Primer capítulo de “Me lo enseñó una bruja”.

 

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1.

El espectacular navío Costa Favolosa se deslizaba con ligereza sobre
las aguas del mar del Norte, casi no se percibía el vaivén de las
olas al romper contra su gran casco. El barco acababa de zarpar
desde el puerto de Copenhague con destino a los fiordos noruegos
y, aunque debería estar feliz de poder encontrarse en aquel crucero,
por gentileza de su buen amigo Andreas, algo le decía a Sofía
que aquello no había sido buena idea. No era que no le gustase el
mar o viajar, su desazón venía causada por el hecho de que había
sido víctima, una vez más, de las alocadas ideas de su amigo, que la
había empujado a realizar su primer viaje Single…
Sofía no era una mujer a la que le agradase pregonar su soltería,
que ya duraba un año, ni tampoco le emocionaba asistir a fiestas
temáticas para solteros; ella prefería pensar que el amor llegaría
cuando estuviese preparada y que no hacía falta andar buscándolo.
Pero no contaba con la persuasión de Andreas, que era incapaz
de estar soltero más de un mes y que necesitaba fervientemente
conocer hombres para poder hallar, al fin, a su pareja ideal. Todo
ello iba acompañado por el hecho de que Sofía llevaba unos días
recibiendo ramos de flores sin tarjeta, algo que la hacía pensar que
alguien de su entorno quería seducirla con galantería, como a ella
—en teoría— debería gustarle, pero aún no tenía ni siquiera una
pequeña pista de quién estaba detrás de aquellos detalles anónimos.
—Sofía, esto es increíble, las maletas ya están en el camarote…
Esto sí que es un servicio completo —comenzó a decir Andreas,
mientras se acercaba a ella.
—Con lo que has pagado, hasta debería estar colocada la ropa
en el armario… —farfulló Sofía, volviéndose para observar a su
amigo, que la miraba con una ceja enarcada.
—A ver, señorita Gruñona, ¿qué fallo tiene este barco? —preguntó él con los brazos en jarras y mirándola con cara de desaprobación,
consciente del carácter crítico de su amiga.
—De momento ninguno… Pero acabamos de zarpar, es demasiado
pronto para hacer una valoración en profundidad… —musitó
ella, intentando no echarse a reír por la postura que adoptaba
Andreas al mirarla.
—Dijimos que en este viaje íbamos a disfrutar al máximo y a
conocer gente, por lo que estar aquí observando el mar y la lejanía
no cumple con lo estipulado… Anda, muévete y vamos a tomarnos
unas copas de champán bien fresquito, rodeados de personas
solteras —dijo él, mientras la arrastraba hacia uno de los salones
de cubierta, donde había preparada una fantástica recepción para
los viajeros; para que comenzasen a dejarse ver y así poder disfrutar
desde ese momento de aquel viaje temático.
Al entrar en aquel salón, Sofía se fijó en que ya se habían formado
varios grupos de hombres y mujeres, que hablaban animadamente,
levantando tanto la voz que era posible oír sus conversaciones
sin esfuerzo. Eso hizo que arrugase la nariz; no le gustaba
aquella muestra excesiva de confianza cuando acababan de conocerse
hacía apenas unos minutos. Observó la decoración exquisita
de aquella sala, que se encontraba en uno de los laterales del barco,
desprovista de paredes y sólo cubierta con un toldo confeccionado
con varias telas de diferentes tonalidades de azul que dejaban
que el sol entrase tímidamente entre ellas. En la parte derecha había
una gran barra de bar, donde varios camareros vestidos con un
uniforme blanco y azul marino servían con eficacia alcohol a los
alegres singles. Se fijó en que, a medida que los minutos avanzaban
y el consumo de las copas aumentaba, el ambiente se volvía cada
vez más desinhibido y que algunas de las personas que se encontraban
allí se fijaban en una u otra presa…
A Sofía aquello le recordaba a una selva por la que andaban los
animales en libertad, donde los machos alfa estaban dispuestos a
encontrar a un hembra con la que copular y saciar su instinto más
carnal, mientras las hembras, desesperadas por dar con un macho
con el que perpetuar la especie, buscaban uno al cual cazar para el
resto de sus vidas; se parecía más a eso que a un grupo de personas
dispuestas a divertirse, como le había jurado su amigo una y otra
vez cuando le contó a qué tipo de viaje irían. Sofía sabía lo que era
sentirse así: querer tener a alguien al lado a toda costa. Pero ya se le
había pasado esa época de obsesión por encontrar pareja, que comenzó
siendo bastante joven, influenciada por su entorno. Los
hombres que había conocido, y con los que había mantenido una
relación, no habían sido como los imaginaba y los pocos que se le
acercaban no cumplían sus requisitos mínimos. Porque a medida
que cumplía años se iba haciendo más exquisita y exigente y necesitaba
más, mucho más, de los hombres que conocía.
