Primer capítulo En medio de nada.

Image

                  EN MEDIO DE NADA- PRELUDIO UN AMOR PROHIBIDO.

 

CAPÍTULO 1. EL DESCUBRIMIENTO.

 

Era la celebración del cumpleaños de Hugo. Después de cenar en su casa con la familia, se fue con su grupo de amigos a seguir la fiesta en una discoteca bastante conocida de Marbella. Aquel día cumplía 28 años. Seguía soltero pero no le importaba. Casi nunca estaba solo, no había chica que se resistiera a sus encantos. Sabía que gustaba a las chicas: era guapo, alto, aunque no tanto como su hermano Roberto, simpático y divertido. Dentro de la discoteca, sus amigos y él se fijaron en un grupo de chicas y decidieron pasar al ataque. Se acercaron a ellas y después de saludarlas y presentarse, las invitaron a tomar algo. Hugo se fijó en la más alta. Siempre le habían atraído las chicas esbeltas con el cabello largo, y aquella chica cumplía con los requisitos. Averiguó que se llamaba Estela y que ella, y sus amigas, habían venido a Marbella de vacaciones, eran de Barcelona, acababan de terminar la universidad y decidieron celebrarlo por todo lo alto. Hugo desplegó ante ella todos sus trucos de seducción: bailó con ella, le susurraba palabras bonitas al oído, la miraba a los ojos fijamente. Estela estaba emocionada ante las atenciones de aquel chico increíblemente atractivo. No le importaba estar de paso por allí: no todos los días se podía ligar con un chico así.

—Estela, ¿te apetece que salgamos un rato fuera para poder hablar tranquilamente?— Le preguntó Hugo con voz aterciopelada.

—Claro.

 Era una magnifica noche de mediados de septiembre, el tiempo era cálido y, por fortuna, el viento soplaba suavemente, haciendo que fuera más fresca la temperatura. La discoteca se encontraba justo enfrente de una preciosa playa. Hugo se fue con Estela hacia la arena.

—Espera, que con los tacones no puedo andar por la arena—, le dijo Estela a Hugo, cogiéndose del brazo de éste para no caerse.

                                                      

— ¡Ven que te ayudo!— Exclamó sorprendiéndola al cogerla con facilidad en brazos y echando a correr hacia la orilla del mar.

—Jajaja. ¡Estás loco!— Gritó Estela riéndose sin parar.

—Me lo dicen a menudo—, dijo guiñándole un ojo.

 Hugo la dejó con cuidado en la arena. Les iluminaban las farolas que se encontraban a sus espaldas y la fantástica luna llena, encima de sus cabezas.

—Es precioso. Me encanta el mar por la noche, con la luna reflejada en sus aguas, el sonido relajante de las olas… Me quedaría por siempre aquí.

 Hugo se acordó en ese instante de su hermana Raquel. A ella también le apasionaba el mar. Muchas veces se la podía encontrar en la playa que estaba cerca del hotel donde él trabajaba, paseando o simplemente sentada en la fina arena, con un libro entre sus manos.

—Tú sí que eres preciosa, Raquel—, susurró Hugo acercándose a Estela para besarla.

—Me llamo Estela—, dijo indignada al escuchar como confundía su nombre.

—Ya lo sé— susurró asombrado. No entendía por qué le volvía a recordar su nombre.

—Me acabas de llamar Raquel— se molestó Estela.

—No, no lo he hecho— negó Hugo convencido.

— ¡Lo has hecho! Mira, mejor me voy otra vez a la discoteca, parece que tienes a más de una chica en la mente.

—No, no te vayas. Raquel es mi hermana, no sé por qué te he llamado así.

—Claro, tu hermana…— musitó desconfiada levantándose de la arena—. Un placer conocerte, Hugo.

 Estela se quitó los zapatos de tacón y se fue sola hacia la discoteca, dejando a un desconcertado Hugo sobre la arena de la playa.

 Al poco rato, Hugo volvió a adentrarse en la fiesta. Sus amigos estaban bailando con las amigas de Estela y él al ver las caras que les hacían estas, optó por ir a la barra del bar y tomarse una copa. Era su cumpleaños y nadie le iba a aguar la diversión.

