Primer capítulo de: Perdiendo el control.

        Portada Perdiendo el control

                                                                                   1.

Las luces la cegaban, la música de moda estaba tan alta que le retumbaban en el estómago y los oídos; había mucha, muchísima gente alrededor de ella. El calor era agobiante, pero ¿dónde se habrá metido Clara? Hacía un buen rato que se había ido al baño y todavía no había vuelto. Con lo poco que le gustaba estar en estos sitios sola. Pero había decidido, justo cuando entraban después de hacer una inmensa cola, que fuera ella quien pidiera las copas en la barra, mientras su amiga iba al cuarto de baño porque, según ésta, se meaba encima. Lucía se sentía como una tonta, con las dos copas en la mano, esperándola en medio de tanta gente bailando y gritando. Sí, la discoteca estaba bien, Clara la había convencido aquella noche para que salieran a algún lugar nuevo. Hacía pocas semanas que inauguraron el Splash y estaba lleno de lo más variopinto de Salamanca, que no querían perderse la novedad de la ciudad, para no ser los últimos en comentar lo moderno y espectacular que era ese local. Pero ella no se sentía a gusto en lugares tan amplios, repleto de tanta gente. Se agobiaba bastante con el barullo, prefería la tranquilidad relativa de los pubs, los ambientes menos saturados, donde se podía hablar y bailar a sus anchas.
—Hola —la saludó con una sonrisa un hombre de unos treinta años, alto, cabello castaño claro y muy guapo.
—Hola —bufó Lucía en tono seco, lo único que le faltaba ahora era al típico ligoncete de discoteca, con el humor que tenía aquella noche.
—Guapa, ¿me esperabas? —preguntó con una sonrisa mientras señalaba las dos copas que sostenía en las manos.
—¡Míralo qué gracioso! Es que soy así de chula y me las pido de dos en dos, ¿pasa algo? —soltó con sarcasmo.
—No, no pasa nada. Como si te las pides de tres en tres. —Sonrió sorprendido ante el desparpajo de aquella chica—. Pero dime una cosa, ¿de dónde ha salido una chica tan preciosa como tú? —preguntó acercándose demasiado a ella, Lucía empezó a sentirse incómoda por la proximidad de ese desconocido, de mirada penetrante.
—Mira guapito, vamos a dejar las cosas claras, que te veo ya demasiado lanzado y no captas que no estoy en tu misma onda. No me interesa ligar contigo, con que no pierdas el tiempo, y tírale el rollo a otra. ¿Entendido?—comentó Lucía tajante.
—¡No sabes lo que te pierdes, guapa! —exclamó visiblemente molesto al ver la negativa. Ésta se alegro al comprobar que se alejaba.
—Chica, ¿qué le has hecho a ese buenorro? Lleva una cara de agrio… —señaló Clara detrás de ella, había sido testigo, mientras se acercaba a su amiga, de cómo se iba aquel chico con cara de pocos amigos.
— ¡Al fin hija! Ya creía que te habías caído por la taza del váter —resopló Lucía mientras le pasaba su copa.
— ¡Qué pava! Había una cola que llegaba casi hasta la vuelta de la esquina. Buf, casi no llego —explicó Clara mientras bebía un buen trago de su cubata—. Oye y el tío ese que huía por piernas de ti, ¿qué le has hecho? Tenía un buen polvo.
— ¿Ése? Pues chica te lo regalo con lazo y todo.
—Tía, que seca eres cuando quieres.
—¿Qué quieres? Hoy no me apetecía venir a esta discoteca y me has traído a rastras.
—Hay que renovarse, que estoy hasta el moño de ver a la misma gente.
—No sé… Hoy no estoy de humor para nada —comentó Lucía dándole un buen trago a su ron con cola y la mirada perdida en la lejanía del centro de la pista.
—Venga Lucía, desembucha. ¿Qué te pasa? —preguntó Clara con su mejor mirada inquisidora.
Eran amigas desde los cinco años, fueron juntas al colegio y vivieron en el mismo edifico hasta que se independizaron. Era la hermana que Lucía nunca había tenido. Se lo contaban todo, en esos veintidós años que se conocían nunca se habían separado. Era lo mejor que le pudo pasar cuando su madre, después del divorcio, decidiera que se mudaran a aquel barrio y abandonaran la que fue su acomodada casa en las afueras de la ciudad, donde dejaron al padre de Lucía y a su amante a sus anchas.
