Primer capítulo de “¡Ni un flechazo más!”.

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—No te muevas —lo reprendió con cariño.
—Si no lo hago; es este barco, que parece que está deseando que salga con el rostro
pintado como un payaso y no como la diva que soy.
—¿Estás nervioso? —preguntó observando cómo sus manos no paraban quietas,
atusándose la peluca pelirroja que llevaba puesta y alisando una minúscula arruga de su
esplendoroso vestido de raso en color dorado.
—Mucho.
—Lo vas a hacer fenomenal, Daryl —dijo mientras lo miraba con satisfacción al
ver cómo le quedaba el maquillaje de fantasía que le había aplicado con tanto
detenimiento, enmarcando su mirada gris con sombra dorada y purpurina, realzándole los pómulos con colorete e incluso creándole un lunar en la comisura del labio para darle un toque más sensual, al más puro estilo de Marilyn Monroe. Los labios los había agrandado gracias a un perfilador de un tono un poco más claro que el pintalabios, creando una ilusión óptica de tenerlos mullidos, grandes y carnosos, gracias al lápiz labial de color rojo, el cual había costado una pequeña fortuna.
—Eso espero —suspiró Daryl, contemplando el resultado en el espejo y sonriendo
al devolverle la sonrisa su alter ego—. Ya estoy lista. —Se refirió a sí mismo en femenino,
algo que siempre hacia cuando se caracterizaba de Madame Lover Boom.
—Sí, y espectacular como siempre. ¡Deslúmbralos a todos!
—Eso haré —afirmó poniéndose de pie y haciendo que ella tuviese que levantar la
cabeza, ya que su amigo de por sí ya era alto, pero con las plataformas que portaba cuando se transformaba alcanzaba los dos metros de altura con facilidad.
—Estaré fuera —anunció al imaginarse que no tardarían mucho en llamar a su
amigo para que saliese al escenario; así ella podría buscar el mejor emplazamiento para
poder ver el espectáculo.
—Gracias por acompañarme hoy, Eva —añadió Daryl con un tono melancólico en
su voz, provocando que ésta sonriese abiertamente.
—¿Y perderme una fiesta en un barco? ¡Ni loca! —soltó haciendo reír a su amigo.
—Intenta divertirte fuera y, ¡quién sabe!, a lo mejor encuentras al amor de tu vida
—comentó mientras le guiñaba un ojo, haciendo que las pestañas postizas rozasen sus
mofletes.
—Con la suerte que tengo, soy capaz de encontrármelo de frente, tropezarme y caer
en brazos de otro hombre… —bufó ella negando con la cabeza; su vida era así, un traspié
tras otro después de un gran desengaño amoroso que arrastraba desde hacía demasiado
tiempo.
—Pues abre los ojos, Eva —indicó haciendo que ésta sonriese mientras asentía y
abría los ojos desmesuradamente. Cuando cerró la puerta del camerino, todavía podía oír las carcajadas de Daryl.
Nada más salir a cubierta, observó el cielo estrellado de aquella noche de primeros
de septiembre agradeciendo la suave brisa que hacía bailar su sobrio —pero perfecto para todas las ocasiones— vestido negro con un poco de vuelo, mientras advertía en el
horizonte unas nubes que ansió que no fueran a más, pues en aquella época del año el
tiempo cambiaba drásticamente, pues podía hacer sol y, al poco, diluviar; bien lo sabía
ella, que llevaba viviendo en Chicago cinco años. La gente se arremolinaba alrededor del
escenario, al que saldría en breve su amigo; el ambiente, festivo y distendido, los caros
vestidos y los ostentosos relojes de los hombres llamaban la atención, dejando claro el
alto poder adquisitivo de todos los invitados a aquel navío. ¡Con lo que le costaba a ella
llegar a fin de mes! Y eso que tenía dos trabajos… Se acercó a la barra, con la intención
de levantar su ánimo al verse fuera de lugar en un sitio como ése, pues no quería que su
amigo la viese deprimida por no haber conseguido todavía su objetivo al llegar a esa
ciudad; la ciudad del viento, como era conocida, como también era famoso su horizonte,
un skyline repleto de rascacielos…
—Un gin-tonic —pidió Eva al camarero.
—Enseguida —le contestó éste mientras comenzaba a coger la copa para
prepararlo.