—Ay, Sofi… Al lado de la barra, el hombre que lleva la camisa
morada medio desabrochada. Mirada oscura, cuerpo de infarto,
preciosa sonrisa… ¡¡Me he enamorado!! —exclamó Andreas de
manera teatral, mientras lo miraba embobado.
—No está mal… Pero ¿tú crees que entiende? —preguntó Sofía,
observando a aquel hombre, que sonreía sin parar mientras
hablaba con sus amigos.
—¡Pues claro! Tengo un radar que me dice quién es gay y quién
no —respondió Andreas guiñándole un ojo y aguantándose la
risa—. Lo que ocurre es que te ha gustado para ti y me lo quieres
quitar, mala pécora… —añadió, mirándola detenidamente.
Su amiga iba como siempre impecable, con un precioso vestido
blanco de media manga recto y unos zapatos de tacón. El cabello
lo llevaba suelto, con sus ondas castañas balanceándose al compás
de la brisa marítima. Era alta, más que la media, y aun así no se
privaba de utilizar altísimos tacones para estilizar sus ya de por sí
largas piernas.
—Para nada… No es mi tipo —contestó Sofía, observando al
hombre en cuestión y dejando a Andreas con la boca abierta.
—Pero si está buenísimo —señaló él molesto, admirando la
belleza de aquel hombre que hechizaba a toda la sala.
—Bueno, a mí no me gusta, Andreas. —Sofía sonrió—. Pero
eso no quita que esté bien y vea lógico que tú te sientas atraído por
él —comentó, mientras se llevaba la copa de champán a la boca
con elegancia y finura.
—Ven conmigo, vamos a presentarnos —dijo él, cogiéndola
de la mano y llevándosela hacia donde estaban el desconocido y
sus amigos.
Sofía tuvo que coger con fuerza la copa para que no se derramara
nada por el camino ante la impulsividad de Andreas.
El grupo de hombres a los que se acercaban con determinación
los observaban con mayor curiosidad a medida que se iban aproximando
a ellos. Sofía los miró con atención; rondarían los treinta y
pocos años, se parecían bastante en la manera de vestir, con camisas
y pantalones vaqueros estrechos, peinados con tupé y con una
sonrisa blanquísima. Parecía que Andreas y ellos frecuentaran las
mismas tiendas de moda. Su amigo llevaba aquel día una camisa
de color mostaza que hacía resaltar el moreno natural de su piel.
Sofía estaba acostumbrada a su carabina. Andreas siempre la
llevaba con él por si se equivocaba y el hombre que le había gustado
no era gay; así podía decir que era ella la que estaba interesada y
salir airoso de una situación un poco vergonzosa…
En todos los años que llevaban siendo amigos, Andreas sólo se
equivocó una vez, y de esa manera tan poco convencional Sofía
conoció a su última pareja, Borja, alias Don Machoman…
Andreas se puso delante de aquel hombre que lo había hechizado
nada más atravesar el salón y se presentó con una sonrisa,
mientras Sofía observaba la conversación y los gestos del desconocido,
que se presentó como Marcos. Al poco fue arrastrada al resto
de las presentaciones y a las típicas conversaciones sobre procedencia,
edad y oficio… A los pocos minutos, al ver que su amigo
estaba absorto en una conversación bastante intima con el hombre
de la sonrisa blanquísima, se excusó con educación con los
amigos de éste y se dirigió a su camarote en busca de algo de soledad
para poder decidir qué iba a hacer en aquel barco repleto de
solteros con expectativas tan precisas y claras.