—Me pasa que hoy me ha vuelto a llamar Mario. Estoy de él hasta el moño, ya no sé cómo decirle que no voy a volver a ser su novia ni nada parecido. Me tiene harta Clara —le explicó cansada de las maniobras de su ex novio por volver con ella.
—Vaya plomazo de tío. ¿Pero no le dijiste que lo vuestro había acabado?
—Por lo menos se lo he dicho veinte veces en estas últimas dos semanas y él, erre que erre, que quiere volver conmigo, que siente mucho lo que me hizo, que me quiere… —resopló agotada de escuchar la misma cantinela.
—Qué cansino, chica. Mira, ¿tú sabes lo que te hace falta? —preguntó guiñándole un ojo. A Lucía le daba miedo responder a su amiga, Clara era la más loca de las dos, la impulsiva.
—A ver dime… —suspiró temiendo la respuesta.
—Vamos a empezar poco a poco, ahora mismo vas a cambiar esa cara de aguafiestas que llevas, nos vamos a ir al centro de la pista a volvernos locas bailando y… ¡Vas a ligar con un tío! Te lo digo yo, esta noche estás rompedora con esa minifalda que te regalé y, además, necesitas ver que a otros chicos les gustas. Mario se ha portado como un cabrón contigo, y tienes que pasar página ya. Así, cuando tu ex te llame otra vez, le podrás decir: ¡chato, olvídate de mí, que ahora estoy ocupada como un taxi! —exclamó entre risas Clara arrastrándole hasta el centro de la discoteca.
Habían pasado dos semanas desde que Lucía descubriera que, el que creía que era un novio maravilloso, le estaba engañando con otra mujer. Mario y ella se conocieron hacía un año, en una convención de oftalmología, y desde aquel día empezaron a quedar. Compartían muchas aficiones en común y Lucía decidió que él podía ser un buen candidato para ella. Todo iba bien hasta que un día el jefe de Lucía, la dejó salir una hora antes de su trabajo porque aquella tarde no tenían pacientes citados, y sin pensárselo fue a la clínica de su querido Mario, que se encontraba a unos pocos kilómetros de la suya, para darle una sorpresa. Pero la sorpresa se la llevo ella, cuando al entrar en la clínica se lo encontró besando apasionadamente a su joven y nueva recepcionista. Se quedó congelada, no sabía cómo reaccionar, era como si le hubiesen echado un jarro de agua fría por encima. Mario al verla se separó al instante de aquella chica, y empezó a disculparse, explicándole que no era lo que parecía. En ese instante, al escuchar las mentiras que salía de la boca de Mario, Lucía reaccionó y le dijo, con voz muy serena y tranquila, que no volviera a dirigirle la palabra nunca más y esperaba no volverlo a ver. Parece que no la entendió muy bien, pues casi todos los días la llamaba por teléfono suplicando que volviera con él. Pero eso no pasaría, no. Lucía se sentía engañada y para ella la sinceridad era vital en una relación.
—Lucía, el buenorro de antes, lo tienes detrás mirándote como un pasmarote —le informó Clara al oído mientras bailaban como locas la última canción de Pitbull.
—¡Pues que mire! —soltó riéndose sin parar de bailar, intentando no caer en la tentación de mirarlo.
Poco a poco empezó a animarse, Clara siempre hacía que mirara la vida de otro color, y estaba cansada de llorar por las noches cuando llegaba a su casa y de preguntarse qué tenía ella de malo, para que todos los chicos la dejaran apartada. Ella antes de involucrarse en una relación sopesaba los pros y los contras. No entendía cómo había fallado ya dos veces en sus estudiadas elecciones. Decidió pasar página y centrarse en pasarlo bien, al fin y al cabo no iba a solucionar nada aquella noche.
Estuvieron bailando sin descanso, moviendo las caderas y riendo por cualquier tontería. Lucía era mucho más alta que Clara, pero las dos tenían algo que hacía que los hombres se fijaran en ellas. Eran bastante distintas físicamente: Lucía tenía el pelo largo y oscuro, lo que más destacaba en ella era sus increíbles piernas y su cuerpo atlético. Clara tenía el pelo teñido de rubio casi albino, era más bajita, pero sus curvas y su desparpajo llamaban la atención.
—Clara me voy al cuarto de baño —informó al oído de su amiga.
—Te acompaño.
Cogidas del brazo, sin parar de reírse, se fueron haciendo paso hasta los aseos, gracias que no había mucha cola y enseguida pudieron entrar.
—Chica, como se nota que la discoteca es nueva, qué maravilla de aseos —observó Lucía mientras se lavaban las manos.
