Primer capítulo En medio de nada.

portada ebook 2 edicion

                En medio de nada (Zafiro)

 

                            

 

 

 

 

 

 

 

   Prólogo. Un amor prohibido.

 

Un segundo bastó para que todo mi mundo estuviera patas arribas, cuando me di cuenta de algo que ni siquiera me había percatado, pero que fue creciendo poco a poco, en silencio, hasta explotar delante de mis narices y dejarme con cara de bobo… Era la celebración de mi cumpleaños, hacía veintiocho años, una edad muy buena para un hombre como yo, con trabajo fijo desde que nací y con un don para las mujeres, ¿para qué me iba a contentar con una si podía disfrutar de todas? Esa era mi ideología y no tenía pensando en variar ni una sola coma, hasta entonces, claro… Después de la deliciosa cena en la casa familiar ―sí, he de reconocer que todavía continuaba viviendo con mis padres, pero ya entenderéis el porqué―, me fui con mis amigos a la discoteca de moda de Marbella, que se encontraba al lado de una preciosa playa. Entre risas, bailes, alcohol y coqueteos, intenté ligarme a una muchacha que estaba en esta ciudad de paso y digo intenté, porque lo que ocurrió no tiene desperdicio…

―Espera, que con los tacones no puedo andar por la arena ―se quejó Estela, mi conquista, mientras se apoyaba en mi hombro para poder quitarse los zapatos.

―¡Ven, que te ayudo! ―exclamé, sorprendiéndola al cogerla con facilidad en brazos y echando a correr hacia la orilla del mar.

―¡Estás loco! ―Rió a carcajadas Estela mientras me cogía de mis fuertes brazos para no caerse.

―Me lo dicen a menudo ―comenté con una sonrisa resplandeciente, ya que ser espontáneo formaba parte de mi encanto.

Cuando llegamos cerca de la orilla la dejé con delicadeza sobre la arena tibia de aquella noche de mediados de septiembre, ésta se agachó para terminarse de quitar los zapatos para que así, no se le hundieran los finos tacones o para no estropearlos… ¡Vete tú a saber por qué lo hizo! Después los dejó a un lado y me volvió a mirar con aquella mirada que no era la primera vez que me echaban… No quiero sonar presuntuoso, pero uno está de muy buen ver y Estela me acababa de poner ojitos.

―Es precioso. Me encanta el mar por la noche, con la luna llena reflejada en el agua, el sonido relajante de las olas… Mmmmmm. ¡Me quedaría para siempre aquí! ―musitó Estela admirando aquel paisaje e intentando aparentar normalidad, aunque sabía que por dentro se sentía terriblemente atraída por mí. Uno ya sabe leer los movimientos de las mujeres, y ella hablaba casi a gritos con los suyos.

Y de repente, sin querer, me acordé en ese preciso momento de Raquel ―en teoría es mi hermana pequeña, aunque lo que ella no sabe es que es adoptada―. Pensé en lo que a ella le encantaba el mar, la cual se podía pasar horas en la playa, sentada sobre la arena, leyendo un libro o, simplemente, observando las olas mecerse a compás, absorta del mundo que la rodeaba, centrada en la historia que estuviera leyendo en aquellos momentos o en cualquier pensamiento que la mantuviera preocupada. Por supuesto que deseché inmediatamente aquel pensamiento de mi cabeza, sin darle mucha importancia, y me concentré en lo que importaba esa noche: la chica que me había traído hasta la orilla. Estela estaba bastante bien, rasgos bien definidos, trasero prieto, buenas curvas… incluso era divertida y se podía hablar con ella. ¡Vamos, un chollo! La observé con detenimiento bajo la luz de la luna y me acerqué a ella despacio mientras le acariciaba con delicadeza el rostro y me di cuenta de que contenía algún impulso, como si quisiera aparentar que le había sorprendido aunque ella también deseara aquello.