Su camarote se encontraba en la parte inferior del navío y tuvo
que bajar diez pisos en el espectacular y luminoso ascensor, para
llegar al puente donde estaba su dormitorio. Un letrero colgado
del pasillo anunciaba que aquella planta recibía el nombre de «Alhambra»; eso la hizo sonreír. Al entrar en su camarote, se dio cuenta
de que era interior y que no tenía ni una triste ventana. Para ella
el espacio era pequeño, acostumbrada como estaba a habitaciones
de hoteles de cinco estrellas, pero no estaba mal, y no podía quejarse
mucho, pues había sido un regalo de su amigo y ella sabía
que Andreas no podía permitirse escoger un camarote de mayor
categoría.
En medio del habitáculo había una gran cama de matrimonio,
con una colcha de color blanco y rojo, y varios cojines, también
rojos, dispuestos con elegancia. Tenía al lado una mesilla encastrada
en la pared y justo enfrente un pequeño escritorio de madera
con una silla del mismo tono rojo que la colcha. De la pared
colgaban varios cuadros que retrataban el mar con pinceladas precisas
y en diferentes tonalidades de azules, y en una de las paredes
había un televisor de plasma que se podía ver desde la cama con
total comodidad. En el lateral derecho una puerta daba a un pequeño
cuarto de baño completo y justo al lado de ésta se encontraba
el armario.
Sofía cogió la maleta de los pies de la cama, la puso encima y
comenzó a organizar su ropa lo mejor que pudo. Cuando acabó,
vio que en el escritorio había unos folletos donde se explicaba
todo lo que se podía hacer a bordo, además de un pequeño plano
del barco con los nombres de las diferentes cubiertas; todos ellos
eran de lugares de interés arquitectónico y cultural, como por
ejemplo: Versalles, El Escorial, Tivoli, museo del Hermitage… y así
hasta completar los catorce niveles con los que contaba aquel espectacular
barco. Observó que había varios gimnasios, además de
piscinas y spas, y decidió visitar alguno. Todavía quedaban unas
horas para que sirvieran la comida y así podría aprovechar el tiempo
haciendo deporte.
Se puso un conjunto Adidas de color negro y rosa, se cepilló el
pelo y se lo ató en una perfecta coleta, se calzó sus zapatillas a juego
con la ropa y salió del camarote dispuesta a borrar aquella sensación
de que no pintaba nada allí. Recorrió el pasillo de moqueta
azul y se dirigió hacia el ascensor. Subió hasta la planta donde se
encontraba la zona de los gimnasios, que recibía el nombre de
«Luxembourg», y se encaminó hacia la puerta donde, en un cartel
escrito en varios idiomas, se leía la palabra «Gimnasio». Entró y se
dio cuenta de que era la única que había despreciado una copa en
compañía de otros solteros para irse a sudar. Estaba acostumbrada
a ser el bicho raro del lugar, la mujer a la que le costaba abrirse
a los demás, la que prefería la soledad que intentar mantener una
conversación vacía con un desconocido; así era Sofía para el resto
del mundo, alguien que no se mezclaba con la gente, a quien le
costaba relajarse en presencia de extraños…
Dejó la toalla que se había llevado en la máquina de al lado y se
puso en la cinta de andar a máxima velocidad, para empezar a despejar
su mente e intentar centrarse en lo que verdaderamente importaba
de aquel viaje: su amigo. Mientras observaba las grandes
cristaleras que tenía delante y que ofrecían una preciosa panorámica
del mar meciéndose por el movimiento de la embarcación,
se obligó a cambiar su actitud arisca y a divertirse con aquella locura
de viaje, pues Andreas se merecía verla bien y no enfurruñada
con la vida y, sobre todo, con los hombres.
En aquel momento, su amigo la necesitaba para superar la ruptura
con su último novio, un músico bohemio al que conoció en
un pub bastante hippie que Andreas frecuentaba con asiduidad.
