Primer capítulo ÁMAME SIN MÁS.

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1.

Paró el coche cerca de la revuelta, desde el interior se veía una veintena de jóvenes manifestándose delante del Ministerio de Educación, Pablo miró con resignación a su amigo e inseparable compañero, aquello no era de su competencia, pero los altos cargos no querían llamar a los de antidisturbios, para no crear más animadversión hacía los políticos. Aunque él, y seguro que también su compañero, estaban de acuerdo con lo que aquellos jóvenes gritaban, no podía hacer nada al respecto. Ellos acataban órdenes y esta era muy explícita: debían de disolver aquella marcha lo antes posible y sin incidentes. No estaban solos, tres coches más de la Guardia Civil, aparcaron al lado de ellos.
—¡No nos moverán! ¡No a los recortes en educación! —gritaron al unísono los jóvenes.
Los transeúntes se arremolinaban entre los gritos de aquellos universitarios. Varias jóvenes de ahí reunidas no dudaron en despojarse de sus camisetas y enseñar sus atributos a la gente, querían que les hicieran caso y esa era otra manera de llamar la atención. Los sargentos Medina y Rovira vieron aquella exhibición, y con sonrisas contenidas, fueron al maletero a coger varias mantas para taparlas.
—¡La educación es el poder no nos libréis de él! —Seguían cantando llenos de frustración ante los recortes que iba realizar el gobierno.
—Ya está bien chicos. Debéis iros —anunció el sargento Rovira, mientras sus compañeros hacían lo mismo, acercándose por distintos puntos para rodearlos.
—Venga chicas, ya está bien. Os tenéis que ir de aquí, no tenéis permiso para hacer esta manifestación —explicó el sargento Pablo Medina acercándose a una de ellas, era rubia con un bonito cuerpo.
—¡Fuera! —exclamó Elisabeth fuera de sí, al ver que se acercaba a ella con la manta.
—Vamos, rubita, ya se han enterado los del ministerio. Ya saben lo que queréis, ahora tápate que tenemos que dar un paseo hasta el cuartel —susurró en tono tranquilo, no era la primera vez que disolvía manifestaciones y sabía que debía de mantener la calma.
—¡No me voy a mover de aquí! —gritó Elisabeth, mirando de reojo cómo a una de sus amigas se la llevaba un uniformado y maldiciendo en su interior, esto se les había escapado de las manos.
—Yo acato órdenes y nos han dicho que os tenéis que marchar. Tú eliges: ¿por las buenas o por las malas? —comentó en tono serio abriendo la manta para intentar tapar el torso desnudo de aquella chica.

