién sería aquella chica para que la Guardia Civil la acercara a su casa. No era una cosa habitual, pero era una orden de su superior y como tal debía de acatarla sin preguntar. Salieron del cuartel los dos juntos sin decirse nada. Pablo se acercó a su vehículo y le abrió la puerta del copiloto a Elisabeth, que cogiendo la manta que le cubría el torso, entró con toda la dignidad que pudo.
—Dígame, ¿dónde la llevo señorita? —preguntó arrancando el motor.
—A La Moraleja —susurró hundiéndose en el asiento.
Pablo la miraba de reojo, estaba en silencio, mirando por la ventanilla con los ojos clavados en algún punto que no lograba adivinar. Estaba bastante intrigado y deseoso de bombardearle con preguntas, saber el por qué de aquel trato tan distinto hacia ella, pero tuvo que tragarse su curiosidad. Ante todo era un profesional y acataba sin rechistar las órdenes de su superior.
—Espero que su padre no se enfade con usted —comentó Pablo con amabilidad.
—No se lo voy a contar… —musitó mirando al frente.
—Usted no es de aquí —afirmó mirando la carretera.
—¿Cómo lo has averiguado? —preguntó irónicamente.
—Uno que tiene buen ojo —dijo con una sonrisa.
—Soy del norte de Europa, estoy aquí para aprender el idioma.
—Pues lo habla muy bien… ¿Lleva mucho tiempo en Madrid?
—Sólo un año. Espero quedarme otro más, me gusta España.
—Pues, quédese otro más —dijo mirándole furtivamente mientras conducía.
—Si fuese tan fácil… Pero no dependo de mi voluntad —murmuró con una tímida sonrisa—. Ahora gire a la derecha en el próximo cruce —indicó al llegar a la urbanización más lujosa de la ciudad.
Elisabeth le estuvo guiando hasta llegar a una casa de piedra, con una verja dorada, que encerraba un enorme jardín de césped perfectamente cuidado. El coche paró en la puerta principal, el sargento Medina salió del coche para abrirle la puerta, pero ella se le adelantó y ya salía por sí sola.
—Muchas gracias por acompañarme a mi casa, sargento Medina —dijo Elisabeth estrechándole la mano.
—No hay de qué, señorita —musitó con el recuerdo de la suavidad de la mano de ella.
Sacó del bolsillo del pantalón vaquero las llaves, abrió la verja y desapareció por el verde jardín. El sargento Medina supuso que aquella chica debía de tener unos padres adinerados, pues la casa donde vivía era enorme y, por lo que pudo ver, también lujosa. Se subió de nuevo al coche y volvió al cuartel.

 

**********************