Nuevo proyecto. Novena novela.

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He aprovechado estos meses de descanso para hacer un montón de cosas: leer, ver películas, estar al 100% con mi familia y pensar… Y bueno… parece que no me puedo quedar quieta mucho tiempo porque mi Muso ha venido con fuerza, dándome la idea para mi próxima novela, (la novena escrita), y ya tiene título, algo que me gusta tener antes de comenzar, y creo que a mi editora Esther Escoriza, cuando se lo diga, le va a encantar (o eso espero) porque es original y muy divertido.  🙈😍 ¡Allá vamos! 😉💪

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Primer capítulo de “Me lo enseñó una bruja”.

 

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1.

El espectacular navío Costa Favolosa se deslizaba con ligereza sobre
las aguas del mar del Norte, casi no se percibía el vaivén de las
olas al romper contra su gran casco. El barco acababa de zarpar
desde el puerto de Copenhague con destino a los fiordos noruegos
y, aunque debería estar feliz de poder encontrarse en aquel crucero,
por gentileza de su buen amigo Andreas, algo le decía a Sofía
que aquello no había sido buena idea. No era que no le gustase el
mar o viajar, su desazón venía causada por el hecho de que había
sido víctima, una vez más, de las alocadas ideas de su amigo, que la
había empujado a realizar su primer viaje Single…
Sofía no era una mujer a la que le agradase pregonar su soltería,
que ya duraba un año, ni tampoco le emocionaba asistir a fiestas
temáticas para solteros; ella prefería pensar que el amor llegaría
cuando estuviese preparada y que no hacía falta andar buscándolo.
Pero no contaba con la persuasión de Andreas, que era incapaz
de estar soltero más de un mes y que necesitaba fervientemente
conocer hombres para poder hallar, al fin, a su pareja ideal. Todo
ello iba acompañado por el hecho de que Sofía llevaba unos días
recibiendo ramos de flores sin tarjeta, algo que la hacía pensar que
alguien de su entorno quería seducirla con galantería, como a ella
—en teoría— debería gustarle, pero aún no tenía ni siquiera una
pequeña pista de quién estaba detrás de aquellos detalles anónimos.
—Sofía, esto es increíble, las maletas ya están en el camarote…
Esto sí que es un servicio completo —comenzó a decir Andreas,
mientras se acercaba a ella.
—Con lo que has pagado, hasta debería estar colocada la ropa
en el armario… —farfulló Sofía, volviéndose para observar a su
amigo, que la miraba con una ceja enarcada.
—A ver, señorita Gruñona, ¿qué fallo tiene este barco? —preguntó él con los brazos en jarras y mirándola con cara de desaprobación,
consciente del carácter crítico de su amiga.
—De momento ninguno… Pero acabamos de zarpar, es demasiado
pronto para hacer una valoración en profundidad… —musitó
ella, intentando no echarse a reír por la postura que adoptaba
Andreas al mirarla.
—Dijimos que en este viaje íbamos a disfrutar al máximo y a
conocer gente, por lo que estar aquí observando el mar y la lejanía
no cumple con lo estipulado… Anda, muévete y vamos a tomarnos
unas copas de champán bien fresquito, rodeados de personas
solteras —dijo él, mientras la arrastraba hacia uno de los salones
de cubierta, donde había preparada una fantástica recepción para
los viajeros; para que comenzasen a dejarse ver y así poder disfrutar
desde ese momento de aquel viaje temático.
Al entrar en aquel salón, Sofía se fijó en que ya se habían formado
varios grupos de hombres y mujeres, que hablaban animadamente,
levantando tanto la voz que era posible oír sus conversaciones
sin esfuerzo. Eso hizo que arrugase la nariz; no le gustaba
aquella muestra excesiva de confianza cuando acababan de conocerse
hacía apenas unos minutos. Observó la decoración exquisita
de aquella sala, que se encontraba en uno de los laterales del barco,
desprovista de paredes y sólo cubierta con un toldo confeccionado
con varias telas de diferentes tonalidades de azul que dejaban
que el sol entrase tímidamente entre ellas. En la parte derecha había