—Tienes razón, son súper modernos, me encanta el rojo brillante de los lavabos —apuntó Clara a su lado.
—Aaayyy. ¡Qué dolor! —exclamó una chica joven, de unos veinte años, que estaba al lado de Lucía.
—¿Qué te pasa? —le preguntó su amiga preocupada.
—No lo sé, pero no puedo abrir el ojo. Me duele una barbaridad. Es como si me estuviera pinchando algo —dijo la chica joven a punto de llorar por la molestia.
—¿Llevas lentillas? —preguntó Lucía sin pensar en la intromisión.
—Sí —le contestó con cara de sorpresa y con el ojo derecho cerrado—. ¿Cómo lo sabes?
—Bueno, seguramente sea la lentilla que te está creando el dolor.
—Ahora que lo dices, es posible que sea eso, hoy me ha costado mucho ponerme esta lentilla…
—Lo mejor sería que te la quitaras ya.
—Haz caso a mi amiga que es Oftalmóloga y de esto sabe un rato —informó Clara orgullosa de su amiga.
La chica se puso delante del espejo e intento quitársela, con el ojo bien abierto y con sus dos dedos intentó pinzarla.
—Pero ¿dónde está? ¡No la encuentro! Y cada vez me duele más, es como si me pinchara algo.
—¿Cómo que no la encuentras? —preguntó su amiga asustada al verla tan nerviosa.
—A ver tranquilízate, ¿quieres que te la quite yo? —se ofreció Lucía, dispuesta a ayudar aquella chica, le daba pena dejarla así cuando ella podía solucionar su problema.
—Sí, por favor —suplicó a punto de ponerse a llorar.
—Siéntate en ese banco de ahí, me voy a lavar las manos y vamos a ver qué te pasa en ese ojo —dijo volviéndose a lavar concienzudamente las manos.
Lucía se acercó a la chica que la miraba con ojos asustados.
—Mira hacia abajo.
Le abrió el ojo despacio con los dedos de su mano izquierda para ver dónde se encontraba la lentilla, al final la vio, estaba debajo del parpado superior, junto en el lagrimal, toda arrugada. Con mucho cuidado acercó los dedos de su mano derecha.
—Ya la he visto, ahora por favor, quédate quieta, voy a ver si te la puedo quitar. No te muevas. Y sigue mirando al suelo.
—Vale —titubeo.
Con mucha delicadeza se la quitó y la chica suspiró aliviada.
—Gracias, gracias —dijo parpadeando.
—De nada, mira la lentilla está rota —informó acercándosela a la chica para que la viera—. Voy a volver a mirarte el ojo —dijo mientras tiraba la lentilla a la papelera y mirándole el ojo enrojecido—. Vamos a ver, no te pongas lentillas en una semana. No quiero que se te haga una úlcera. ¿Estas lentillas eran mensuales?
—Sí.
—Vale, prueba las diarias, son más higiénicas y tienen más hidratación. Las llevaras mucho más cómodas que esas y no tendrás estos problemas.
—De acuerdo.
—Clara acércame mi bolso —pidió Lucía mientras su amiga le daba su bolso, lo abrió y encontró lo que buscaba—. Esto es un colirio, te lo voy a poner ahora, ¿vale?
—Vale —dijo la chica agradecida al ver la atención de ésta. Se agachó de nuevo y le puso dos gotas en el ojo.
—Llévatelo, y te pones una gotas en los dos ojos, durante una semana, verás que bien— comentó dándole el frasquito.
—No puedo aceptarlo…
—¿Cómo que no? Anda cógelo boba.
—No sé cómo agradecértelo, muchísimas gracias.
—De nada. Ahora cuídate y hazme caso, cambia de lentillas.
—Sí, lo haré. Oye, tienes una tarjeta tuya, me gustaría ir a tu clínica.
—Toma —dijo sacando de su bolso una tarjetita blanca—. No es mi clínica, trabajo ahí. Pregunta por Lucía Bosch.
—Yo me llamo Nadia —dijo acercándose a darle dos besos—. Lucía me has salvado la noche, ya me veía yo en el hospital. Gracias.
—No hay de qué. ¡Cuídate Nadia! —se despidió mientras salían del cuarto de baño.
—Si es que eres un trozo de pan —dijo Clara cogiéndole del brazo, mientras avanzaban fuera de los aseos.
—Va, si no ha sido nada.
—Anda superwoman, te invito a una copa.
—¿Superwoman?
—Claro, le has salvado la vida a esa chica desvalida.
—¡Qué pava eres! —exclamó Lucía sin parar de reírse, mientras se acercaban a la barra.