―Tú sí que eres preciosa, Raquel… ―musité mientras la cogía por la nuca para besar a esa preciosa chica.

―Me llamo Estela ―comentó molesta mientras me hacía la cobra de una manera casi profesional.

―Ya lo sé ―susurré al no entender por qué me repetía su nombre si ya lo sabía…

―Me acabas de llamar Raquel ―reiteró enfadada al darme la pista de aquel enfriamiento en el ambiente.

―No, no lo he hecho ―negué convencido, aunque una parte de mi subconsciente me avisaba de que ella tenía razón.

―¡Lo has hecho! Mira Hugo, me vuelvo mejor a la discoteca, parece que tienes a más de una chica en la cabeza… ―dijo Estela mientras se agachaba y cogía sus zapatos, con una dignidad abrumadora.

―No, no te vayas. Te lo puedo explicar: Raquel es mi hermana, no sé por qué te he llamado así… ―balbuceé nervioso viendo que se escapaba aquella chica y me quedaba sin el fin de fiesta digno de una noche cumpleañera.

―Claro, tu hermana… ―chasqueó la lengua con desconfianza―. Ha sido un placer conocerte, Hugo.

Estela me miró por última vez, como perdonándome la vida, y me dejó solo y desconcertado, sin entender qué había pasado para que al final acabara así la velada. Me quedé ahí mismo durante un rato, intentando averiguar qué había ocurrido, aunque en ese momento no di con la solución. Aunque debo de reconocer que en esos momentos, tampoco vi para tanto haberme equivocado de nombre en un momento tan íntimo, aunque después diese con el quid de la cuestión…

Volví de nuevo a la fiesta dispuesto a que ese contratiempo no afectara a la celebración de mi cumpleaños, me acerqué a mis amigos y proseguimos la diversión, ninguna mujer haría que yo me perdiera la oportunidad de reírme un rato. Era Hugo Santamaría, un conquistador nato, un hombre que jamás se había enamorado, pero que le encantaba conquistar a todas las bellas mujeres que se encontraba y si una me salía rana, no era el fin del mundo, había muchas más en la charca.

―Hostia tío, ¿cómo vamos a volver a casa? ―me preguntó Rubén preocupado mientras salíamos de la discoteca, dando por terminada la fiesta cuando ésta encendió las luces dando la señal para que todos nos marcháramos de allí.

―Vamos a llamar a un taxi ―propuso Carlos al ser consciente de que ninguno se había traído el coche.

―Déjate de taxis, que nos podemos tirar aquí una hora hasta que encontremos uno libre ―dije sabiendo que sería casi una misión imposible al ver toda la gente que salía de la discoteca con la misma idea, mientras me apoyaba en una de las paredes de fuera de la discoteca. Me encontraba bastante mareado, aquella noche me había pasado bebiendo―. Voy a llamar a mi hermano y que venga a por nosotros.

―¡Perfecto! ―exclamó Rubén, al no ser la primera vez que mi hermano mayor nos rescataba después de una noche de juerga.

Cogí mi carísimo teléfono de última generación y llamé a Roberto, pero no me lo cogió… Algo bastante extraño viniendo del responsable de mi hermano. Observé la pantalla del móvil pensando a quién más podría recurrir en un caso como ése e, instintivamente, marqué el número de teléfono que me vino a la mente.

―Hola, Raquel ―saludé Hugo con dificultad, el alcohol no me facilitaba aquella tarea tan sencilla.

―¿Hugo? ¿Estás bien? ―preguntó preocupada seguramente al ser mi llamada la causante de despertarla de su merecido descanso.

―¡De lujo! ―exclamé entre risas mientras arrastraba las palabras.

―¡¡Estás borracho!! ―señaló Raquel molesta por mi conducta reprochable, era lógico, yo era más mayor que ella y muchas veces parecía al revés…

―Sí, pero sólo un poco… Oye, que no te hubiera llamado si no fuera importante. No localizo a Roberto, no encuentro ningún taxi… Por favor, ¿puedes venir a buscarme? ―pregunté con tono lastimero, mientras arrastraba la última palabra más de la cuenta, para así darle pena y conseguir mi propósito.