una gran barra de bar, donde varios camareros vestidos con un
uniforme blanco y azul marino servían con eficacia alcohol a los
alegres singles. Se fijó en que, a medida que los minutos avanzaban
y el consumo de las copas aumentaba, el ambiente se volvía cada
vez más desinhibido y que algunas de las personas que se encontraban
allí se fijaban en una u otra presa…
A Sofía aquello le recordaba a una selva por la que andaban los
animales en libertad, donde los machos alfa estaban dispuestos a
encontrar a un hembra con la que copular y saciar su instinto más
carnal, mientras las hembras, desesperadas por dar con un macho
con el que perpetuar la especie, buscaban uno al cual cazar para el
resto de sus vidas; se parecía más a eso que a un grupo de personas
dispuestas a divertirse, como le había jurado su amigo una y otra
vez cuando le contó a qué tipo de viaje irían. Sofía sabía lo que era
sentirse así: querer tener a alguien al lado a toda costa. Pero ya se le
había pasado esa época de obsesión por encontrar pareja, que comenzó
siendo bastante joven, influenciada por su entorno. Los
hombres que había conocido, y con los que había mantenido una
relación, no habían sido como los imaginaba y los pocos que se le
acercaban no cumplían sus requisitos mínimos. Porque a medida
que cumplía años se iba haciendo más exquisita y exigente y necesitaba
más, mucho más, de los hombres que conocía.
—Ay, Sofi… Al lado de la barra, el hombre que lleva la camisa
morada medio desabrochada. Mirada oscura, cuerpo de infarto,
preciosa sonrisa… ¡¡Me he enamorado!! —exclamó Andreas de
manera teatral, mientras lo miraba embobado.
—No está mal… Pero ¿tú crees que entiende? —preguntó Sofía,
observando a aquel hombre, que sonreía sin parar mientras
hablaba con sus amigos.
—¡Pues claro! Tengo un radar que me dice quién es gay y quién
no —respondió Andreas guiñándole un ojo y aguantándose la
risa—. Lo que ocurre es que te ha gustado para ti y me lo quieres
quitar, mala pécora… —añadió, mirándola detenidamente.
Su amiga iba como siempre impecable, con un precioso vestido
blanco de media manga recto y unos zapatos de tacón. El cabello
lo llevaba suelto, con sus ondas castañas balanceándose al compás
de la brisa marítima. Era alta, más que la media, y aun así no se
privaba de utilizar altísimos tacones para estilizar sus ya de por sí
largas piernas.
—Para nada… No es mi tipo —contestó Sofía, observando al
hombre en cuestión y dejando a Andreas con la boca abierta.
—Pero si está buenísimo —señaló él molesto, admirando la
belleza de aquel hombre que hechizaba a toda la sala.
—Bueno, a mí no me gusta, Andreas. —Sofía sonrió—. Pero
eso no quita que esté bien y vea lógico que tú te sientas atraído por
él —comentó, mientras se llevaba la copa de champán a la boca
con elegancia y finura.
—Ven conmigo, vamos a presentarnos —dijo él, cogiéndola
de la mano y llevándosela hacia donde estaban el desconocido y
sus amigos.
Sofía tuvo que coger con fuerza la copa para que no se derramara
nada por el camino ante la impulsividad de Andreas.
El grupo de hombres a los que se acercaban con determinación
los observaban con mayor curiosidad a medida que se iban aproximando
a ellos. Sofía los miró con atención; rondarían los treinta y
pocos años, se parecían bastante en la manera de vestir, con camisas
y pantalones vaqueros estrechos, peinados con tupé y con una
sonrisa blanquísima. Parecía que Andreas y ellos frecuentaran las
mismas tiendas de moda. Su amigo llevaba aquel día una camisa
de color mostaza que hacía resaltar el moreno natural de su piel.
Sofía estaba acostumbrada a su carabina. Andreas siempre la
llevaba con él por si se equivocaba y el hombre que le había gustado
no era gay; así podía decir que era ella la que estaba interesada y
salir airoso de una situación un poco vergonzosa…
En todos los años que llevaban siendo amigos, Andreas sólo se
equivocó una vez, y de esa manera tan poco convencional Sofía
conoció a su última pareja, Borja, alias Don Machoman…