 Sus dos amigos y él se volvieron a reunir de nuevo. Las chicas se iban hacia su hotel y no querían compañía. Después de bailar, beber y hacer el ganso por la pista de baile, decidieron poner fin a la celebración.

—Ostras tío, ¿cómo vamos a volver a casa?— Preguntó Rubén, mientras salían de la discoteca. Ninguno de los tres se había llevado el coche.

—Vamos a llamar a un taxi— propuso Carlos.

—Déjate de taxis, además yo voy tieso. No tengo ni un céntimo— comentó Hugo apoyándose en un muro. Se encontraba un poco mareado, aquella noche se había pasado bebiendo—. Voy a llamar a mi hermano y que venga a por nosotros.

— ¡Hostias, perfecto!— Exclamó Rubén.

 Hugo cogió su móvil y llamó a Roberto, pero éste no le cogió la llamada. Al colgar, instintivamente, Hugo marcó otro número.

—Hola Raquel— saludó Hugo como pudo por su teléfono móvil.

— ¿Hugo? ¿Estás bien?— Preguntó preocupada. Le había despertado el sonido de su móvil. Eran las cinco de la madrugada, y al ver quien llamaba se asustó.

—De lujo—,  dijo arrastrando las palabras.

— ¡Estás borracho!— Le acusó.

—Sí, hermanita, acertaste. Oye, no te hubiera llamado si no fuera importante. No localizo a Roberto, no encuentro ningún taxi, por favor, ¿puedes venir a buscarme?— Preguntó Hugo en un tono lastimero.

— ¡Tienes un morro que te lo pisas!— Exclamó levantándose de la cama—. ¿Dónde estás?

—En la discoteca Buda.

—Voy para allá— bufó colgado el móvil.

 Raquel se puso unos vaqueros y una camiseta negra. Se recogió su larga melena en una coleta y en silencio salió de su casa. A esas horas sus padres estaban durmiendo y no quería que se enteraran de que, otra vez, Hugo se había sobrepasado. No entendía cómo podía llegar a ser tan irresponsable. Dentro de pocas horas tenía que ir al hotel a trabajar y en su estado no sabía si lo lograría sin levantar sospechas. Tendría que hablar con Roberto para buscar una solución a la alocada vida de su hermano. Ya tenía 28 años y tenía que empezar a pensar un poco en su futuro.

 Hugo la estaba esperando a las puertas de la discoteca junto con sus dos amigos. Mientras reían y gritaban por alguna ocurrencia, vio como el coche de Raquel se acercaba a ellos.

—Chicos, ya llega nuestra salvadora—, anunció efusivamente Hugo a sus amigos.

—Hugo, tienes un sol de hermana, la mía me hubiera enviado a la mierda si la llamo— indicó Carlos.

—Es que Raquel es la mejor— dijo orgulloso.

—Uf, yo no sé si será la mejor, pero vamos que está para mojar pan—, soltó Rubén.

—Ojito con lo que dices. A mi hermana ni mirarla, ¿Eh? Que nos conocemos y no quiero teneros de cuñados— amenazó Hugo.

 Raquel paró el coche al lado de estos y se subieron los tres a él.

—No sabía que ahora trabajaba en radio—taxi—, dijo Raquel al ver los amigos de su hermano sentados en la parte de atrás de su coche.

—No seas borde, te recompensaré, ¿vale?— murmuró Hugo con una sonrisa.

—Más te vale— dijo sonriendo a su hermano y arrancando el coche.

—Raquel, ¿sales con algún chico?— Preguntó Rubén, que se encontraba justo detrás de esta.

—No, calla, ni ganas. Hace poco que he dejado mi última relación y no me apetece volver a empezar. Me voy a tomar ahora la vida como mi hermano—.  Dijo Raquel mirándole de reojo, aguantándose la risa por la ocurrencia que acababa de tener—. A disfrutar al máximo, sin pensar en las consecuencias.

—Pues si tú quieres yo puedo ser una de esas consecuencias—, susurró Rubén rozándole el hombro a Raquel.

— ¡Rubén si no quieres que te saque del coche de un puñetazo, cierra el pico!— Saltó enfadado Hugo.

 Los ocupantes del coche se asombraron ante la reacción exagerada de él, pero Carlos cambió de conversación, viendo a su amigo visiblemente nervioso, y no dieron mayor importancia al comentario.

