Primer capítulo “Sería más fácil odiarnos”.

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Costa gallega, época actual
Las gotas de lluvia golpeaban el vehículo de manera violenta y acompasada,
creando tal jaleo que Tobías no era siquiera capaz de oír sus propios pensamientos. Sin
embargo, en parte lo agradecía, pues desde hacía un tiempo éstos eran funestos… Miró
la puerta de acceso a la ajada casa. Debía de haber poco más de un par de pasos hasta allí, no obstante, sabía que llegaría calado de arriba abajo. Alzó los ojos al cielo encapotado como si estuviera buscando la señal necesaria para salir del coche antes de que descargara todavía con más fuerza, algo que creía difícil pero no imposible, llegado el caso.
Armándose de valor, se puso la capucha de su cálida chaqueta y se apeó del vehículo
sintiendo cómo comenzaba a mojarse. Corrió hasta la parte trasera para sacar del maletero su equipaje y se encaminó con premura hasta la entrada, notando cómo sus botas se empapaban a cada paso y sintiendo cómo el frío se le instalaba en los pies y le recorría cada terminación nerviosa, helándolo por completo. Estaba a punto de abrir la puerta cuando unas voces, lo suficientemente altas como para atravesar la lluvia, lo hicieron volverse, alertándolo de que algo ocurría a pocos pasos de allí. Justo al otro lado de la calle, en la casa que se encontraba enfrente, pudo ver a una mujer gritar encolerizada a un hombre que se subía a su coche. La chica —mucho más joven que él, dedujo desde la distancia— iba vestida con una camiseta blanca y unas bragas del mismo color. Nada más. Frunció el ceño al ver cómo ésta salía detrás del coche gritando improperios mientras agitaba con nerviosismo las manos, haciendo que las gotas de lluvia saliesen disparadas en todas las direcciones. Estaba empapada, ni siquiera se podía adivinar de qué color tenía el cabello, podría ser rubia o morena, daba igual, ya que éste se encontraba pegado a su espalda y a su rostro crispado. En ese instante sus miradas se cruzaron en medio de la tormenta, casi como un relámpago de esos que surcaban con valentía las nube ennegrecidas, iluminando a su paso. La de la mujer era dura y fría como el hielo; la de él estaba repleta de curiosidad por saber qué habría pasado para que ella hubiese salido así a la calle, semidesnuda en una gélida tarde de tormenta. Ella lo miró con desagrado y, como si no estuviera empapada y no tuviera los pies descalzos, sintiendo cómo éstos se hundían en los charcos, dio media vuelta con la dignidad de una princesa sin ni siquiera pronunciar una palabra. Desde su posición, un portazo fuerte y seco hizo que él se apresurara a abrir al fin aquella casa para ponerse a cubierto.
Ahogó una maldición al ver el estado del interior. Pero ¿qué esperaba?, ¿que se
cuidara sola durante todo el tiempo que nadie la habitaba? Dejó la maleta justo en la
entrada y comenzó a abrir las contraventanas más para no sentirse encarcelado que para que entrara algo de luz. Se volvió para contemplar el pésimo estado de aquel lugar y observar con estupor la gran cantidad de polvo que había por doquier, por no hablar de los insectos que campaban a sus anchas y del olor a humedad, a moho, que le dificultaba la sencilla tarea de respirar profundamente.
—Lo primero es lo primero —se dijo dándose ánimos mientras se acercaba a la
chimenea que presidía aquella amplia estancia que hacía las veces de salón, de comedor
e incluso de cocina, en un estilo abierto muy de moda para los años que tenía la casa.
Después de varios intentos logró encender un fuego para después desprenderse de
la chaqueta y así ponerla sobre una silla para que se secase, mientras él se calentaba las
manos sintiendo placer al notar cómo comenzaba a entrar en calor. Se volvió de nuevo y
empezó a anotar mentalmente todo lo que tendría que hacer para volver a hacer habitable aquel lugar. La lista iba creciendo a medida que deslizaba la mirada, creando todavía mayor desazón en él y un aire de arrepentimiento por haber vuelto allí. Pero ¿adónde iba a ir, si no?
Unos fuertes golpes en la puerta lo sacaron de sus cavilaciones después de haber
repasado toda la vasta propiedad, retirando, a medida que pasaba, las sábanas que habían protegido los clásicos y rústicos muebles del polvo. Se acercó a la entrada contrariado, no esperaba visita; es más, nadie sabía que había vuelto. Abrió la puerta de golpe y se echó hacia atrás al ver a aquel hombre uniformado mostrándole la placa de policía local y agarrando la pistola que tenía en el cinto, por si tenía que utilizarla.
—Está usted invadiendo una propiedad privada —señaló con dureza el agente
dando un paso hacia él.
—Para ser fiel a la verdad, sería al revés —añadió escudriñándolo con los ojos. Le
sonaba su cara, aunque en aquellos momentos dudaba de si lo conocía realmente o tan
sólo es que le recordaba a alguien.
Comenzó a observarlo con detenimiento. Era alto, aunque no tanto como él,
corpulento, pero no musculado, moreno, con entradas prominentes en la frente y varias
hebras canosas que cruzaban con libertad su cabeza, tenía los ojos marrones oscuros y su mirada era fiera y decidida.
—¡Identifíquese! —soltó todavía más cabreado, aferrando con fuerza la pistola, a
punto de sacarla de la funda para que él le diese la información que requería.
—No sabía que ahora tratabais así a los vecinos —comentó con una sonrisa
sardónica al haber reconocido al fin esas facciones endurecidas por el paso del tiempo.