Pablo Medina la observó, era una preciosidad: tenía los ojos claros, a esa distancia parecían grises, su piel era muy blanca, parecía albina y sus pechos eran perfectos, ni muy grandes ni muy pequeños, como a él le gustaba. Desechó esos pensamientos de un plumazo y se centró en su tarea que era sacar a aquellas chicas del centro de las miradas de los transeúntes.
—¡Tendrás que llevarme a rastras! —amenazó con rabia sin achantarse—. Yo de aquí no me muevo —exclamó intentando huir de aquel hombre.
—Luego no me digas que no te di para elegir… —suspiró lleno de frustración.
Rápidamente el sargento Medina corrió en busca de la chica y la agarró, Elisabeth intentó zafarse, pero él era mucho más fuerte y no pudo evitar que le colocara la manta alrededor de su cuerpo, atrapando también sus brazos, no podía moverse. Comenzó a gritar que la soltara, y con una seguridad aplastante, Pablo Medina la cogió y la apoyó en su hombro, agarrándola por las piernas; la cabeza de ella colgaba por la espalda del sargento, que sonría satisfecho de su buen hacer, entre insultos y patadas de ella, se la llevó al interior del coche donde la llevaría ante su superior.
El camino se le hizo eterno, sentada junto a su amiga Yolanda, en la parte de atrás del vehículo verde, no dejaba de pensar en las consecuencias de aquel acto. No hablaron en todo el trayecto, no quería que sus palabras fueses usada para incriminarlas más.
Al llegar al cuartel de la Guardia Civil, los hicieron pasar a todos juntos a una sala de espera vigilada por varios de los uniformados que les habían traído allí. Poco a poco les iban llamando para que entrasen en el despacho del teniente, el cual les hacían varias preguntas rutinarias y los fichaban.
—Elisa, estoy muerta de miedo… Cómo se entere mi padre, me mata —sollozó Yolanda, seguían tapada con la manta, las camisetas habían desaparecido misteriosamente.
—No te preocupes, ya verás como no se entera… —susurró Elisabeth mirando de reojo a los sargentos.
—Yo no quería que pasara esto —murmuró con lágrimas en los ojos.
—Yoli, no te angusties ahora. Ya verás como todo sale bien —musitó esperando que fuera de así.
—La cara de esa chica me suena mucho, pero no la ubico —susurró Rovira a su buen amigo Medina, que se encontraban apoyados en una pared.
—¿Qué chica? —preguntó mirándolas una a una, había siete en la sala.
—La rubita.
El sargento Pablo Medina la volvió a mirar, desde que habían entrado en el cuartel, sus ojos instintivamente iban a esa chica tan peculiar, le gustaba la frialdad de su mirada y el aspecto de dura que tenía, le encantó ver su osadía delante de él, cómo peleaba por no ser arrestada. Nunca antes una chica tan joven se había revelado contra su cargo y contra él. Era decidida y fuerte. Le había impresionado.
—Que pase el siguiente —se escuchó una voz desde dentro del despacho, mientras salía un chico con una sonrisa dirigida a sus compañeros, que aún aguardaban a ser llamados.
Poco a poco fueron pasando todos, uno a uno, al acabar salían hacías sus casas. La sala poco a poco se quedó vacía, en ella quedaron las dos chicas: Elisabeth y Yolanda.
—Que pase el siguiente —se escuchó de nuevo desde dentro.
Yolanda se levantó y tímidamente entró.
Elisabeth miró aquella sala fría de colores tristes, y se topó con la mirada del Guardia Civil que la había cogido. Era alto, moreno y con los ojos oscuros, muy atractivo; enseguida desvió la vista. No comprendía qué hacían ahí, no habían hecho nada malo, únicamente reivindicar sus derechos. Al poco salió del habitáculo una llorosa Yolanda, Elisabeth se levantó corriendo para abrazar a su amiga.
—Cuando salga te llamo, ¿vale? —le dijo dándole un beso en la mejilla.
Con paso firme, bajo la atenta mirada del sargento Medina, entró en el despacho para hablar con el teniente.
—Siéntese por favor. —Le indicó la silla que había delante de la mesa—. Necesito su documento de identificación.
Elisabeth lo sacó del bolsillo trasero de su pantalón vaquero y se lo dio.
—¿Es usted Elisabeth Nassau Orange? —preguntó sorprendido al leer la tarjeta.
Estaba ya acostumbrada a aquella reacción, por eso desde que llegó a España, siempre utilizada el apellido de su madre y su nombre abreviado: Elisa. Necesitaba pasar desapercibida, ser una chica normal en ese país. No quería que empezaran a tratarla de manera distinta por ser quién era.
—Sí —murmuró con tristeza.
—Señorita, lo siento mucho, pero ha alterado el orden público y tengo que ficharla.
—No se preocupe, sabía a lo que me exponía.
—Lo que no entiendo es por qué ha hecho algo así.
—¿Y por qué no? —preguntó con seriedad.
—No estoy yo aquí para juzgarla. Es usted mayor de edad y puede hacer lo que crea oportuno.

