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¡Ya en preventa!

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“No te enamores de mí” cumple un año.

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¡¡Buenos días y #FelizViernes!!
Hoy, 6 de noviembre, hace exactamente un año estaba nerviosa (casi histérica), por saber si os gustaría la historia de Ewan y Natalia. Y ¿qué os puedo decir? Después de estos 12 meses, #NoTeEnamoresDeMí, solo me ha dado alegrías. Es #BestSeller en la editorial Planeta, estuvo mucho tiempo entre los #MásVendidos de #amazon, #CasaDelLibro, #Fnac e #ITunes y, hoy por hoy, sigue aún en el top de los #MásVendidos de #GooglePlay. Esta historia me ha regalado muchas cosas, la primera sois vosotras, gracias, de corazón, por haber confiando en esta novela y por haber logrado que consiguiese tantas cosas en tan poco tiempo. No me casaré de repetirlo: sois lo más!!! ❤
También quiero aprovechar, esta fecha tan especial para mí, pues era el primer libro que me publicaba #Zafiro (Grupo Planeta), para dar las gracias a mi editora Esther Escoriza, por haber confiado en mí, por sus palabras y por todo su apoyo. ¡Eres la bomba!
Voy a ver si lo celebro escribiendo un rato. ¡¡Feliz día a todas/os!! ❤

Primer capítulo de “Perdiendo el control”. (Zafiro)

Perdiendo el control (versión digital).

1
Las luces la cegaban y la música de moda estaba tan alta que le retumbaba en el
estómago y los oídos; había mucha, muchísima gente a su alrededor. El calor era
agobiante, y… ¿dónde se habría metido Clara? Hacía un buen rato que se había ido al
baño y todavía no había vuelto. ¡Con lo poco que le gustaba estar sola en esos sitios!
Habían decidido, justo cuando entraban después de hacer una inmensa e interminable
cola, que fuera ella quien pidiera las copas en la barra, mientras su amiga iba al cuarto
de baño porque, según ésta, se meaba encima. Lucía se sentía como una tonta, con las
dos copas en la mano, esperándola en medio de esa muchedumbre que bailaba y gritaba.
Sí, la discoteca estaba bien; Clara la había convencido aquella noche para que salieran a
algún lugar nuevo. Hacía pocas semanas que habían inaugurado Splash y estaba lleno de
la gente más variopinta de Salamanca, que no quería perderse la novedad de la ciudad,
para no ser la última en comentar lo moderno y espectacular que era ese local. Pero ella
no se sentía a gusto en lugares tan amplios, con tanta aglomeración de personas. Se
agobiaba bastante con el barullo; prefería la tranquilidad relativa de los pubs, los
ambientes menos saturados, donde se podía hablar y bailar a sus anchas.
—Hola —la saludó con una sonrisa un hombre de unos treinta años, alto, cabello
castaño claro y muy guapo.
—Hola —bufó Lucía en tono seco; lo único que le faltaba ahora era al típico
ligoncete de discoteca, con el humor que tenía aquella noche…
—Guapa, ¿me esperabas? —preguntó con una sonrisa mientras señalaba las dos
copas que sostenía en las manos.
—¡Míralo, qué gracioso! Es que soy así de chula y me las pido de dos en dos,
¿pasa algo? —soltó con sarcasmo.
—No, no pasa nada. Como si te las pides de tres en tres. —Sonrió sorprendido por
el desparpajo de aquella muchacha—. Pero, dime una cosa, ¿de dónde ha salido una
chica tan preciosa como tú? —inquirió acercándose demasiado a ella. Lucía empezó a
sentirse incómoda por la proximidad de ese desconocido de mirada penetrante.
—Mira, guapito, vamos a dejar las cosas claras, que te veo ya demasiado lanzado
y no captas que no estoy en tu misma onda. No me interesa ligar contigo, con que no
pierdas el tiempo y tírale el rollo a otra. ¿Entendido? —comentó Lucía tajante.
—¡No sabes lo que te pierdes, guapa! —exclamó visiblemente molesto al ver la
negativa. Ésta se alegró al comprobar que se alejaba.
—Chica, ¿qué le has hecho a ese buenorro? Lleva una cara de agrio… —señaló
Clara detrás de ella; había sido testigo, mientras se acercaba a su amiga, de cómo aquel
tipo se iba con cara de pocos amigos.
—¡Al fin, hija! Ya creía que te habías caído por la cañería del váter —resopló
Lucía mientras le pasaba su copa.