―¡Tienes un morro que te lo pisas, chaval! ―exclamó Raquel molesta―. ¿Dónde estás?

―En la discoteca Buda.

―En diez minutos estoy allí ―terció mientras cortaba la comunicación.

―Viene mi hermana ―informé a mis amigos contento de haberme salido con la mía.

―Hugo, tienes un sol de hermana, la mía me hubiese enviado directamente a la mierda si la llamo para que me venga a recoger a estas horas ―comentó Carlos.

―Es que Raquel es la mejor ―murmuré con orgullo mientras guardaba el teléfono móvil.

―Uf, no sé si será la mejor, pero vamos que está para toma, pan y moja ―soltó Rubén haciendo gestos con las manos para que nos diéramos cuenta de lo buena que estaba Raquel.

―Cuidadito con lo que dices… A mi hermana ni mirarla, ¿eh? Que nos conocemos y no quiero teneros de cuñados ―amenacé más en serio que en broma, todo hay que decirlo.

―Tu hermana ya está mayorcita para saber lo que se hace, ¿no? ―terció de nuevo Rubén, parecía que no se había dado cuenta de la seriedad de mis palabras…

―Lo es, pero con quién le dé la gana a ella, no con vosotros, que sólo la queréis follar y poco más ―objeté sintiendo un sabor extraño en la garganta al imaginarme aquello.

―Déjalo Rubén, que hoy tiene el tonto subido ―comentó Carlos.

―Nada, eso es porque al final hoy no ha conseguido mojar ―terció Rubén dando la respuesta a mi arranque de furia y era posible que gran parte de lo que me sucedía fuera por eso…

―Mira, no me jodáis y ahora chitón, que por ahí viene y quiero que os comportéis como santos ―señalé al ver como se acercaba el coche de Raquel para detenerse donde nos encontrábamos.

―Muchas gracias y perdona por hacerte madrugar ―dije mientras nos subíamos al automóvil.

―No sabía que ahora trabajase en radio taxi ―comentó con guasa Raquel al ver a mis amigos sentados en la parte trasera del coche, que la habían saludado con educación cuando habían entrado.

―Te prometo que te compensaré ―murmuré con una sonrisa mientras me acomodaba en el asiento del copiloto y notaba que el mareo comenzaba a disiparse.

―Más te vale ―dijo con una mueca divertida mientras ponía la primera marcha y salía por las calles vacías de Marbella.

―Raquel ¿sales con algún chico? ―preguntó, sin venir a cuento, Rubén que se encontraba justo detrás de ésta y que se llevó una mirada de reproche por mi parte por haberle hecho esa pregunta.

―No, calla, ni ganas que tengo. Hace poco que he dejado a mi última pareja y no me apetece volver a empezar de nuevo. Me voy a tomar ahora la vida como lo hace mi hermano ―explicó Raquel mirándome de reojo, aguantándose la risa por alguna ocurrencia que se le acabaría de pasar por esa cabecita loca―. Con la misma filosofía, a disfrutar al máximo sin pensar en las consecuencias. ¡Vive la vida y no mires hacia atrás! ―exclamó haciendo sonreír a todos los ocupantes del coche, menos a mí que no me gustó mucho que dijera esas cosas. Una cosa era que lo hiciera yo, ¿pero ella? Raquel no podía hacer eso…

―Pues si tú quieres, yo puedo ser una de esas consecuencias ―susurró Rubén rozándole el hombro a Raquel y, de repente, sentí como una presión en el estómago, un martilleo en mi mente, un calor subiendo a mi cara y unas ganas de sacar de ese coche a mi buen amigo.