Según éste, fue amor a primera vista, comenzaron a hablar y al
poco ya estaban retozando en el apartamento del músico. Estuvo
tres meses en una algodonosa nube de felicidad y amor, bebiendo
los vientos por aquel hombre esperpéntico que a Sofía no le hacía
nada de gracia, pues parecía que estaba más pendiente de la música
que de su amigo. Y el tiempo le dio a ella la razón, pues el músico
se fue en busca de más fama y dejó a Andreas con el corazón
roto y llorando por las esquinas. Pero a los dos días de aquella separación,
apareció con dos pasajes para el crucero y con las altas
expectativas de poder olvidar el dolor que le había causado aquel
hombre, en aquel viaje repleto de personas como ellos, solteros y
buscando algo parecido al amor…
Sofía estuvo corriendo sobre aquella cinta una hora y cuando
acabó, exhausta y sudorosa, cogió la toalla para secarse y abandonó
el solitario gimnasio. Tenía que ducharse y cambiarse para la
comida. La parte buena de aquel viaje era que podía utilizar todos
los modelitos de última moda que se había comprado aquel año y
que no le había dado tiempo a ponerse. Después de una refrescante
ducha, escogió un precioso vestido del diseñador Giorgio Armani
en color rosa palo, de corte recto y largo hasta la rodilla, que
acompañó con unos preciosos Manolos fucsia de plataforma; se
maquilló con suavidad, destacando sus labios con un color similar
al de sus fantásticos zapatos, se dejó el pelo suelto y un poco húmedo
para que no se le encrespara y salió en busca de su amigo,
que no había dado señales de vida hasta entonces.
Mientras caminaba por cubierta lo llamó por teléfono. La sala
donde se había celebrado el cóctel de bienvenida estaba vacía y
sólo pudo ver a unos empleados del barco que limpiaban aquel espacio
común. A la tercera llamada contestó un alegre Andreas,
que le dijo que se hallaba en el restaurante del puente Villa Borghese.
Sofía, con un resoplido para calmar sus nervios y reprimir su
poco aguante ante aquellas situaciones en las que no sabía qué hacer
ni adónde ir, se encaminó hacia donde estaba el loco de su
amigo.
—¡Pareces una diosa! —exclamó él con entusiasmo al verla,
mientras se acercaba a besarla en las mejillas.
—Y tú llevas la misma ropa… —observó Sofía, haciendo un
mohín.
—Me he venido directamente de la fiesta. ¿Dónde estabas? Te
he buscado… —explicó con los ojos brillantes, delatando que había
bebido más de la cuenta.
—Dudo siquiera que te hayas dado cuenta de mi ausencia. Te
he visto embelesado con el de la sonrisa Prof ident.
—Uf, Marcos… —murmuró Andreas, cogiéndola del brazo
para acercarse más a ella y llevarla al interior del restaurante—.
Sofi, es impresionante.
—Me puedo hacer una idea… —susurró, aguantándose la risa
al ver lo rápido que su amigo se desenamoraba y se volvía a enamorar.
—Y en la cama es… —insinuó, mordiéndose el labio.
—¡¿Ya?! De verdad, tienes un problema con el sexo —sentenció
Sofía.
—¿Problema? —replicó Andreas—. Sólo disfruto, Sofi; algo
que deberías hacer tú también… Dime, ¿cuánto tiempo llevas sin
acostarte con alguien? ¿Un año? Eso lo veo un desperdicio de
tiempo.
—Yo no puedo acostarme con el primero que me haga ojitos,
Andreas… —contestó ella con solemnidad, mientras levantaba la
barbilla haciendo que se le meciese el cabello.
—Sofía, eres demasiado exigente; debes relajarte y dejarte llevar
—comentó él preocupado, mirándola fijamente.
—No creo que sea demasiado exigente, sólo pido que cumplan
unos requisitos mínimos para poder pensar en tener algo con esa
persona.
—A ver, enumérame esos requisitos… —pidió Andreas, negando
con la cabeza y pensando que su amiga no iba a cambiar
nunca, ya que aquel tema lo habían tratado con anterioridad y
nunca llegaban a un acuerdo.
—Entiéndeme, no le pido que haya visitado la luna ni nada de
eso, pero sí debe ser atractivo, culto, vestir con buena ropa y tener
buenos modales para poder llevarlo a los eventos que frecuento habitualmente.
