Reseña «Una irresistible excepción».

Os dejo la fantástica #reseña que ha hecho Nuria en su blog Las historias de Mis Smile de #UnaIrresistibleExcepción. 😍😍 Millones de gracias por tus palabras, guapa. Me encanta saber que has disfrutado con la historia de Ángel y Laura. 💖
https://lashistoriasdemissmile.wordpress.com/2018/04/16/una-irresistible-excepcion-de-loles-lopez/#respond

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Reseña “Una irresistible excepción”.

Fantástica #reseña de «Una irresistible excepción» de la mano de Aure del blog Cazafantasía. 😍😍😍
Millones de gracias por tus maravillosa palabras. Me encanta saber que has disfrutado con la historia de Ángel y Laura. ❤
Si entráis en el enlace, además de leer íntegra la reseña, podréis descubrir curiosidades de mí en una pequeña pero coqueta #entrevista. 💖
http://cazafantasia.blogspot.com.es/2018/03/una-irresistible-excepcion-loleslopez.html?m=

Spoiler “Una irresistible excepción”.

Descubre esta atrevida historia llena de suspense, humor, pasión, erotismo y enredos. ¿Te atreves a hacer una pequeña excepción en tu vida?

SPOILER!!!!!!!
«Salió al camino sin asfaltar que llevaba al pueblo y avanzó a trote medio. Después de una pronunciada curva, vio un automóvil parado en mitad de la pista, un coche pequeño con las ruedas semienterradas en el fango, más indicado para transitar por la ciudad que por mitad del campo. El capó estaba levantado y de él salía un denso humo gris que presagiaba una importante avería, pero no vio a nadie cerca. Tensó las riendas para que Avispado anduviese más despacio a medida que se acercaban; al poco, cuando estaba a escasos metros de aquel Citroën Saxo rojo, emergió del interior una mujer de estatura media, con curvas marcadas y muy femeninas; el cabello rubio liso le caía por la espalda como una cascada, y lo miró con tanta alegría como si le hubiese salvado la
vida. Ángel no entendía qué hacía una chica como aquélla allí, ataviada como si pasease por la capital, con un vestido verde que le llegaba hasta las rodillas, holgado pero que se ceñía a la cintura con un cinturón marrón de piel, que hacía juego con los zapatos de tacón que calzaba y que le impedía andar por aquel terreno fangoso, pues el barro se adhería a sus pies con cada pisada que daba.
―¡Ay, menos mal! Creía que me iba a tocar andar hasta el pueblo a por ayuda ―exclamó la mujer con alivio, mostrándole una dulce sonrisa que le suavizó todavía más el rostro e intentando no mancharse demasiado con aquel terreno encharcado.
―Ese coche no es el indicado para andar por estos caminos ―comentó Ángel sin apearse del caballo y aproximándose a ella; ésta, de pie cerca del vehículo, le recorría con la mirada su torso desnudo sin ningún disimulo.
―Ya; me he dado cuenta… ―Chasqueó la lengua mientras apoyaba una mano en la cadera y ladeaba un poco la cabeza, haciendo que su larga melena se meciese en esa dirección.
―Tú no eres de aquí… ―susurró procurando encontrarle lógica a esa escena, ya que no entendía qué hacía esa chica en mitad de esas tierras.
―¡Anda! Veo que eres un chico avispado ―soltó haciendo que Ángel sonriese por el adjetivo que le había otorgado.
―Avispado es él ―indicó mientras le acariciaba la cabeza a su caballo sin perder la sonrisa y provocando que ella lo mirase sin comprender nada de lo que decía.
Ésta comenzó a avanzar hacia él, con paso inseguro, haciendo de ese paso natural algo casi imposible. De repente, uno de sus zapatos se quedó adherido al suelo, provocando que esa pierna no acompañase a la otra, desestabilizara su cuerpo y perdiese el equilibrio, por lo que cayó de manera ridícula ante Ángel. Éste aguantó estoicamente las ganas que tenía de reírse de aquella situación tan cómica, pensando que la gente de ciudad no tenía ni idea de moverse por el campo…
―¡Oh, lo que me faltaba! ―refunfuñó la mujer mientras sacaba el pie del lodo y conseguía desclavar sus rodillas de aquel terreno tan fangoso. Luego observó con disgusto su vestido manchado de barro e intentó limpiarse sobre él las manos, dispuesta a ensuciarlo un poco más si eso era posible, para poder desprenderse del que tenía adherido a las palmas.
―¿Estás bien? ―preguntó él avanzando un poco hacia ella.
―Sí, tranquilo, vaquero, no hace falta que bajes tan rápido del caballo para ayudarme, no vaya a ser que te caigas y se te estropeen las botas… ―soltó con ironía,
molesta por lo que le había ocurrido delante de ese muchacho que ni siquiera se había dignado a bajar del animal para socorrerla, como si disfrutase viéndola pasar un mal rato…
―Con esos zapatitos de princesa es normal que te caigas… Dime, ¿te has perdido o andas buscando a alguien por aquí?
―Ni una cosa ni otra. Voy, o por lo menos iba ―susurró echando un vistazo a su Citroën con una mueca de disgusto―, a la Albada. Me han indicado que debía tomar esta vía hasta el final…
―Sí, en efecto, está al final de este camino… ¿Eres la nueva inquilina? ―preguntó con curiosidad, al recordar que todo el pueblo estaba expectante por saber quién había alquilado la cabaña del Redondo.
―Sí, soy Laura. ¿Eres el propietario?
―No, no lo soy. Pero aquí todos sabemos de todos. ¿Vienes sola? ―inquirió, extrañado de que una mujer como ella hubiese alquilado sola una casa en mitad del campo. No tenía mucha pinta de que le gustara la naturaleza, juzgó Ángel mientras la veía moverse torpemente, como si el terreno que pisara fueran arenas movedizas para ella; además, parecía estar atemorizada por hallarse en medio de la nada…
―Sí ―dijo irguiéndose con coraje y mirándolo con seriedad―. Bueno, ¿vas a ayudarme de una vez o te vas a quedar montado en el caballo mientras me bombardeas a preguntas? ―le espetó, cansada de ver que aquel tipo no se ofrecía a echarle una mano y harta de notar cómo sus pies estaban llenos de barro, sintiendo aquel contacto gelatinoso y frío que la estremecía desde la cabeza hasta los pies.
―Claro, mujer… ―dijo acercándose con el caballo un poco más a ella―. Sube, que te llevo a la casa».

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