—¡Qué pava! Había una cola que casi llegaba a la vuelta de la esquina. Buf, casi
no llego —explicó Clara mientras bebía un buen trago de su cubata—. Oye, y al tío ese
que huía por piernas de ti, ¿qué le has hecho? Tenía un buen polvo.
—¿Ése? Pues, chica, te lo regalo con lazo y todo ―dijo con desdén sin ni siquiera
buscar al tipo en cuestión.
—Tía, qué seca eres cuando quieres ―puntualizó Clara mientras negaba con la
cabeza.
—¿Qué quieres? Hoy no me apetecía venir a esta discoteca y me has traído a
rastras ―refunfuñó agobiada por el ambiente tan cargado que había.
—Hay que renovarse, que estoy hasta el moño de ver a la misma gente.
—No sé… Hoy no estoy de humor para nada —comentó Lucía dándole un buen
trago a su ron con cola y con la mirada perdida en la lejanía del centro de la pista,
repleta de personas bailando sin cesar.
—Venga, Lucía, desembucha. ¿Qué te pasa? —preguntó Clara con su mejor
mirada inquisidora.
Eran amigas desde los cinco años; fueron juntas al colegio y vivieron en el mismo
edificio hasta que se independizaron. Prácticamente se habían criado juntas desde
entonces; Clara era la hermana que Lucía nunca había tenido. Se lo contaban todo; en
esos veintidós años que hacía que se conocían, nunca se habían separado. Era lo mejor
que le pudo pasar cuando su madre, después del divorcio, decidió que se mudarían a
aquel barrio y abandonarían la que fue su acomodada casa en las afueras de la ciudad,
donde dejaron a sus anchas al padre de Lucía y a su amante.
—Me pasa que hoy me ha vuelto a llamar Mario. Estoy de él hasta el moño, ya no
sé cómo decirle que no voy a volver a ser su novia ni nada parecido. Me tiene harta,
Clara —le explicó cansada de las maniobras de su exnovio por volver con ella.
—Vaya plomazo de tío. Pero ¿no le aclaraste que lo vuestro había acabado?
—Por lo menos se lo he dicho veinte veces en estas últimas dos semanas y él, erre
que erre, que quiere volver conmigo, que siente mucho lo que me hizo, que me quiere…
—resopló, agotada de escuchar la misma cantinela.
—Qué cansino, chica. Mira, ¿tú sabes lo que te hace falta? —preguntó guiñándole
un ojo. A Lucía le daba miedo responder a su amiga; Clara era la más loca de las dos, la
impulsiva, todo lo contrario que ella.
—A ver, dime… —Suspiró temiendo la respuesta pero con ganas de averiguar
qué había pensado aquella cabecita loca.
—Vamos a empezar poco a poco; ahora mismo vas a cambiar esa cara de
aguafiestas que llevas, nos vamos a ir al centro de la pista a volvernos locas bailando
y… ¡vas a ligar con un tío! Te lo digo yo, esta noche estás rompedora con esa minifalda
que te regalé y, además, necesitas ver que les gustas a otros chicos. Mario se ha portado
como un cabrón contigo, y tienes que pasar página ya. Así, cuando tu ex te llame otra
vez, le podrás decir: «¡Chato, olvídate de mí, que ahora estoy ocupada como un taxi!»
—exclamó Clara entre risas arrastrándola hasta el centro de la discoteca.
Habían pasado dos semanas desde que Lucía descubriera que, el que creía que era
un novio maravilloso, la estaba engañando con otra mujer. Mario y ella se habían
conocido un año atrás, en una convención de oftalmología, y desde aquel día empezaron
a quedar. Compartían muchas aficiones y Lucía decidió que él podía ser un buen
candidato para ella. Todo iba bien hasta que un día el jefe de Lucía la dejó salir una hora
antes de su trabajo porque aquella tarde no tenían pacientes citados, y sin pensárselo fue
a la clínica de su querido Mario, que se encontraba a unos pocos kilómetros de la suya,
para darle una sorpresa. Pero la sorpresa se la llevó ella, cuando al entrar en la clínica se
lo encontró besando apasionadamente a su joven y nueva recepcionista. Se quedó
congelada, no sabía cómo reaccionar, era como si le hubiesen echado un jarro de agua
fría por encima. Mario, al verla, se separó al instante de aquella chica y empezó a
disculparse, explicándole que no era lo que parecía. En ese momento, al escuchar las
mentiras que salían de la boca de Mario, Lucía reaccionó y le dijo, con voz muy serena
y tranquila, que no volviera a dirigirle la palabra nunca más y que esperaba no volver a
verlo, porque en caso contrario no sería tan educada como lo estaba siendo entonces.