 Hugo no entendía qué le acababa de pasar, muchas veces sus amigos habían comentado que les gustaría que Raquel pasara una noche con ellos, pero lo había tomado siempre a guasa. Pero aquella noche le molestó mucho escuchar aquellas palabras, sobre todo viniendo de su buen amigo Rubén, que como él, se llevaba a las chicas de calle. Su amigo era rubio con los ojos azules, alto y con un cuerpo trabajado duramente en el gimnasio. A lo mejor si Rubén se lo propusiera, Raquel caería en sus brazos… Al pensar eso, Hugo se estremeció del dolor. Miró de reojo a Raquel, que conducía concentrada hacía las casas de sus amigos. Aun habiéndola levantado de la cama estaba preciosa. Hugo se preguntó en como besarían esos labios tan tentadores. Al darse cuenta de lo que acababa de pasarle por la cabeza, se quedó helado. ¿Qué le ocurría? ¿Es que había bebido tanto aquella noche como para pensar cosas extrañas? Se tapó con las manos los ojos. No podía pensar esas cosas de ella. Él sabía que ella era adoptada, se lo contó su padre cuando era pequeño, pero era su hermana, al fin y al cabo. Decidió no tomarlo en cuenta, lo que necesitaba era llegar a su casa, dormir aunque fuera un par de horas y seguro que lo que acababa de pensar y de ocurrir aquella noche, le parecería hasta gracioso.

 

Hugo se despertó con dolor de cabeza. Acababa de apagar la alarma de su despertador. Había podido dormir cuatro horas. Aquella mañana entraba un poco más tarde de lo normal al hotel. Se levantó como pudo, y se dirigió a la ducha un poco mareado. El agua caliente lo despejó y le vino a la memoria un sueño que había tenido aquella noche. En él, estaba Raquel, tan guapa como siempre, con un vestido negro entallado, y al acercarse a él le acarició el brazo. Hugo al notar el roce se acercó a ella y la besó apasionadamente, esta se estrechó más a su cuerpo. Él se sentía dichoso de tenerla entre sus brazos, de notar su suavidad y su perfume embriagador.

 Se quedó quieto, sin mover ni un solo músculo. El agua le caía con fuerza sobre su cuerpo y su cabeza. Parecía que todo estaba cuadrando en su cabeza, que las piezas de aquel puzzle se estaban encajando. Hugo había sentido celos de que Rubén le dijera eso a Raquel. No es que no quisiera que sus amigos estuvieran con ella: es que no quería verla con ningún otro chico que no fuera él. ¿Era posible que estuviera enamorándose de ella? Ahora tenía sentido que se equivocara aquella noche con el nombre de esa chica. Él quería que fuera Raquel la que estuviera bajo la luz de la luna, y no Estela… Eso no estaba bien, tendría que olvidarse de ella. Necesitaba urgentemente salir con otras chicas. Sí, eso es lo que haría. A lo mejor Estela le recordó bastante a ella. Debía de buscar a otras que no se parecieran en nada a Raquel. Sí, era lo mejor, no podía enamorarse de Raquel. No.

 Decidido al fin, se termino de duchar, se vistió y bajó hacia la cocina para desayunar algo.

—Hombre, si el bello durmiente se ha despertado— observó Raquel entrando a la cocina, donde estaba Hugo de pie ante la nevera.

 Hugo se quedó petrificado al verla. Raquel acababa de salir de la piscina. Todas las mañanas nadaba un rato y luego se iba a hacer las prácticas de periodismo a un periódico de Marbella. Iba en bikini y se estaba secando con una toalla el pelo mojado. Por su cuerpo resbalaban algunas gotas de agua.

— ¿Tienes que ir así por casa?— soltó sin pensar, enfadado por cómo le afectaba verla así.

—Madre mía, te has levantado gruñón, ¿eh? ¡Anda que no me has visto de veces en bikini y hasta en ropa interior! Mira, mejor me marcho. Voy a mi habitación a ponerme el hábito de monja—, dijo Raquel con ironía mientras salía de la cocina.

 Hugo se quedó mirando a Raquel mientras se marchaba, como contoneaba su cuerpo y maldijo mil veces. Estaba irresistible aquella mañana. Menos mal que se había sujetado a la puerta de la nevera, sino hubiera ido a su lado y hubiera hecho realidad su sueño.


 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s