—¿Tobías? —susurró el policía mientras lo observaba atentamente, intentando
encontrar algún parecido con aquel muchacho que se había marchado de allí hacía tanto
tiempo. Su aspecto difería bastante, ahora se encontraba delante de un hombre con el
gesto serio y frío. Podría decir, sin riesgo a equivocarse, que parecía intimidante, como si
el transcurso del tiempo hubiese hecho mella en su carácter divertido y afable.
—Hola, José. Por lo que veo, conseguiste ser policía —dijo al ver cómo éste se
relajaba y le mostraba una sonrisa amistosa.
—¡No te había reconocido! Pero ¿qué haces aquí? —preguntó mientras se
abrazaban cordialmente.
—Necesitaba cambiar de aires —respondió Tobías mientras observaba a su viejo
amigo—. No sabía que dentro de tus quehaceres policiales entrara la patrulla vecinal…
—¡Y no entra! Aunque, ya sabes, hay que proteger siempre a los vecinos —anunció
con orgullo—. He venido porque Rocío nos ha avisado de que alguien había entrado en
tu casa. Supongo que tampoco te habrá reconocido. ¿Cuántos años hace? ¿Diez? ¿Veinte?
—Quince… —respondió en voz baja observando la casa que se encontraba al otro
lado de la calle. Recordó entonces a la única persona que había visto al pisar su antiguo
pueblo y supuso que era la dueña de aquel nombre—. ¿Quién es Rocío?
—¿No te acuerdas de ella? Es la hija de Toñi, esa mujer tan rara que se viste como
si estuviéramos aún en los años setenta, la dueña de la ferretería… —dijo José,
volviéndose hacia la casa como si ella estuviera presente—. ¡Pippi Calzaslargas! —
exclamó en un vano intento de que Tobías recordara de quién estaba hablando.
—Creo que sé quién dices… —comentó intentando hacer memoria—, aunque a la
que sí que recuerdo es a su madre.
—¡Para no recordarla! —exclamó con guasa, haciendo que Tobías enarcara una
ceja extrañado, ya que no entendía por qué le había dicho eso—. Pues si te acuerdas de
ella tienes que acordarte de Rocío. Es pelirroja, bastante más joven que nosotros, y
siempre estaba haciendo trastadas por el pueblo.
—Sí, ahora la recuerdo… —susurró viniéndole a la mente una imagen de una
adolescente flacucha cubierta de barro, con el cabello alborotado de un color anaranjado, mientras asustaba a la chica con la que él salía en aquel momento.
—Pues ahora es tu vecina —añadió José con soltura—. Compró esa casa hace seis
años.
—Su madre vivía cerca de aquí, ¿verdad?
—Claro, cinco casas más abajo. Por eso te decía que tenías que acordarte de Pippi,
aunque la verdad es que ahora no tiene nada que ver con cómo era antes… ¿Has llegado
a verla?
—De lejos.
—Me da a mí que ahora tendrás más ocasiones de hacerlo de más cerca —añadió
mientras le guiñaba el ojo. En ese momento su walkie-talkie comenzó a solicitar su
presencia en el ayuntamiento—. Me alegro de que hayas vuelto, aunque te perdieras el
velatorio… Supongo que, al final, los vecinos tenían razón y era cuestión de tiempo que
te enteraras y decidieras volver.
—¿Qué velatorio? —preguntó extrañado.
—¿No has vuelto a por la herencia?
—No sé de qué estás hablando, José. ¿Qué herencia?
—Tu padre murió hace siete meses y te dejó todo su legado… —dijo el policía,
observando cómo aquella noticia sorprendía a su viejo amigo.
—¿Mi padre ha muerto? —susurró él atónito.
—Lo siento, creía que lo sabías… —murmuró con pesar al percatarse de que Tobías
no tenía ni idea de aquel triste desenlace—. Perdóname, pero tengo que marcharme.
Hablamos en otro momento. Siento que te hayas enterado de esta manera. Pensé que
habías vuelto por ese motivo…
—Claro, vete, no te preocupes… —comentó mientras observaba cómo éste daba
media vuelta para alejarse de la casa y él cerraba casi a cámara lenta.
Se apoyó en la puerta, observando aquella casa vacía y sintiéndose como ella, solo,
vacío e inútil. Su padre había muerto y ni siquiera se había enterado. Ya no podría volver
a verlo jamás, no podría intentar arreglar su relación con él ni intentar hacer las paces,
pues Tobías había desaparecido con tanto ahínco que nadie había podido avisarlo del
fatídico final. Tragó saliva con dificultad, se encontraba con las emociones alteradas, sin
saber muy bien qué hacer o qué pensar a partir de ese descubrimiento. Era cierto que no
había vuelto por él, pero, aun así, saber que ya no tendría ninguna oportunidad de volver a verlo lo sacudió con tanta fuerza que incluso sintió cómo las pocas fuerzas que le quedaban escapaban de su cuerpo. No podía volver a huir de allí, no tenía adónde ir, y
notó cómo un sentimiento de culpa le martilleaba las sienes reclamando atención.
Sin ganas de nada, prosiguió adecentando aquel lugar sin permitirse pensar en el
futuro próximo, algo que le fue imposible de controlar. Tenía una casa que era suya
gracias a su madre, unos pocos euros en los bolsillos, lo justo para poder sobrevivir unos
días, pero parecía que ahora se sumaba a todo ello el patrimonio de su difunto padre.
Recordó la empresa textil que poseía, la casa en la que había crecido y un terreno a las
afueras, y suspiró con melancolía al darse cuenta de que su padre se lo había cedido todo
olvidando sus rencillas…
—Parece que tenías la esperanza de que algún día iba a regresar… —dijo en voz
alta, como si él lo estuviera escuchando—. Pero lo que no imaginabas era que volvería
porque estoy escondiéndome de algo que sé que te avergonzaría, algo que me acecha y
no puedo controlar, algo que me ha hecho reaparecer en este pueblo que juré no volver a pisar.