―¡Rubén, si no quieres que te saque del coche de un puñetazo, cierra el pico! ―solté enfadado al ver aquella táctica de seducción dirigida a Raquel.

El silencio se instaló en el coche, Raquel me miraba de reojo como intentando comprender qué me había pasado para que me pusiera de aquella manera, ya que no era la primera vez que mis amigos habían sugerido que ésta tuviera algo con ellos, pero esa noche… Esa noche yo no estaba muy fino que digamos. Mis amigos intentaron cambiar de conversación para que aquello no se fuera de las manos, hablando de cosas banales para disipar un poco aquel mal gusto que había dejado en el ambiente mi enfado, pero yo… Yo me quedé callado, pensando en qué leches me ocurría para no dar pie con bola y hacer cosas que normalmente no hacía…

Sabía que mi amigo Rubén, era como yo, un ligón nato que se llevaba a las chicas de calle. Éste era rubio con los ojos azules, alto y con el cuerpo trabajado duramente en el gimnasio, parecíamos Zipi y Zape, yo era igual que él pero moreno y más guapo, todo hay que decirlo… A lo mejor, si él se lo propusiera, Raquel podría caer en sus brazos… Al pensar eso, me estremecí de dolor, como si algo me estrangulara la boca del estómago; miré de reojo a Raquel que conducía concentrada hacia la casa de mis amigos; aun habiéndola levantado de la cama a altas horas de la madrugada, estaba preciosa, con el cabello atado en una coleta, con sus facciones finas y angulosas, con esa determinación que me encantaba de ella. Y de repente, observando la cara de Raquel, pensé en cómo besarían esos labios tan tentadores que apretaba sin darse cuenta siempre que necesitaba concentrarse. Al darme cuenta de lo que acababa de pensar, me quedé congelado, sin mover ni un sólo pelo. Pero ¿qué narices me ocurría? ¿Es que había bebido tanto aquella noche como para pensar cosas extrañas? Me tapé con las manos los ojos, intentando alejar aquellos pensamientos de mi cabeza, no podía pensar esas cosas de ella. Era mi hermana, bueno, no de sangre, sólo de nombre. Ya que desde que decidiera adoptarla mi padre, nos contó la verdad tanto a mi hermano como a mí, siendo conscientes desde bien pequeños que esa niña de ojos verdes, más increíbles que había visto en mi vida, era como una amiguita que vivía con nosotros… Pero, aun así, éramos familia al fin y al cabo, ¿no? Estaba hecho un lío y decidí no tomarlo en cuenta, lo que necesitaba era llegar a casa, dormir aunque fuera un par de horas, darme una ducha de agua fría a la mañana siguiente y, seguro, que lo que acababa de pensar y de ocurrir aquella noche, me parecía hasta gracioso. Si los años pasaban por algo y a mí me parecía que los veintiocho no me habían sentado muy bien que digamos…

 

El sonido del despertador a la mañana siguiente me despertó de un sobresalto, había dormido poco, pero lo suficiente como para tener un sueño contundente que me había hecho hasta sudar… El agua helada me despejó de golpe haciendo que reviviera el sueño que me había hecho sentirme como aletargado al despertarme, como extraño, sin saber las razones. En él estaba Raquel, tan guapa como siempre, con un vestido negro entallado, cincelando sus perfectas curvas, y al acercarse a mí, me acarició el brazo con suavidad mientras posaba su preciosa mirada en mí, haciéndome sentir especial. Al notar aquel roce me acerqué a ella para poder besar aquellos labios que tanto anhelaba probar y ella me recibió con tal buen agrado que se estrechó contra mi cuerpo, recibiendo gustosa aquel contacto tan íntimo. En ese momento me sentí dichoso de tenerla así, entre mis brazos, sabiendo que era yo quien probaba esos labios, que era yo quien podía acariciar ese cuerpo, que era yo el dueño de su mirada y de su corazón…