Muy cerca de ella se posicionó un hombre que tendría un poco menos de treinta y
cinco, le calculó. Eva lo evaluó en un simple vistazo: guapo, fornido —seguramente un
adicto al gimnasio, por los músculos que se le marcaban debajo de esa camisa blanca
entallada—, ojos cristalinos y chispeantes, dientes blanquísimos y sonrisa afable. Se
notaba que era consciente de poseer pinta de serio y bueno, un querubín, por aquellos
rizos dorados que lo hacían todavía más adorable y que resultaban un imán para cualquier mujer que tuviera un par de ojos en la cara. Su pose y sus movimientos confiados reflejaban esa seguridad que a Eva le hizo gracia, ya que contrarrestaban con la imagen tímida que desprendía éste de manera innata. Acababa de colocarse cerca de una despampanante rubia que tenía al lado.
—Debería ser un delito ser tan guapa —le oyó decir, y Eva tuvo que hacer un
esfuerzo descomunal para no carcajearse de aquella manera de ligar.
—Aunque lo fuera, tú no lo disfrutarías —sentenció la chica, apartándose de la
barra y dejándolo solo. «¡Olé por ti, rubia!», pensó Eva mirando por el rabillo del ojo cómo éste intentaba disimular la negativa recibida, ya que se notaba que no era algo que le ocurriera a menudo.
—Muchas gracias —dijo Eva al camarero cuando le dio la copa solicitada, para
después girarse (sin tener que pagar nada, ya que disponía de barra libre en aquella fiesta) y situarse cerca del escenario.
El alcohol ayudaba a conformar un ambiente distendido y, acompañada por su copa,
se topó de nuevo con aquel hombre que parecía no perder la esperanza de ligar con una
de esas espectaculares mujeres; esa vez la elegida fue una pelirroja —que parecía recién
salida de un catálogo de lencería cara, por lo exuberante y perfecta que era—, que otra
vez se encontraba cerca de donde ella se hallaba, algo que le facilitó poder ser testigo de
las artes de seducción del tipo y, sin mucha cosa más que hacer, prestó atención a su
conversación.
—¡Creo que ha caído un ángel del cielo y lo tengo delante! —exclamó con tono
seductor.
La pelirroja lo miró una milésima de segundo para después, sin decirle nada y con
una actitud bastante engreída, alejarse de donde estaba él con aires de superestrella
mientras contoneaba su escultural cuerpo. Eva no pudo contener la carcajada que le brotó de golpe al ver el efecto que ocasionaba con esas frases de manual del siglo pasado.
¡Parecía el antiligón!
—¿Qué? —le espetó éste de malas maneras, al percatarse de que se reía de él.
—Nada… angelito —contestó Eva sin poder parar de troncharse; cuando empezaba,
no podía parar, aunque quisiera.
—¿Te estás riendo de mí? —preguntó visiblemente molesto.
—No… Me estoy riendo contigo —replicó como pudo, ya que no podía controlar
las carcajadas—. ¿De verdad te funcionan esas frases?
Él la miró detenidamente, repasando sus facciones latinas, sus ojos oscuros, su
melena negra azabache y su risa descarada y sincera. Era llamativa; no como esas mujeres que paseaban por cubierta, que parecían sacadas de una revista de modelos, pero poseía algo que la hacía agradable a la vista.
—No tienes pinta de ser una solterona rencorosa —objetó sin dejar de escudriñarla,
como si quisiera encontrarle algún fallo.
—Pues tú sí que tienes pinta de moscón, pero de uno anticuado —soltó Eva
limpiándose las lágrimas causadas por el ataque de risa.
—¿Te crees graciosa?
—Hombre, chispa sí que tengo. Pero, chist…, quiero ver el espectáculo —pidió
señalando el escenario, que acababa de iluminarse, atrayendo así la atención del público.
—¿De verdad te funciona? —inquirió el hombre acercándose a ella, ya que ésta
había dado un paso hacia delante para no perderse detalle de la actuación de Daryl.
—¿El qué? —preguntó en un acto reflejo, ya que se estaba arrepintiendo de no
haber mantenido la boquita cerrada y permitir que ese tipo se fuera a por otra conquista, dejándola a ella tranquila. Pero no… ¡Le había entrado la risa y no había podido aguantarla!
—Comportarte así con los hombres… ¿Te funciona para ligar?
—No estoy intentando ligar contigo —informó posando su mirada oscura en él—.