Andreas se puso delante de aquel hombre que lo había hechizado
nada más atravesar el salón y se presentó con una sonrisa,
mientras Sofía observaba la conversación y los gestos del desconocido,
que se presentó como Marcos. Al poco fue arrastrada al resto
de las presentaciones y a las típicas conversaciones sobre procedencia,
edad y oficio… A los pocos minutos, al ver que su amigo
estaba absorto en una conversación bastante intima con el hombre
de la sonrisa blanquísima, se excusó con educación con los
amigos de éste y se dirigió a su camarote en busca de algo de soledad
para poder decidir qué iba a hacer en aquel barco repleto de
solteros con expectativas tan precisas y claras.
Su camarote se encontraba en la parte inferior del navío y tuvo
que bajar diez pisos en el espectacular y luminoso ascensor, para
llegar al puente donde estaba su dormitorio. Un letrero colgado
del pasillo anunciaba que aquella planta recibía el nombre de «Alhambra»; eso la hizo sonreír. Al entrar en su camarote, se dio cuenta
de que era interior y que no tenía ni una triste ventana. Para ella
el espacio era pequeño, acostumbrada como estaba a habitaciones
de hoteles de cinco estrellas, pero no estaba mal, y no podía quejarse
mucho, pues había sido un regalo de su amigo y ella sabía
que Andreas no podía permitirse escoger un camarote de mayor
categoría.
En medio del habitáculo había una gran cama de matrimonio,
con una colcha de color blanco y rojo, y varios cojines, también
rojos, dispuestos con elegancia. Tenía al lado una mesilla encastrada
en la pared y justo enfrente un pequeño escritorio de madera
con una silla del mismo tono rojo que la colcha. De la pared
colgaban varios cuadros que retrataban el mar con pinceladas precisas
y en diferentes tonalidades de azules, y en una de las paredes
había un televisor de plasma que se podía ver desde la cama con
total comodidad. En el lateral derecho una puerta daba a un pequeño
cuarto de baño completo y justo al lado de ésta se encontraba
el armario.
Sofía cogió la maleta de los pies de la cama, la puso encima y
comenzó a organizar su ropa lo mejor que pudo. Cuando acabó,
vio que en el escritorio había unos folletos donde se explicaba
todo lo que se podía hacer a bordo, además de un pequeño plano
del barco con los nombres de las diferentes cubiertas; todos ellos
eran de lugares de interés arquitectónico y cultural, como por
ejemplo: Versalles, El Escorial, Tivoli, museo del Hermitage… y así
hasta completar los catorce niveles con los que contaba aquel espectacular
barco. Observó que había varios gimnasios, además de
piscinas y spas, y decidió visitar alguno. Todavía quedaban unas
horas para que sirvieran la comida y así podría aprovechar el tiempo
haciendo deporte.
Se puso un conjunto Adidas de color negro y rosa, se cepilló el
pelo y se lo ató en una perfecta coleta, se calzó sus zapatillas a juego
con la ropa y salió del camarote dispuesta a borrar aquella sensación
de que no pintaba nada allí. Recorrió el pasillo de moqueta
azul y se dirigió hacia el ascensor. Subió hasta la planta donde se
encontraba la zona de los gimnasios, que recibía el nombre de
«Luxembourg», y se encaminó hacia la puerta donde, en un cartel
escrito en varios idiomas, se leía la palabra «Gimnasio». Entró y se
dio cuenta de que era la única que había despreciado una copa en
compañía de otros solteros para irse a sudar. Estaba acostumbrada
a ser el bicho raro del lugar, la mujer a la que le costaba abrirse
a los demás, la que prefería la soledad que intentar mantener una
conversación vacía con un desconocido; así era Sofía para el resto
del mundo, alguien que no se mezclaba con la gente, a quien le
costaba relajarse en presencia de extraños…
Dejó la toalla que se había llevado en la máquina de al lado y se
puso en la cinta de andar a máxima velocidad, para empezar a despejar
su mente e intentar centrarse en lo que verdaderamente importaba
de aquel viaje: su amigo. Mientras observaba las grandes