 

Descubre esta intensa e intrigante historia, donde la pasión, la seducción, el peligro, el amor, las mentiras, el humor y el suspense se entremezclan creando una novela adictiva. 

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2 comentarios en “Primer capítulo “Sería más fácil odiarnos”.

  1. […] Cuando Tobías vuelve al pueblo de sus padres tras quince años de ausencia, se encuentra con que las cosas han cambiado mucho. Por un lado, su padre ha muerto y le ha dejado en herencia la empresa familiar. Por otro, su vecinita Rocío, a la que llamaban Pippi Calzaslargas, ha dejado de ser una niña, a la que, para su desgracia, la llaman muchas otras cosas y ninguna bonita. Después de que algunos vecinos los pillen juntos en varias ocasiones, se empieza a barajar la idea de que la desvergonzada pelirroja ya ha puesto los ojos en el heredero. Eso provocará que ambos vivan situaciones extrañas, misteriosas, intensas, excitantes… y, aunque no sepan quién está detrás de tales artimañas, sienten que alguien intenta separarlos. Descubre esta intensa historia de amor e intriga, en la que los protagonistas, que se saltan las normas sin importarles el qué dirán, viven una aventura tan extraordinaria como peligrosa. #Leer el primer capítulo: https://loleslopez.wordpress.com/2019/07/22/primer-capitulo-seria-mas-facil-odiarnos/ […]

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