Parece que no la entendió muy bien, pues casi todos los días la llamaba por teléfono
suplicando que volviese con él… Al principio le cogía la llamada e intentaba razonar
con él, pero, al final, cansada de repetir siempre la misma cantinela y de decirle mil
veces que ella no estaba dispuesta a perdonarlo, rechazaba las llamadas sin vacilar,
esperando que algún día Mario se cansase. Porque ella no volvería nunca con él, eso era
una verdad irrefutable. Lucía se sentía engañada y para ella la sinceridad era vital en una
relación.
—Lucía, al buenorro de antes lo tienes detrás, mirándote como un pasmarote —le
informó Clara al oído mientras bailaban como locas la última canción de Pitbull.
—¡Pues que mire! —soltó riéndose sin parar de bailar, intentando no caer en la
tentación de volverse.
Poco a poco comenzó a animarse. Clara siempre hacía que viese la vida de otro
color, y estaba cansada de llorar por las noches cuando llegaba a su casa y de
preguntarse qué tenía ella de malo para que todos los hombres la desengañaran tanto. Ella,
antes de involucrarse en una relación, sopesaba los pros y los contras, nunca se dejaba
llevar por las emociones o por algún tipo de instinto… y, por ello, no entendía cómo
había fallado ya dos veces en sus estudiadas elecciones. Decidió pasar página y
centrarse en pasarlo bien; al fin y al cabo, no iba a solucionar nada aquella noche.
Estuvieron bailando sin descanso, moviendo las caderas y riendo por cualquier
tontería. Lucía era mucho más alta que Clara, pero las dos tenían algo que hacía que los
hombres se fijaran en ellas. Eran bastante distintas físicamente: Lucía tenía el pelo largo
y oscuro, y los ojos también oscuros, pero lo que más destacaba en ella eran sus
increíbles piernas y su cuerpo atlético. Clara tenía el pelo teñido de rubio casi albino,
con un peinado muy actual, y sus ojos eran de color miel; era más bajita que su amiga,
pero sus curvas, que siempre intentaba resaltar con vestidos muy sugerentes, y su
desparpajo llamaban la atención.
—Clara, me voy al cuarto de baño —informó al oído de su amiga.
—Te acompaño.
Cogidas del brazo, sin parar de reírse, se fueron abriendo paso hasta los aseos; por
suerte no había mucha cola y enseguida pudieron entrar.
—Chica, cómo se nota que la discoteca es nueva, qué maravilla de lavabos —
observó Lucía mientras se lavaba las manos.
—Tienes razón, son supermodernos; me encanta el rojo brillante de los lavamanos
—apuntó Clara a su lado mientras hacía lo mismo.
—¡Aaayyy, qué dolor! —exclamó una chica joven, con el cabello castaño
recogido en una divertida coleta; iba con un ajustado vestido de color azul celeste y,
aunque era alta, llevaba unos impresionantes tacones; rondaría los veinte años, y estaba
al lado de Lucía.
—¿Qué te pasa? —le preguntó su amiga preocupada; un poco más bajita que la
primera, morena y vestida con una falda roja y un top negro.
—No lo sé, pero no puedo abrir el ojo. Me duele una barbaridad. Es como si me
estuviera pinchando algo —explicó la muchacha a punto de llorar por la molestia.
—¿Llevas lentillas? —preguntó Lucía sin pensar en la intromisión.
—Sí —le contestó con cara de sorpresa y con el ojo derecho cerrado—. ¿Cómo lo
sabes?
—Bueno, seguramente sea la lentilla la que te está creando el dolor.
—Ahora que lo dices, es posible que sea eso; hoy me ha costado mucho
ponérmela… ―gimoteó la chica.
—Lo mejor sería que te la quitaras ya ―comentó Lucía.
—Haz caso a mi amiga, que es oftalmóloga y de esto sabe un rato —informó
Clara orgullosa de Lucía.
La joven se puso delante del espejo y probó de sacársela; abrió bien el ojo y, con
dos dedos, intentó pinzarla. Lucía se quedó observándola por si necesitaba ayuda; sabía
que a veces las lentillas se pegaban en la córnea y eran difíciles de extraer.
—Pero ¿dónde está? ¡No la encuentro! Y cada vez me duele más, es como si me
pinchara algo ―dijo sobresaltada la bonita muchacha.
—¿Cómo que no la encuentras? —preguntó su amiga asustada al verla tan
nerviosa.