Me quedé quieto, sin mover ni un solo músculo, el agua me caía con fuerza sobre mi fibroso cuerpo y sobre la cabeza. Parecía que todo estaba cuadrando en mi mente, que las piezas de aquel puzle se estaban encajando para darme la respuesta que tanto necesitaba, para poder explicar aquello que me hacía sentir raro, como desubicado… No era que no quisiera que uno de mis amigos fuese mi cuñado; las razones de haber saltado en contra de Rubén la noche pasada era que no quería que nadie estuviese con Raquel, porque la quería para mí… Tragué saliva mientras cerraba los ojos con fuerza, maldiciendo por dentro aquella osadía, intentando borrar aquello de alguna forma. ¿Era posible que estuviera enamorándome de ella? «Joder, estaba en un lío y de los grandes»; pensé mientras negaba enérgicamente con la cabeza, haciendo que chocara el agua contra la mampara de la ducha. En aquel momento todo tenía sentido, no me había confundido de nombre por error al llamar a Estela, mi subconsciente anhelaba que, bajo esa luna llena y sobre aquella arena fina y tibia, estuviese Raquel y no otra que la sustituyese. Eso no estaba bien, tendría que olvidarme de ella, necesitaba con urgencia salir con otras mujeres, para borrar aquel sentimiento que acababa de descubrir, aquello que me aturdía y me hacía sentirse mal conmigo mismo. No podía enamorarme de ella, no podía sentir algo por ella y haría todo lo necesario para que aquello saliera de mi mente…

Después de aquel descubrimiento mi vida pasó de ser una continua fiesta a ser un autentico fastidio, allá donde iba veía a Raquel, con su sugerente bikini dejándome con cara de tonto mientras frenaba mis impulsos más primitivos; mostrándome su maravillosa e hipnótica sonrisa, que me enamoraba más si cabe; intentado saber qué me ocurría cada dos por tres, haciendo que me sintiese mal por mentirle; posando su mirada preocupada sobre mí cuando me veía en silencio, sin salir por las noches y encerrado en mi habitación; y por eso tuve que hacer lo que hice: me marché. Cogí la maleta y me fui en busca de algún tipo de distracción que hiciera olvidarme de aquellos sentimientos que jamás había sentido pero que no paraba de percibir cuando tenía a Raquel al lado.

Estuve un mes fuera, me marché de Marbella para intentar olvidarla y volver a encontrarme a mí mismo, pero, aunque lo intenté con todas las ganas del mundo e incluso me eché una medio novia valenciana, no pude erradicar el amor que sentía por ella. Era como si se me hubiera metido debajo de la piel, imposible de borrar y de ignorar…

Y ahora, después de haberlo intentado mil veces e incluso haber tirado la toalla en aquel tema, ya que mis sentimientos perduran los muy puñeteros… Sigo enamorado de ella más si cabe, mi vida es un autentica farsa y ya no sé qué hacer, porque los meses continúan pasando y mi amor por ella nunca se acaba. ¿Y si Raquel algún día encuentra al hombre que le hace suspirar? ¿Qué haré entonces? ¿Voy a esperar de brazos cruzados hasta que mi padre le diga la verdad de su procedencia o voy a hacer algo para cambiar esa situación?

Y así estoy, después de tanto tiempo, siendo un fantasma de lo que fui y harto de intentar aparentar normalidad, cuando ni siquiera la siento. Por todo lo que me ha tocado aguantar y luchar contra este sentimiento que sigue creciendo sin frenos, esta misma mañana me he levantado con un claro propósito: se lo voy a contar todo, le diré que es adoptada y que la amo con todo mi ser, como nunca pensé que querría nadie e incluso le explicaré todo lo que he hecho en un vano intento por olvidarla. Seguro que lo entiende, Raquel es especial y yo, yo… la amo tanto.

 

Si quieres saber cómo acabará esta emotiva y sorprendente historia, no te pierdas “En medio de nada”.

Si quieres saber más, no te pierdas

 

 

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