Clara pidió las copas, le dio el ron con cola a Lucía, y se pusieron a bailar en un lateral de la sala, donde no había tanta aglomeración de gente.
—Oye, ¿la chica que está al lado del buenorro de antes no es Nadia? —preguntó Clara señalándole detrás de su amiga.
—Sí, eso parece —dijo girándose disimuladamente para verlos. Después dio un trago a su cubata.
—Te está señalando y vienen hacia aquí —informó nerviosa.
—¿Quién viene hacia aquí Clara? —preguntó confundida.
—¿Quién va a ser? El buenorro con Nadia.
Lucía se giró y vio como se acercaban a ellas, Nadia la miraba con una sonrisa. Las dos amigas se miraron expectantes, no entendían nada.
—Te estaba buscando Lucía —le dijo Nadia con una sonrisa radiante, cuando estuvieron lo suficiente cerca para que las escucharan.
—¿Y eso? ¿Te vuelve a doler el ojo? —Se preocupó Lucía intentando no mirar a su acompañante, se sentía un poco avergonzada de cómo le había hablado antes.
—No, que va. Me encuentro mucho mejor. Es que le he contado a mi hermano lo que has hecho por mí y queríamos invitarte a una copa.
—No hace falta que me invitéis. Te he visto apurada y viendo que yo podía ayudarte… —dijo desconcertada por esa muestra de gratitud.
—Insisto —comentó él mientras posaba sus ojos en Lucía.
—Vale, acepto la invitación —bufó Lucía con una sonrisa nerviosa.
—Vamos Nadia te acompaño a la barra. —Se adelantó Clara cogiéndole del brazo, al pasar delante de su amiga le guiñó el ojo, después se dirigieron las dos hacía el centro de la discoteca.
La tensión de los dos creció por momentos, él se acercó un poco más a ella para poder hablar mejor, y Lucía no sabía muy bien qué hacer, se arrepentía de haber sido tan borde, había descargado su frustración y su cabreo con él.
—Quería agradecerte lo que has hecho por mi hermana —dijo con voz grave tan cerca de su oído que Lucía pudo apreciar lo bien que olía ese chico, se estremeció al notar la calidez del aliento de él tan cerca.
—No ha sido nada, de verdad —logró decir.
—Mi hermana me ha dicho que eres oftalmóloga.
—Sí. Trabajo en la Clínica de la Luz, que hay en el centro de la ciudad.
—Sí, la conozco… —hizo una pequeña pausa—. Me voy a presentar, pues mi hermana me dijo tu nombre, pero tú no sabes el mío; me llamo Oliver— comentó con una sonrisa perturbadora.
—Me gustaría pedirte perdón por cómo me he comportado antes contigo, no estaba de muy buen humor y lo he pagado con el que menos culpa tenía —explicó Lucía ruborizada.
No se había fijado antes en lo atractivo que era. Sus ojos parecían claros, aunque no podía percibir de qué color era, la oscuridad de la discoteca se lo impedía, pero tenía una mirada increíblemente seductora. Era mucho más alto que ella, Lucía medía 1,75 m y él rondaría los 2,00 m. Era increíblemente guapo, cuando sonreía se le marcaba un hoyuelo en la mejilla derecha. La hacía sentir indefensa a su lado, nunca había estado con un hombre tan intimidante, tan atractivo ni tan alto. A sus veintisiete años, había salido sólo con dos chicos, el primero, su primer novio lo tuvo con diecisiete, lo dejaron de mutuo acuerdo después de siete años juntos, se dieron cuenta de que lo suyo no tenía futuro. Después vino Mario. Estuvo dos años soltera entremedias de esas dos relaciones. Nunca le había ocurrido eso, el conocer a un chico y que le perturbara tanto que hiciera que su respiración y su corazón estuvieran descontrolados. Justo cuando hacía un momento lo había rechazado sin pestañear, hasta le había molestado incluso su presencia.
—Supongo que tampoco empecé con buen pie. No te preocupes todo se puede arreglar… —dijo Oliver con una sonrisa arrebatadora. Lucía empezaba a notar que sus piernas temblaban, no entendía aquella reacción, es como si su cuerpo tuviera voluntad propia y no hiciera caso a su mente que le decía que se tranquilizara, que solo era un hombre más.
En ese momento Nadia y Clara llegaban con las copas. Clara miró a su amiga para comprobar que todo estaba bien, al verla con una sonrisa resplandeciente en su cara, supo que había acertado al decirle a su amiga que esa noche iba a ligar.

 

 

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