Es más, si lo estuviera haciendo, no tendrías dudas al respecto. No soy de las que dan
falsas señales, te lo puedo asegurar. Lo que pretendo ahora mismo, en este precioso barco, es ver el espectáculo y no llamar precisamente tu atención —señaló mientras veía cómo salía su amigo, perfectamente caracterizado de su alter ego, y sonría complacida al ver el aplomo que tenía éste cuando se subía a unas tablas. ¡Había nacido para eso!
Contrariado y un poco molesto por aquella manera de ser de esa mujer, éste se dio
la vuelta y se acercó a sus tres amigos, que lo esperaban a pocos pasos.
—¿Qué te ocurre, Brian? —preguntó Jack al ver el rostro confuso de éste.
—Cada vez entiendo menos a las tías —sentenció mientras señalaba con la cabeza
a Eva, que estaba absorta en los movimientos estudiados de Daryl encima del escenario
y sonreía orgullosa.
—Pues la morena está como para dejarse entender —añadió Clive sin dejar de
mirarla mientras se arreglaba los puños de su camisa, sacándolos por debajo de su
americana. Sabía que tenía un rostro que llamaba la atención de las mujeres, y además lo combinaba con una manera de ser chulesca, de tipo duro, que le resultaba infalible. Era, de los cuatro amigos, el más bajito, aunque rondara el metro ochenta y cinco. Su cuerpo atlético y fibroso, y sus ojos verdes, hacían el resto. No podía quejarse, siempre conseguía lo que quería.
—Te recomiendo que ni te acerques a ella —comentó Brian negando con la cabeza;
lo había dejado descolocado y eso era algo que jamás le ocurría. Prácticamente no se tenía que esforzar cuando quería seducir, pues se presentaba a cualquier mujer y ésta caía rendida a sus pies. Supuso que la influencia de estar sobre el lago, navegando, le estaba jugando una mala pasada y por eso no estaba obteniendo los resultados esperados.
—Ahora me han entrado más ganas de ligármela —indicó Clive, haciendo reír a
Jack mientras negaba con la cabeza y, de paso, observaba el rostro serio de su otro amigo, el cual no había pronunciado ni una sola palabra, pendiente del espectáculo que se realizaba en el escenario.
—¿Cómo estás? —preguntó Jack a este último.
—No me lo puedo creer aún… —bufó Owen, perplejo, sin ni siquiera parpadear—
. Te prometo que pensaba que me estabas gastando una broma, que era una excusa para
hacerme subir al barco, pero no… —susurró con incredulidad, sin dejar de mirar hacia el
escenario—. Es verdad, y no sé qué decir ni qué pensar…
—Bueno, yo me voy a por la morena. ¡Deseadme suerte! —exclamó Clive sin
pensárselo mucho para luego acercarse a la susodicha, obviando el momento por el que
estaba pasando Owen y centrándose en su propio disfrute.
—Le doy un par de minutos —añadió Brian negando con la cabeza, presintiendo
que ésta no le daría cancha a su amigo, igual como había hecho con él.
Jack lo miró y negó con la cabeza; en la mente de esos dos sólo había espacio para
el sexo, los negocios y poco más.
—¿Qué vas a hacer? —le planteó Jack a Owen, obviando a sus otros dos amigos,
que estaban empeñados en ligarse a cualquiera de las mujeres que paseaban su palmito
por cubierta.
—Nada… ¿Qué quieres que haga? —repreguntó, alzando los hombros con
resignación—. No llevo en esta ciudad ni una hora y me entero de esto así… —murmuró
apesadumbrado.
—Sabía que, si no lo veías con tus propios ojos, no te lo creerías, como me pasó a
mí cuando me enteré…, por eso he ido a por ti al aeropuerto y te he hecho venir hasta aquí —aclaró Jack—. Llevas desaparecido un año, pendiente sólo de pescar y mirar cómo
saltan los canguros en la apacible y sosegada Kiarma… Todavía no entiendo cómo te
fuiste allí. Ya que decidiste escaparte a Australia, deberías haber elegido Sídney o
Melbourne y no ese pueblecito costero… —añadió, negando con la cabeza y sin
comprender las razones que lo llevaron a realizar tal disparate—. Es normal que en ese
tiempo de desconexión las cosas hayan cambiado…
—Elegí precisamente ese pueblo porque no tenía nada en común con esto —afirmó
señalando el famoso horizonte de Chicago—. Quería cambiar de aires radicalmente, y no
me he dedicado sólo a pescar y a ver cómo saltan los canguros… —replicó sonriendo
vagamente.
