Primer capítulo “Destruyendo mis sombras”.

Destruyendo mis sombras

                                                                      1
Las olas del mar Cantábrico rompían con fuerza a escasos metros. Estaba de pie, descalza sobre la mullida y fresca hierba, y detrás de ella se encontraba la magnífica escultura Elogio del horizonte. Ése era su lugar preferido, al que siempre iba cuando se sentía perdida o necesitaba pensar. Le encantaba notar el viento fresco y húmedo, observar la fuerza de ese mar bravío.
Se acurrucó bajo su estola de piel blanca. Estaban a primeros de mayo y el frío se negaba a marcharse, pero sentirse helada no le importaba. El sol empezaba a esconderse y el cielo se tornaba anaranjado; el viento parecía querer jugar con la falda de su precioso vestido blanco, que no paraba de moverse de un lado a otro. Carla cerró los ojos, deseando con todas sus fuerzas que lo que acababa de pasar fuera un mal sueño, una horrible pesadilla de la cual ella acababa de ser la protagonista. Al abrirlos, se encontró con la puesta de sol más espectacular del mundo, sus ojos se empañaron de lágrimas y lloró sin reprimir el dolor que sentía en el pecho, intentando sacar toda la frustración que sentía. Se dejó caer abatida sobre la verde hierba, sin importarle que su delicado y caro vestido se manchara. ¿Qué más daba ya?
Aquel día había empezado siendo el mejor de su vida. Sin duda alguna, era el acontecimiento que toda mujer espera después de cierto tiempo conviviendo con su pareja. Estaba nerviosa, quería que saliera todo a la perfección, estaban terminando de hacerle las fotos, posaba con una grandiosa sonrisa en los labios. Era feliz, iba a casarse con su primer amor. Sus padres estaban guapísimos, su hermano pequeño y la novia de éste posaban espectaculares. Todo estaba saliendo como ella siempre había soñado. La recogieron en un magnífico coche de época de color marfil adornado con flores rosas, en cuyo interior se sentía una princesa de cuento. Su padre la ayudó a salir y, con paso seguro, caminó hacia el altar de la iglesia. Todos los allí reunidos se volvieron al verla mientras comentaban lo preciosa que estaba con aquel vestido de novia entallado hasta la cintura, con un original cinturón de encaje gris y pedrería y una vaporosa falda capeada cayéndole con gracia. El cabello lo llevaba medio recogido a un lado, con unas grandes ondas que enmarcaban su rostro y adornado con una delicada flor blanca.