cristaleras que tenía delante y que ofrecían una preciosa panorámica
del mar meciéndose por el movimiento de la embarcación,
se obligó a cambiar su actitud arisca y a divertirse con aquella locura
de viaje, pues Andreas se merecía verla bien y no enfurruñada
con la vida y, sobre todo, con los hombres.
En aquel momento, su amigo la necesitaba para superar la ruptura
con su último novio, un músico bohemio al que conoció en
un pub bastante hippie que Andreas frecuentaba con asiduidad.
Según éste, fue amor a primera vista, comenzaron a hablar y al
poco ya estaban retozando en el apartamento del músico. Estuvo
tres meses en una algodonosa nube de felicidad y amor, bebiendo
los vientos por aquel hombre esperpéntico que a Sofía no le hacía
nada de gracia, pues parecía que estaba más pendiente de la música
que de su amigo. Y el tiempo le dio a ella la razón, pues el músico
se fue en busca de más fama y dejó a Andreas con el corazón
roto y llorando por las esquinas. Pero a los dos días de aquella separación,
apareció con dos pasajes para el crucero y con las altas
expectativas de poder olvidar el dolor que le había causado aquel
hombre, en aquel viaje repleto de personas como ellos, solteros y
buscando algo parecido al amor…
Sofía estuvo corriendo sobre aquella cinta una hora y cuando
acabó, exhausta y sudorosa, cogió la toalla para secarse y abandonó
el solitario gimnasio. Tenía que ducharse y cambiarse para la
comida. La parte buena de aquel viaje era que podía utilizar todos
los modelitos de última moda que se había comprado aquel año y
que no le había dado tiempo a ponerse. Después de una refrescante
ducha, escogió un precioso vestido del diseñador Giorgio Armani
en color rosa palo, de corte recto y largo hasta la rodilla, que
acompañó con unos preciosos Manolos fucsia de plataforma; se
maquilló con suavidad, destacando sus labios con un color similar
al de sus fantásticos zapatos, se dejó el pelo suelto y un poco húmedo
para que no se le encrespara y salió en busca de su amigo,
que no había dado señales de vida hasta entonces.
Mientras caminaba por cubierta lo llamó por teléfono. La sala
donde se había celebrado el cóctel de bienvenida estaba vacía y
sólo pudo ver a unos empleados del barco que limpiaban aquel espacio
común. A la tercera llamada contestó un alegre Andreas,
que le dijo que se hallaba en el restaurante del puente Villa Borghese.
Sofía, con un resoplido para calmar sus nervios y reprimir su
poco aguante ante aquellas situaciones en las que no sabía qué hacer
ni adónde ir, se encaminó hacia donde estaba el loco de su
amigo.
—¡Pareces una diosa! —exclamó él con entusiasmo al verla,
mientras se acercaba a besarla en las mejillas.
—Y tú llevas la misma ropa… —observó Sofía, haciendo un
mohín.
—Me he venido directamente de la fiesta. ¿Dónde estabas? Te
he buscado… —explicó con los ojos brillantes, delatando que había
bebido más de la cuenta.
—Dudo siquiera que te hayas dado cuenta de mi ausencia. Te
he visto embelesado con el de la sonrisa Prof ident.
—Uf, Marcos… —murmuró Andreas, cogiéndola del brazo
para acercarse más a ella y llevarla al interior del restaurante—.
Sofi, es impresionante.
—Me puedo hacer una idea… —susurró, aguantándose la risa
al ver lo rápido que su amigo se desenamoraba y se volvía a enamorar.
—Y en la cama es… —insinuó, mordiéndose el labio.
—¡¿Ya?! De verdad, tienes un problema con el sexo —sentenció
Sofía.
—¿Problema? —replicó Andreas—. Sólo disfruto, Sofi; algo
que deberías hacer tú también… Dime, ¿cuánto tiempo llevas sin
acostarte con alguien? ¿Un año? Eso lo veo un desperdicio de
tiempo.
—Yo no puedo acostarme con el primero que me haga ojitos,
Andreas… —contestó ella con solemnidad, mientras levantaba la
barbilla haciendo que se le meciese el cabello.
—Sofía, eres demasiado exigente; debes relajarte y dejarte llevar
—comentó él preocupado, mirándola fijamente.
—No creo que sea demasiado exigente, sólo pido que cumplan
unos requisitos mínimos para poder pensar en tener algo con esa
persona.