—A ver, tranquilízate… ¿quieres que te la quite yo? —se ofreció Lucía, dispuesta
a echarle una mano; le daba pena dejarla así cuando ella podía solucionar su problema.
—Sí, por favor —suplicó a punto de ponerse a llorar.
—Siéntate en ese banco de ahí; me voy a lavar las manos y vamos a ver qué te
pasa en ese ojo —dijo volviéndose a lavar concienzudamente las manos.
Lucía se acercó a la chica, que la miraba con ojos asustados.
—Mira hacia abajo ―le pidió en tono profesional.
Le abrió el ojo despacio con los dedos de la mano izquierda para ver dónde se
encontraba la lentilla; al final la descubrió: estaba debajo del parpado superior, junto al
lagrimal, toda arrugada. Con mucho cuidado, acercó los dedos de la mano derecha.
—Ya la he visto; ahora, por favor, quédate quieta, voy a ver si te la puedo extraer.
No te muevas… y sigue mirando al suelo.
—Vale —titubeó.
Con mucha delicadeza, logró sacársela y la muchacha suspiró aliviada.
—Gracias, gracias —dijo parpadeando.
—De nada; mira, la lentilla está rota —informó acercándosela a la chica para que
la viera—. Voy a volver a mirarte el ojo —dijo mientras tiraba la lentilla a la papelera y
le observaba el ojo enrojecido—. Vamos a ver, no te pongas lentillas en una semana,
para evitar que se te haga una úlcera. ¿Estas lentillas eran mensuales?
—Sí ―musitó escuchando atentamente lo que le decía Lucía.
—Vale, prueba las diarias, son más higiénicas y tienen más hidratación. Las
llevarás con mayor comodidad y no tendrás estos problemas.
—De acuerdo.
—Clara, acércame mi bolso —pidió Lucía. Cuando su amiga se lo entregó, lo
abrió y encontró lo que buscaba—. Esto es un colirio, te lo voy a poner ahora, ¿vale?
—Vale —dijo la chica, agradecida. Lucía se agachó de nuevo y le puso dos gotas
en el ojo.
—Llévatelo y ponte una gota en cada ojo, durante una semana; verás qué bien te
irá —comentó dándole el frasquito.
—No puedo aceptarlo… ―murmuró apurada por el detalle de esa desconocida.
—¿Cómo que no? Anda, cógelo, boba ―apremió Lucía con una sonrisa.
—No sé cómo agradecértelo, muchísimas gracias ―repuso emocionada la joven.
—De nada. Ahora cuídate y, hazme caso, cambia de lentillas.
—Sí, lo haré. Oye, tienes una tarjeta tuya, me gustaría ir a tu clínica.
—Toma —dijo sacando de su bolso una tarjetita blanca—. No es mi clínica,
trabajo allí. Pregunta por Lucía Bosch.
—Yo me llamo Nadia —se presentó acercándose a darle dos besos—. Lucía, me
has salvado la noche, ya me veía yo en el hospital. De verdad, muchas gracias.
—No hay de qué. ¡Cuídate, Nadia! —se despidió mientras salían del cuarto de
baño y dejaban a las dos amigas aún dentro.
—Si es que eres un trozo de pan —soltó Clara cogiéndola del brazo, mientras
avanzaban fuera de los aseos.
—Bah, si no ha sido nada ―musitó Lucía restándole importancia a lo que acababa
de hacer.
—Anda superwoman, te invito a una copa.
—¿Superwoman? ―se sorprendió Lucía.
—Claro, le has salvado la vida a esa chica desvalida ―contestó Clara dándole un
suave codazo.
—¡Qué pava eres! —exclamó Lucía sin parar de reírse, mientras se acercaban a la
barra.
Clara pidió las copas, le dio el ron con cola a Lucía y se pusieron a bailar en un
lateral de la sala, donde no había tanta aglomeración de gente y podían estar menos
apretujadas.
—Oye, ¿la chica que está al lado del buenorro de antes no es Nadia? —preguntó
Clara señalando detrás de su amiga.
—Sí, eso parece —dijo tras volverse disimuladamente para verlos. Después dio
un trago a su cubata y siguió bailando como si nada.
—Te está señalando y vienen hacia aquí —informó nerviosa, mientras abría
desmesuradamente los ojos para darle más énfasis a lo que acababa de decir.
—¿Quién viene hacia aquí, Clara? —preguntó confundida sin entender muy bien
la reacción de su amiga.
—¿Quién va a ser? El buenorro con Nadia.