Carla miró extrañada hacia delante: Enrique no había llegado aún; en el altar sólo estaba el padre de éste y el íntimo amigo del novio. Aun así, rompiendo la tradición según la cual la novia debía llegar en último lugar, se quedó esperando delante del cura, que la miraba con cara de circunstancias. En su interior, los nervios se debatían con el miedo de que la dejasen plantada delante del altar. No obstante, eso era imposible que pasara: Enrique la adoraba y, desde hacía muchísimos años, eran inseparables.
De repente, la puerta de la iglesia se abrió con fuerza y, entrando a la carrera por el pasillo central, apareció el hermano de Enrique, con la cara desencajada y la camisa blanca salpicada de sangre. Con el corazón en un puño, Carla se le acercó y, sin mediar palabra, salió corriendo a la calle, seguida por él y por su padre. Lo que encontró sólo a una manzana de allí la dejó helada y rota por dentro. Un camión había colisionado con el coche en el que iba Enrique, un amigo suyo y su hermano, dejando el utilitario irreconocible. Acababa de ocurrir hacía poco, pues en el lugar sólo se hallaban las personas que habían presenciado el accidente y ellos. A lo lejos se oían las sirenas de la policía, la ambulancia y los bomberos, que se dirigían hacia allí.
Carla miró a Álvaro, el hermano de Enrique, que estaba muy nervioso. Le explicó que él había podido salir del vehículo porque su puerta había quedado intacta, que había intentado hablar con su hermano y con el amigo de éste, pero que ninguno de los dos se hallaba consciente… Carla se temió lo peor, aunque no podían hacer nada más que esperar a que llegaran los servicios de emergencias. Al minuto irrumpieron delante de ellos y echaron a todas las personas hacia atrás para poder trabajar. La gente estaba conmocionada por lo que acababa de suceder en pleno centro de la ciudad y se arremolinaba cerca del aparatoso accidente mientras la policía intentaba despejar la zona para que no interfiriera en las labores de los bomberos.
Carla no sabía cómo reaccionar. Sin ver el cuerpo de Enrique, sabía que le había pasado algo, y sólo podía rogar, suplicar, que su amado se encontrara vivo y que aquel mal presentimiento no se hiciese realidad. Con su vestido blanco, ella y el resto de los invitados elegantemente vestidos protagonizaban un espectáculo dantesco delante del accidente, con las manos unidas, esperando que alguien les dijera algo, que alguien sacara del coche a las dos personas que iban de camino a la iglesia.
Carla sintió el apoyo de su hermano y de su amiga Sira. Ambos la cogieron de la mano mientras observaban cómo sacaban a su futuro marido del asiento del acompañante. Uno de los bomberos hizo una señal a un médico, éste se dirigió corriendo hacia el amasijo de hierro en que se había convertido el automóvil; comenzó a comprobarle el pulso, a mirarle las constantes y negó con la cabeza. Ese simple gesto hundió a Carla en las profundas aguas de la desesperación, empezó a gritar entre lágrimas, maldiciendo por lo que acababa de ocurrir el mismo día en que iban a casarse, derramando el dolor de ver que el amor de su vida había muerto a escasos metros de donde ella lo esperaba. Notó cómo la abrazaban, intentando calmar el ansia de acercarse al cuerpo inmóvil de Enrique, que ya comenzaban a colocar en una camilla y a cubrir con una tela.
Para Carla, todo lo que sucedió después quedó vagamente registrado en su memoria. Los padres de Enrique lloraban con desesperación y trataban de acercarse a su hijo. Los médicos atendían a varios familiares con ataques de ansiedad, mientras ella recordaba la presión en sus manos de Sira y de su hermano, intentando reconfortarla ante aquella escena tan cruel, donde su prometido, el amor de su vida, había perdido la vida sólo unos minutos antes de convertirse en su marido.
Se estremeció al revivirlo y se acurrucó más en su estola. Cubrió sus pies descalzos con la cola de su vestido. Comenzaba a anochecer y debía pensar en irse, pero no podía volver al piso que compartía con su amado, era demasiado duro para ella. Habían estado viviendo juntos, en el piso de éste, durante siete años, y en ese momento, aquel hogar que habían estado creando se había convertido en el último sitio donde ella quería estar. Apoyó el mentón sobre su rodilla y escuchó el sonido del mar, dejándose envolver por aquella calma que la rodeaba, aunque su interior estuviese a punto de estallar en mil pedazos.
Sabía que aún le quedaba un largo camino antes de despedirse para siempre del amor de su vida. Carla se había marchado cuando el juez hizo el levantamiento de los cadáveres y los trasladaron al instituto anatómico forense. Debían hacerles las autopsias pertinentes para descartar cualquier negligencia por parte de los jóvenes. Se había marchado casi sin que nadie se diera cuenta, aprovechando el ataque de ansiedad de la madre de Enrique, que centraba todas las miradas y atenciones. Necesitaba estar sola para poder llorar su angustia, para poder asimilar lo que acababa de ocurrir en el que debería haber sido el día más feliz de su vida. Al día siguiente tendría que ir al tanatorio, volver a verlo, inmóvil, y hacerse a la idea de que jamás regresaría con ella, de que nunca más oiría sus carcajadas cuando bromeaban, de que no podría volver a sentir sus brazos rodeando su cuerpo… La congoja se acumulaba en su garganta, intentando salir.