—A ver, enumérame esos requisitos… —pidió Andreas, negando
con la cabeza y pensando que su amiga no iba a cambiar
nunca, ya que aquel tema lo habían tratado con anterioridad y
nunca llegaban a un acuerdo.
—Entiéndeme, no le pido que haya visitado la luna ni nada de
eso, pero sí debe ser atractivo, culto, vestir con buena ropa y tener
buenos modales para poder llevarlo a los eventos que frecuento habitualmente.
Debe congeniar conmigo, ser lo más similar a mí en
gustos, aficiones y clase social… Creo que no pido mucho —concluyó
con serenidad.
—¡Madre mía! Sólo te falta pedirle la cuenta del banco y una
analítica de sangre —comentó su amigo con estupor—. ¿Dónde
dejas el amor, el romanticismo, el flechazo y las mariposas en el
estómago?
—A mis veintinueve años ya no busco nada de eso; ahora necesito
a un compañero de viaje, no a alguien que me trastoque la
vida —respondió ella con aplomo.
—¡Quién te ha visto y quién te ve! —exclamó Andreas de manera
teatral, llevándose la mano a la boca, horrorizado por lo que
acababa de oír—. Tú fuiste la culpable de que yo creyese en el
amor perfecto, aquel del que se hablaba en las novelas que tú leías
en la universidad. ¡Fuiste la culpable de que me hiciese escritor de
novelas románticas! ¿Y ahora me dices que no crees en el amor?
Lo siento, pero no me lo creo. Lo que ocurre es que Don Machoman
te dejó demasiado tocada y desde entonces no has vuelto a
querer nada con nadie. Debes cambiar el chip ya y arriesgarte de
nuevo.
—Estoy cansada de que siempre acabe igual —refunfuñó ella,
observando el interior del restaurante, la elegancia en la combinación
de colores, el cuidado de los materiales y la armonía de los
mismos.
—¿No te das cuenta?
—¿De qué? A ver, ¡ilumíname! —soltó Sofía, mirándolo a los
ojos.
—De que siempre acaba igual porque siempre te fijas en el
mismo tipo de hombre: vanidoso, egocéntrico y egoísta.
—Vamos, que soy una especie de imán para lo mejorcito del
país… —bufó ella.
—Más o menos. Para poder cambiar el final, debes comenzar a
hacer las cosas de diferente manera…
—¿Y eso cómo se hace?
—¡Ay, amiga mía! Hoy es tu día de suerte, porque la inspiración
está de mi lado. Primero de todo, vamos a sentarnos a la mesa
de Marcos. Tranquila, he investigado y tiene amigos heterosexuales
a los que seguro que fascinarás; después haremos una lista de
los hombres potenciales de este barco con los que te gustaría tener
algo y los desecharemos por completo. Luego nos fijaremos en los
hombres a los que nunca se te ocurriría mirar.
—¡Estás como una cabra! —exclamó Sofía espantada.
—A grandes males, grandes remedios… —sentenció él con una
sonrisa.
—Te lo digo desde ya: no pienso acercarme a nadie que no me
guste, por tanto, dile a tu Muso que se quede quieto y que espere a
que estés delante del ordenador para poder darte órdenes.
—¡Ay, Sofi! Relájate y disfruta de todas las maravillas que nos
está ofreciendo este viaje. Mira, mira… —dijo, señalando con disimulo
un grupo de hombres de unos cuarenta años, muy atractivos,
que se quedaron observándola cuando pasó por su lado.
—¿Te he dicho alguna vez que eres un liante? —preguntó Sofía
con una sonrisa, un poco más relajada.
—Sí, algunas veces… Pero sabes que sin mí, tu vida sería un auténtico muermo —comentó Andreas riéndose a carcajadas. Al
darse cuenta de que Marcos lo saludaba desde el otro extremo del
restaurante, él le respondió con el mismo gesto.
Sofía se dejó arrastrar por todo el restaurante de su brazo,
mientras se daba cuenta de que su amigo tenía razón: sin él, su
vida sería un auténtico aburrimiento. Repleta de obligaciones, de
momentos solitarios y de falsedades. Andreas hacía que sacase un
lado distinto al que mostraba habitualmente, con él se relajaba y
era una mujer normal y corriente.
Pero lo que no sabía Sofía era que aquel viaje alocado que había
accedido a emprender le cambiaría por completo la vida, haciendo
que se preguntase qué estaría dispuesta a hacer en realidad para conseguir
la felicidad, aquella que pensaba que no merecía alcanzar.