Lucía se dio la vuelta y vio cómo se acercaban a ellas. Nadia la observaba con una
sonrisa. Las dos amigas se miraron expectantes, no entendían nada.
—Te estaba buscando, Lucía —le dijo Nadia con una sonrisa radiante, cuando
estuvieron lo suficiente cerca como para que la oyeran.
—¿Y eso? ¿Te vuelve a doler el ojo? —se preocupó Lucía intentando no mirar a
su acompañante; se sentía un poco avergonzada por cómo le había hablado antes.
—No, qué va. Me encuentro mucho mejor. Es que le he contado a mi hermano lo
que has hecho por mí y queríamos invitarte a una copa.
—No hace falta que me invitéis. Te he visto apurada y… como yo podía
ayudarte… —dijo desconcertada por esa muestra de gratitud.
—Insisto —comentó él mientras posaba sus ojos en Lucía.
—Vale, acepto la invitación —bufó Lucía con una sonrisa nerviosa.
—Vamos, Nadia, te acompaño a la barra —se adelantó Clara cogiéndola del
brazo; al pasar delante de Lucía le guiñó un ojo, y después se dirigieron las dos hacia el
centro de la discoteca.
El simple hecho de encontrarse solos hizo que la tensión entre ambos creciera por
momentos. Él se acercó un poco más a ella para poder hablar mejor, y Lucía no supo qué
hacer; se arrepentía de haber sido tan borde, había descargado su frustración y su cabreo
en él.
—Quería agradecerte lo que has hecho por mi hermana —dijo con voz grave tan
cerca de su oído que Lucía pudo apreciar lo bien que olía ese hombre; se estremeció al
notar la calidez del aliento de él tan cerca.
—No ha sido nada, de verdad —logró decir, sorprendida por cómo había
reaccionado su cuerpo al percibir su aliento.
—Mi hermana me ha dicho que eres oftalmóloga.
—Sí. Trabajo en la Clínica de la Luz, que se encuentra en el centro de la ciudad
―contestó con timidez intentando no perderse en sus ojos.
—Sí, la conozco… —Hizo una pequeña pausa—. Me voy a presentar, pues mi
hermana me dijo tu nombre, pero tú no sabes el mío; me llamo Óliver —comentó con
una sonrisa perturbadora.
—Me gustaría pedirte perdón por cómo me he comportado antes contigo, no
estaba de muy buen humor y lo he pagado con el que menos culpa tenía —explicó Lucía
ruborizada.
No se había fijado antes en lo atractivo que era; había estado más pendiente de sus
problemas que de prestarle atención a ese hombre que se había armado de valor para
saludarla. Sus ojos parecían claros, aunque no podía percibir de qué color eran, la
oscuridad de la discoteca se lo impedía, pero tenía una mirada increíblemente seductora.
Era mucho más alto que ella; Lucía medía metro setenta y cinco y él rondaría los dos
metros. Era increíblemente guapo; cuando sonreía, se le marcaba un hoyuelo en la
mejilla derecha que le daba la apariencia de «chico malo». Le hacía sentir indefensa a su
lado; nunca había estado con un hombre tan intimidante, tan atractivo ni tan alto. A sus
veintisiete años, había salido sólo con dos chicos. El primero, su primer novio, lo tuvo
con diecisiete; lo dejaron de mutuo acuerdo después de siete años juntos, pues se dieron cuenta de que lo suyo no tenía futuro. Después vino Mario. Estuvo dos años sin pareja
en medio de esas dos relaciones. Nunca le había ocurrido eso: conocer a un hombre y
que la perturbara tanto que hiciera que su respiración y su corazón estuvieran
descontrolados… justo cuando hacía un momento lo había rechazado sin pestañear,
incluso le había molestado su presencia. Esto era nuevo para ella; no sabía si lo que
sentía junto a la presencia de ese hombre, esa atracción que le hacía no apartar su
mirada de la de él, era producto del alcohol o de qué.
—Supongo que tampoco empecé con buen pie. No te preocupes, todo se puede
arreglar… —dijo Óliver con una sonrisa arrebatadora.
Lucía empezaba a notar que sus piernas temblaban; no entendía aquella reacción,
era como si su cuerpo tuviera voluntad propia y no hiciera caso a su mente, que le decía
que se tranquilizara, que sólo era un tipo más. En ese momento, Nadia y Clara llegaban
con las copas. Clara miró a su amiga para comprobar que todo estaba bien; al verla con
una sonrisa resplandeciente en la cara, supo que había acertado al decirle que aquella
noche iba a ligar.