Después de hacerle un par de preguntas más, tuvo que firmar un papel.
—Si quiere le puedo decir a alguno de mis chicos que la lleve a su casa…
—No hace falta. Puedo coger un taxi —comentó Elisabeth levantándose de la silla.
—No quisiera que le pasara nada… —se angustió el teniente ante aquella posibilidad.
—No se preocupe, sé defenderme sola —dijo Elisabeth con seguridad.
—Por favor, insisto… No quisiera tener problemas…
—Como quiera, eso sí, le pediría que fuera discreto, estoy aquí de incógnito y espero seguir así durante un tiempo.
—Por eso no se preocupe, señorita. Su secreto está a salvo conmigo, eso sí le pediría que, por favor, no altere otra vez el orden público.
—Lo intentaré. —Sonrió.
El teniente Rivas salió del despacho con gesto cansado y ligeramente preocupado, esperaba que aquel percance no llegara a la prensa, sino aquella chica tendría serios problemas e incluso le podría salpicar a él. Esa clase de gente no se andaba con remilgos a la hora de culpar a unos o a otros.
—Sargento Medina —llamó el teniente Rivas a su hombre de confianza, justo cuando abrió la puerta del despacho—. Acerque a la señorita a su casa. Ella le indicara la dirección.
—Sí, teniente.
Pablo Medina se asombró de la orden recibida, quién sería aquella chica para que la Guardia Civil la acercara a su casa. No era una cosa habitual, pero era una orden de su superior y como tal debía de acatarla sin preguntar. Salieron del cuartel los dos juntos sin decirse nada. Pablo se acercó a su vehículo y le abrió la puerta del copiloto a Elisabeth, que cogiendo la manta que le cubría el torso, entró con toda la dignidad que pudo.
—Dígame, ¿dónde la llevo señorita? —preguntó arrancando el motor.
—A La Moraleja —susurró hundiéndose en el asiento.
Pablo la miraba de reojo, estaba en silencio, mirando por la ventanilla con los ojos clavados en algún punto que no lograba adivinar. Estaba bastante intrigado y deseoso de bombardearle con preguntas, saber el por qué de aquel trato tan distinto hacia ella, pero tuvo que tragarse su curiosidad. Ante todo era un profesional y acataba sin rechistar las órdenes de su superior.
—Espero que su padre no se enfade con usted —comentó Pablo con amabilidad.
—No se lo voy a contar… —musitó mirando al frente.
—Usted no es de aquí —afirmó mirando la carretera.
—¿Cómo lo has averiguado? —preguntó irónicamente.
—Uno que tiene buen ojo —dijo con una sonrisa.
—Soy del norte de Europa, estoy aquí para aprender el idioma.
—Pues lo habla muy bien… ¿Lleva mucho tiempo en Madrid?
—Sólo un año. Espero quedarme otro más, me gusta España.
—Pues, quédese otro más —dijo mirándole furtivamente mientras conducía.
—Si fuese tan fácil… Pero no dependo de mi voluntad —murmuró con una tímida sonrisa—. Ahora gire a la derecha en el próximo cruce —indicó al llegar a la urbanización más lujosa de la ciudad.
Elisabeth le estuvo guiando hasta llegar a una casa de piedra, con una verja dorada, que encerraba un enorme jardín de césped perfectamente cuidado. El coche paró en la puerta principal, el sargento Medina salió del coche para abrirle la puerta, pero ella se le adelantó y ya salía por sí sola.
—Muchas gracias por acompañarme a mi casa, sargento Medina —dijo Elisabeth estrechándole la mano.
—No hay de qué, señorita —musitó con el recuerdo de la suavidad de la mano de ella.
Sacó del bolsillo del pantalón vaquero las llaves, abrió la verja y desapareció por el verde jardín. El sargento Medina supuso que aquella chica debía de tener unos padres adinerados, pues la casa donde vivía era enorme y, por lo que pudo ver, también lujosa. Se subió de nuevo al coche y volvió al cuartel.

 

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