Si te ha gustado este primer capítulo, no te pierdas el resto de la novela. ¡Te sorprenderá!

 

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Sorteo celebración 3 años.

3 años en medio de nada sorteo

¡¡Sorteo!!
El 19 de marzo hará tres años desde que comencé en esta aventura literaria. Tres años en los cuales me he sentido tremendamente arropada por todas vosotras, en los que he ido creciendo como escritora, intentando siempre superarme libro tras libro. Para agradecer TODO lo que me dais, con vuestros comentarios, vuestros “Me gusta”, vuestro apoyo y cariño, he organizado este #sorteo.
Los premios son 5 copias en digital de mi primera novela “En medio de nada” y una copia en digital de “Perdiendo el control”. El sorteo será internacional y se celebrará el 19 de marzo. Los requisitos son sencillos: comentar este post, compartir la imagen y pertenecer al grupo de Lectoras de Loles López (https://www.facebook.com/groups/141345392728556/)
¡Mucha suerte y a seguir cumpliendo años a vuestro lado! ❤

 

Un crucero inesperado.

Un crucero inesperado

 

            UN CRUCERO INESPERADO.

Sofía esperó a que su amigo abriera la puerta de su casa, la había llamado hacía unos minutos al móvil y le había pedido, casi entre sollozos, que fuera a hablar con él, pues la necesitaba en esos momentos…

―Gracias por venir ―dijo Andreas mientras le daba un par de besos en las mejillas y la dejaba pasar.

Sofía entró en su loft del centro de Segovia, de estilo moderno y liviano, preocupándose en el acto por el aspecto deplorable de su querido amigo.

―¿Has llorado? ―preguntó Sofía observando sus ojos rojos e hinchados, su ropa arrugada y desigual, sabiendo en el acto que aquello era una señal de las razones por la cuales la había hecho venir, a su casa, en un día laboral y a horas de trabajo.

―Ay, Sofi… ―gimió reprimiendo un sollozo mientras se sentaban los dos en el cómodo sofá negro―: ¡Se ha ido!

―¿Quién se ha ido? ―preguntó sin entender nada.

―Mi amor, mi vida, la luz de mi existencia ―contestó de manera teatral.

―¡Ay, Andreas! No exageres, que no estamos dentro de una de tus novelas… A ver, cuéntame qué ha pasado.

―Anoche, cuando fui a ver a Dimas en el pub, me contó que le habían ofrecido una fantástica oportunidad para tocar en Chicago… ―explicó casi en voz baja mientras buscaba las manos de su amiga para estrechárselas―: No me dio opción a réplica. ¡Él ya había decidido que se iría sin contar conmigo! ¡¡Sin importarle lo mucho que lo quiero!! ―exclamó compungido.

―No es por nada, pero esto ya te lo dije yo en cuanto me lo presentaste ―dijo Sofía con cariño mientras observaba que Andreas se limpiaba las lágrimas con un pañuelo de tela.

―Lo sé, pero creía que él era el definitivo, que era especial, que nos queríamos… ―farfulló con pesadez.

―¿Por qué no viniste anoche a casa para contármelo? Habrás pasado una noche horrible…

―Bueno… La verdad es que acaba de irse hace un momento… ―murmuró Andreas mientras se mordía el labio, sabiendo que aquello no le iba a gustar a su amiga. Sofía lo miró con desaprobación mientras negaba con la cabeza―: ¿Qué quieres? ¡Tenía que despedirme como toca!

―¿Qué voy a hacer contigo, Andreas? ―preguntó con un susurro.

―Quererme y decirme que encontraré el amor de mi vida ―dijo con una tímida sonrisa que contagió a su amiga.

―Ya sabes que te quiero y por eso espero que lo encuentres. Pero te enamoras muy fácilmente, Andreas. No puedes ver como un hombre toca la guitarra y enamorarte al segundo de comenzar a hablar con él.

―Dimas es un imán para mí.

―Pues tu imán se va unos cuántos miles de kilómetros de tu lado.

―Querida, eres única para animar a la gente ―chasqueó la lengua mientras la miraba de reojo.

―Andreas, ¿cuántas veces, desde que nos conocemos, hemos estado en esta tesitura?

―Mmmmm… ―titubeó―: Unas cuantas, la verdad.

―Sabes que me duele verte así, pero es que tienes que racionalizar tus emociones, no puedes enamorarte de alguien que ni siquiera conoces.

―Por lo menos yo le doy una oportunidad al amor, aunque me den mil palos… No como otras…

―Hala, ya he salido yo escaldada… ―farfulló Sofía mientras se recostaba sobre el respaldo del sofá.

―¿Cuánto hace ya desde que lo dejaste con Don Machomen?

―Un año.

―Y desde entonces no has vuelto a quedar con nadie.

―Andreas, no encuentro a nadie lo suficientemente interesante…

―¿Cómo lo vas a encontrar? Siempre estás trabajando…

―Yo he venido aquí para consolarte, no para llevarme una bronca. ―Hizo una pequeña pausa para inclinarse hacia su amigo―: ¡Vamos a comenzar con la terapia! Dime cosas que detestabas de él.