Debe congeniar conmigo, ser lo más similar a mí en
gustos, aficiones y clase social… Creo que no pido mucho —concluyó
con serenidad.
—¡Madre mía! Sólo te falta pedirle la cuenta del banco y una
analítica de sangre —comentó su amigo con estupor—. ¿Dónde
dejas el amor, el romanticismo, el flechazo y las mariposas en el
estómago?
—A mis veintinueve años ya no busco nada de eso; ahora necesito
a un compañero de viaje, no a alguien que me trastoque la
vida —respondió ella con aplomo.
—¡Quién te ha visto y quién te ve! —exclamó Andreas de manera
teatral, llevándose la mano a la boca, horrorizado por lo que
acababa de oír—. Tú fuiste la culpable de que yo creyese en el
amor perfecto, aquel del que se hablaba en las novelas que tú leías
en la universidad. ¡Fuiste la culpable de que me hiciese escritor de
novelas románticas! ¿Y ahora me dices que no crees en el amor?
Lo siento, pero no me lo creo. Lo que ocurre es que Don Machoman
te dejó demasiado tocada y desde entonces no has vuelto a
querer nada con nadie. Debes cambiar el chip ya y arriesgarte de
nuevo.
—Estoy cansada de que siempre acabe igual —refunfuñó ella,
observando el interior del restaurante, la elegancia en la combinación
de colores, el cuidado de los materiales y la armonía de los
mismos.
—¿No te das cuenta?
—¿De qué? A ver, ¡ilumíname! —soltó Sofía, mirándolo a los
ojos.
—De que siempre acaba igual porque siempre te fijas en el
mismo tipo de hombre: vanidoso, egocéntrico y egoísta.
—Vamos, que soy una especie de imán para lo mejorcito del
país… —bufó ella.
—Más o menos. Para poder cambiar el final, debes comenzar a
hacer las cosas de diferente manera…
—¿Y eso cómo se hace?
—¡Ay, amiga mía! Hoy es tu día de suerte, porque la inspiración
está de mi lado. Primero de todo, vamos a sentarnos a la mesa
de Marcos. Tranquila, he investigado y tiene amigos heterosexuales
a los que seguro que fascinarás; después haremos una lista de
los hombres potenciales de este barco con los que te gustaría tener
algo y los desecharemos por completo. Luego nos fijaremos en los
hombres a los que nunca se te ocurriría mirar.
—¡Estás como una cabra! —exclamó Sofía espantada.
—A grandes males, grandes remedios… —sentenció él con una
sonrisa.
—Te lo digo desde ya: no pienso acercarme a nadie que no me
guste, por tanto, dile a tu Muso que se quede quieto y que espere a
que estés delante del ordenador para poder darte órdenes.
—¡Ay, Sofi! Relájate y disfruta de todas las maravillas que nos
está ofreciendo este viaje. Mira, mira… —dijo, señalando con disimulo
un grupo de hombres de unos cuarenta años, muy atractivos,
que se quedaron observándola cuando pasó por su lado.
—¿Te he dicho alguna vez que eres un liante? —preguntó Sofía
con una sonrisa, un poco más relajada.
—Sí, algunas veces… Pero sabes que sin mí, tu vida sería un auténtico muermo —comentó Andreas riéndose a carcajadas. Al
darse cuenta de que Marcos lo saludaba desde el otro extremo del
restaurante, él le respondió con el mismo gesto.
Sofía se dejó arrastrar por todo el restaurante de su brazo,
mientras se daba cuenta de que su amigo tenía razón: sin él, su
vida sería un auténtico aburrimiento. Repleta de obligaciones, de
momentos solitarios y de falsedades. Andreas hacía que sacase un
lado distinto al que mostraba habitualmente, con él se relajaba y
era una mujer normal y corriente.
Pero lo que no sabía Sofía era que aquel viaje alocado que había
accedido a emprender le cambiaría por completo la vida, haciendo
que se preguntase qué estaría dispuesta a hacer en realidad para conseguir
la felicidad, aquella que pensaba que no merecía alcanzar.

Si te ha gustado este primer capítulo, no te pierdas el resto de la novela. ¡Te sorprenderá!

 

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