Carla se levantó del frío y húmedo suelo y se acercó al acantilado. Las olas salpicaban su rostro, fundiéndose con las lágrimas derramadas; el vestido danzaba con violencia de un lado para el otro a causa del fuerte viento. Cerró los ojos y sintió el helor sobre su piel y su alma.
―¿Por qué? ―gritó con furia y desesperación al viento, abriendo los ojos de golpe―. ¿Por qué te lo has llevado? Era un buen hombre, el mejor que podrá existir. ―Señaló con furia al cielo―. ¿Cómo quieres que ahora rehaga mi vida sin él? ¡¡Él lo era todo para mí!! ―dijo llorando sin mesura, dejando libre aquel dolor que le atenazaba el pecho, sintiéndose vulnerable y sola por primera vez en su vida.
Se quedó observando aquel cielo bañado de estrellas, la luna llena la iluminaba. Las olas rompían con fuerza a escasos metros, creando una melodía única. Cerró los ojos de nuevo. Sería tan fácil dejarse caer, abandonar con él este mundo cruel y dejar de sufrir. Sólo debía dar un paso, sólo un paso y volvería a verlo… ¡No, no podía! Enrique nunca se lo perdonaría. Él no habría querido eso para ella. Enrique la amaba más que a su propia vida y habría querido que siguiera adelante, aunque doliese, pero siempre hacia delante.
―¡Carla, al fin te encuentro! ―exclamó Sira acercándose a ella.
Miró a su amiga. Todavía llevaba puesto el elegante vestido rojo que se había comprado para la boda; el pequeño recogido se le había soltado y varios cabellos de color caoba se balanceaban por culpa del viento; en su rostro se reflejaba la angustia por no encontrarla. Carla sonrió con tristeza al verla.
―Llevamos cuatro horas buscándote, estábamos preocupados por ti… ¿Cómo estás, cariño? ―preguntó cogiéndola con suavidad del brazo y apartándola del acantilado―. Estás helada. Vámonos a casa, vas a coger una pulmonía…
―Uf…, a casa… ―bufó Carla levantando los ojos al cielo cubierto de estrellas.
―Cariño, tú te vienes a vivir conmigo. ¿Qué creías? ¿Que te iba a dejar sola? ―Sonrió abrazándola y alejándola del borde.
―¿Me lo dices de verdad? Te estorbaré… Tú estás acostumbrada a estar sola, y yo… ―titubeó con tristeza. No quería ser una molestia para su mejor amiga, pero tampoco quería encontrarse sola.
―Estaré encantada de que vivas conmigo, así me haces compañía ―comentó Sira mientras le guiñaba un ojo y la conducía en dirección a su coche.
No supo lo helada que estaba hasta que se metió debajo de la ducha. El contacto con el agua caliente hizo que la piel le pinchara como si de miles de agujas se tratara. Salió rodeada de una manta de vapor, se secó con rapidez el cuerpo y se puso un pijama de algodón que le había dejado su amiga. Se miró en el espejo, su rostro reflejaba el cansancio y el dolor sufrido horas antes. Sus ojos grandes y oscuros estaban bordeados por una sombra rosada, la nariz chata tenía la punta roja y sus mejillas se veían sonrosadas. Comenzó a secarse a conciencia su larga melena morena, intentando mantener a raya las emociones y las lágrimas. Observó el vestido de novia que acababa de quitarse: tenía manchas de hierba y de tierra. Lo cogió y lo sacó del cuarto de baño. No sabía qué hacer con él o, mejor dicho, no sabía si guardarlo le haría bien… Lo dejó sobre una silla cuando entró en el salón, donde estaba su amiga, esperándola impaciente.
―Te he preparado un poco de sopa caliente ―informó Sira en cuanto la vio. Se fijó en el vestido que Carla había dejado sobre la silla y supo que aquello debería solucionarlo ella, pues su amiga no estaba en condiciones de desprenderse de él.
El apartamento de Sira era pequeño. El salón compartía espacio con la cocina; el estilo era moderno, con colores neutros que hacían que la estancia pareciera más espaciosa de lo que era en realidad. Un sofá granate de cuatro plazas separaba los dos ambientes de la habitación. Al lado se encontraba el único cuarto de baño, moderno y funcional. Al final de un corto pasillo estaban las dos habitaciones: la principal, más grande y con vistas al centro de la ciudad, y la de invitados, bastante más pequeña pero con lo necesario para una persona.
―¡Qué bien! ―exclamó Carla con una tímida sonrisa. Necesitaba con urgencia sentir el calor en el cuerpo, aún notaba los músculos entumecidos.
―Tómatelo todo ―susurró Sira poniéndole el cuenco con la deliciosa sopa encima de la mesa, justo detrás del sofá.
Carla se sentó a la mesa y se la tomó casi de un sorbo. Aunque le quemaba la lengua, era un placer notar cómo la calentaba por dentro.
―Suéltalo de una vez ―bufó al cabo de un rato, notando que Sira no paraba de mirarla fijamente y temiéndose una charla trascendental por parte de su amiga.
―¿Qué hacías tan cerca del acantilado? ―preguntó ésta preocupada.
―No me iba a tirar, Sira ―susurró Carla.
―Me quitas un peso de encima. Por un momento creí que ibas a hacer alguna tontería… ―señaló Sira.
―Si te soy sincera, se me pasó por la cabeza, pero sé que Enrique no habría querido ese final para mí ―musitó ella con emoción en la voz al nombrarlo.
―Sé que lo que te ha pasado es duro. Vamos, entre tú y yo, es una puta mierda… Pero aunque él se haya ido, tú no puedes rendirte… ―dijo su amiga mientras le apretaba el brazo con cariño, intentando darle las fuerzas necesarias para afrontar la situación.
―Lo sé, Sira… ―susurró ella con pesar.
―Hay mucha gente a tu alrededor que te quiere. Sé que tú no pretendes que ellos sufran por ti, pero… ―comentó Sira despacio para que su amiga entendiese que siempre había una solución.
―No te angusties. No se me va a pasar otra vez por la cabeza terminar con mi vida…
―Carla, tú puedes sobrellevar esto. Eres una mujer fuerte y, además, no estás sola: está tu familia, y yo…
―Uf… La fortaleza se me ha ido en ese accidente junto a Enrique ―suspiró ella dolida, intentando reprimir las lágrimas que amenazaban con desbordarse de nuevo.
―¿Qué vas a hacer a partir de ahora? ―indagó Sira cogiéndole la mano con cariño.
―Tratar de seguir adelante sin él y olvidarme para siempre del amor ―murmuró Carla con convicción.

 

Si queréis saber qué le ocurrirá a Carla y qué le pasará cuando Kenneth Pyrus entre en escena… ¡No os perdáis “Destruyendo mis sombras”! Lanzamiento a nivel mundial en todas las plataformas digitales el 2 de agosto de 2016.

 

 

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