―Ay, Sofi, Dimas era perfecto, ¡perfecto!

―Anda, no seas exagerado. Tenía un cuchitril de piso, iba vestido con harapos y, te podría asegurar que su perfume corporal, no era el mejor que he olido ―comentó arrugando la nariz.

―Luego me dices que yo soy el exagerado… ―dijo con una tímida sonrisa―: No todos pueden vestir de Prada ni de Gucci, señorita MePongoSoloMarcas.

―Pero ¿y la higiene? Eso no viene de la mano con tener gusto o no para vestir.

―Buf… ¡No sé, Sofi! Necesito algo más que la lista de las cosas negativas… ―comentó bajando los hombros y la cabeza, sintiéndose derrotado por aquella ruptura.

―Nos pondremos con el plan de choque urgente. Hoy sesión doble: centro comercial y spa.

Andreas levantó la mirada y se levantó del sofá.

―En cinco minutos estoy listo ―comentó mientras se dirigía hacia su dormitorio para cambiarse de ropa.

Sofía sonrió mientras lo miraba marchar. Era su mejor amigo, mejor dicho su único amigo, el único que sabía cómo era ella en realidad, la entendía, la comprendía y, además, la quería. Ahora le tocaba a ella hacer que olvidara al músico bohemio del que se había enamorado perdidamente en cuestión de tres meses. Aunque le costase, haría que lo olvidara y que volviese a ser ese optimista y loco amigo que siempre estaba a su lado.

La terapia de choque no resultó tan efectiva como otras veces, aunque estuvieron comprando y relajándose en el mejor spa de Segovia, no consiguió que Andreas se olvidara del daño que le había hecho Dimas. Al día siguiente intentó compaginar, lo mejor posible, su trabajo con la ardua tarea de animar a su decaído amigo, llevándoselo a las mejores boutiques e incluso haciendo una visita fugaz a la milla de oro de Madrid, pero, aún, no había consuelo para él. A los dos días, Andreas la sorprendió en la puerta de su casa, venía mucho más animado que el día anterior, cuando había estado durante más de dos horas llorando y comiendo helado de chocolate, mientras hablaba de las mil y una virtudes del noviazgo que había mantenido con Dimas.

―¿No habíamos quedado esta tarde? ―preguntó Sofía abriendo la puerta de su casa y haciendo que entrase.

―No podía esperar, Sofi. ¡He encontrado la solución perfecta para superar lo mío con Dimas!

―Cuenta ―comentó esperanzada de ver un indicio de recuperación en él.

―¡Nos vamos de crucero!

―¿Cómo que nos vamos de crucero? ―preguntó extrañada.

―Sí, mira, ya tengo los billetes. ¡Salimos en unos días!

―No puedo coger ahora vacaciones, mi abuelo…

―Sofi, te necesito y, claro que puedes cogerte vacaciones ahora. Solamente díselo a tus abuelos y ya verás cómo te dan dos besitos mientras te desean que lo pases bien ―comentó con alegría.

―Pero Andreas…

―Sofi, por favor, te prometo que me lo pensaré antes de enamorarme de otro ―suplicó poniendo cara de niño bueno.

―De acuerdo… ¿Y dónde se supone que nos vamos?

―A un crucero por los Fiordos Noruegos ―contestó exultante por la emoción―. Además no es un crucero normal y corriente.

―¿Ah, no? ―preguntó aturdida por tanta información.

―No, es un crucero Single.

―¡¿Un crucero Single?! ¿Qué pinto yo en un sitio como ése? ―preguntó mostrando en su rostro la desaprobación de aquel lugar.

―A ver, señorita Gruñona, creo que usted sigue soltera. ¿No lo ves? ¡Es la oportunidad perfecta para conocer a hombres solteros!

―Yo no quiero conocer a más solteros, Andreas ―protestó de malas maneras.

―Pero es una oportunidad maravillosa para conocer al hombre de tus sueños.

―Más bien al tuyo… ―susurró de mala gana―: Voy a ir por ti, quiero que quede claro. No quiero que me líes, ni me engañes para que salga con otro hombre. ¿Acuérdate de cómo acabé con Don Machomen?

―Como el Rosario de la Aurora ―murmuró aguantándose la risa, olvidando por completo lo mal que se sentía hacía unos días―: Tranquila, seré bueno. Pero tú me tienes que prometer que disfrutarás, que intentarás divertirte y que dejarás a la gruñona que hay en ti, aquí, en tu casita.

―Lo intentaré, pero no te prometo nada. ―Sonrió.

―¡Qué ilusión! ―exclamó mientras le daba un fuerte abrazo―: Estoy deseando zarpar.

―Por lo menos esto hace que estés más alegre… ―comentó observando el cambio que había dado su amigo al organizar aquella locura de viaje.

―Sí, y ya verás que cuando volvamos, habré olvidado por completo a Dimas.

―Eso espero.

―Te dejo. Tengo muchas cosas que preparar y tú también. ¡Hablamos!

Sofía se despidió de Andreas, se apoyó en la puerta de su casa y cerró los ojos: ¡Ella no quería ir a un crucero de ese estilo!

Los días siguientes fueron un autentico caos, estuvo trabajando durante horas para dejar todo el papeleo organizado y al día; además de prepararse el equipaje, aprovechando la ocasión, para meter algunos de sus últimos modelitos, que aún no había tenido oportunidad de estrenar.

La noche previa al viaje, le costó demasiado conciliar el sueño, los nervios, el dejar su trabajo durante quince largos días, y el hecho de tener que estar rodeada de tantos solteros, con las expectativas de encontrar alguien en ese barco, hacían de aquello casi una tortura para Sofía. Mientras recordaba que todo aquello lo hacía por Andreas, se quedó durmiendo…

 

Escuchó unos pasos acercándose… El sonido metálico al impactar contra el suelo… Sus lágrimas… La sangre… Un grito… Una mano intentando cogerla, sacudiéndola, abrió los ojos y se vio envuelta de sangre.

―¡¡Aaaaaaaaaaahhh!! ―gritó Sofía mientras se sentaba en la cama, abriendo los ojos y encendiendo la luz de su mesilla, buscando la inexistente sangre que había visto en aquella pesadilla―. Es un sueño, Sofía, un sueño… ―se decía a sí misma, intentando tranquilizar su cuerpo agitado y sudoroso.

Ya no pudo conciliar el sueño y al poco, se encontraba en pie, saliendo hacia la casa de Andreas para coger juntos un taxi. El trayecto, junto a Andreas, fue bastante animado, él estaba exultante con todo lo que harían en aquel barco, a la gente que conocerían y lo bien que les iría a partir de entonces. Sofía, poco a poco, comenzó a contagiarse de la energía de su amigo, era lo bueno que tenía estar a su lado: su manera de vivir la vida, de ver siempre la parte positiva a las cosas, hacía que ella también se sintiera así. En el avión estuvieron hablando sin parar y, poco a poco, comenzó a olvidarse por completo de aquella pesadilla que le había robado el sueño, sonriendo con las ideas disparatas de su amigo.

Llegaron al puerto, donde les esperaba el impresionante y lujoso navío. Pero lo que no le gustó en absoluto a Sofía fue precisamente las personas que subían en él. ¿Es que no había un barómetro para elegir quién era apto y quién no? Estaba anonadada, había visto personas como ella, bien vestidas, con un toque de sofisticación, pero también los había que iban con ropa extravagante, con cabellos abultados y encrespados, con estilos imposibles y con gustos que dejaban mucho qué desear… Uno de ellos, la observó con descaro, repasando su cuerpo con la mirada, Sofía desvió la mirada y maldijo por dentro, intentando apartarse de ese tipo de personas lo antes posible.

Se fueron directamente a la recepción que les daba el barco, una fiesta en cubierta para romper un poco el hielo y comenzar a conocer a los demás pasajeros. Mientras Andreas fue a por un par de copas de champán, Sofía aprovechó para acercarse al borde del barco y poder contemplar la ciudad que no había podido ni siquiera visitar. De repente, algo en su interior, le dijo que aquello no había sido buena idea. Un barco lleno de solteros, solteros que dejaban el listón muy bajo, y ella allí, encerrada con ellos durante quince eternos días. ¿Por qué siempre se dejaba liar por Andreas? ¿Por qué no se había quedado en Segovia?

Pero lo que ella no sabía era que, precisamente en aquel crucero, encontraría lo que siempre había anhelado, a alguien que iba a hacer cambiar su monótona vida por completo, descubriéndole un mundo nuevo y a una nueva Sofía totalmente distinta.

 

Si te has quedado con ganas de saber qué ocurrirá en ese crucero y qué pasará con Sofía en él, el 12 de abril no te puedes perder:

           “Me lo enseñó una bruja”.

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