Había sido un año muy complicado para resumirlo en unos minutos; además, sabía
que Jack no entendería los motivos que lo habían llevado a desaparecer
momentáneamente del foco de atención, o tal vez sí, pero él era incapaz de verbalizarlo…
y a veces incluso de planteárselo, como si, al no hacerlo, creyera que no era real… Habían
pasado demasiadas cosas en muy poco tiempo y en ese momento, a todo ello, se le sumaba ese hecho que todavía le costaba asimilar, que le costaba incluso mirar, pero no había duda de que era él…
—Si querías cambiar de aires, no hacía falta irse tan lejos. Por aquí también hay
pueblecitos tranquilos y costeros… —señaló Jack.
—No quería tener la tentación de volver, por eso me marché a tantos miles de
kilómetros; además, tampoco hubiese sido la mejor compañía, todo lo ocurrido me ha
hecho cambiar… —bufó, volviendo a centrar la atención en el escenario, todavía incrédulo por lo que presenciaba.
—Bah, no me digas que te has convertido en un muermo. ¡Owen, tú eres el alma de
todas las fiestas!
—No soy el mismo, tío —replicó éste, haciendo una mueca de disgusto—. O, mejor
dicho, las circunstancias me han hecho madurar…
—¡No digas tonterías! La fruta es la única que madura, nosotros nos volvemos más
interesantes con los años para las jovencitas —comentó señalando a las mujeres que había en cubierta. Ambos, cada uno en su estilo, sabían que tenían atractivo suficiente como para tener a la que les viniese en gana. Jack era moreno, con los ojos negros y un cuerpo duramente trabajado en el gimnasio; por su parte, Owen era castaño, con los ojos de una tonalidad entre azul y gris que hechizaba a cualquier fémina con sólo posar su seductora mirada en ella; además, su cuerpo atlético y su manera de ser seducía sin pretenderlo.
—Ver para creer… —intervino Owen, asombrado, observando de nuevo a su
amigo—. Clive me contó que el divorcio había hecho mella en ti, pero no me lo creía.
—Ni me la nombres —pidió Jack con desgana—. Si es que soy gilipollas. No podía
conformarme con lo que tenéis vosotros, un rollete cada noche, no… ¡Tenía que buscar
una mujer con la que casarme y tener hijos, y al final fui a parar con la peor!
—Son cosas que pasan, Jack…, pero fuiste feliz.
—Esa felicidad duró sólo tres años, Owen; el cuarto fue un infierno, hasta que me
presentó los papeles del divorcio.
—Bueno, pero fueron tres años de la hostia.
—Sí, eso sí —rezongó Jack con desgana.
—¡Lo sabía! —exclamó de repente Brian, haciendo que los dos amigos reparasen
en él—. La morena es un hueso duro de roer —sentenció observando cómo Clive volvía
al grupo solo y con cara de pocos amigos.
—A ver, ¿quién es el puto amo? —soltó cuando estuvo cerca de ellos, mostrando
de golpe una sonrisa resplandeciente.
—No puede ser… —bufó Brian, consternado de que éste hubiese conseguido algo
de esa chica.
—Se llama Anastasia, es cubana y en cuanto acabe el espectáculo nos iremos
solos… Ya me entendéis —informó Clive con orgullo al haber conseguido ligarse a una
mujer que parecía dura, aunque en el fondo no lo había sido tanto.
—No tenía acento cubano… —murmuró Brian mirándola fijamente.
En ese momento Eva comenzó a aplaudir efusivamente mientras saludaba al drag
queen que hacía reverencias exageradas, recibiendo la aclamación del público.
—¿Vas a ir a hablar con él? —le preguntó Jack a Owen.
—Claro, es mi hermano, aunque vaya disfrazado de reina de la noche —masculló
él sin dejar de mirar y, por ello, descubrir cómo éste se percataba de su presencia y se le
cambiaba el gesto por uno de sorpresa y pánico, para después recomponerse y proseguir
el espectáculo. El show debía continuar, pasara lo que pasase.

 

¿Qué ocurrirá cuando Owen y Eva se conozcan? ¿Se sentirán atraídos o, tal vez, no se soportaran? 

Descubre esta seductora y divertida historia de amor en la que un «te odio» puede llegar a estar muy cerca de un «te quiero».

A la venta el 12 de marzo de 2019 en todas las tiendas digitales.

¡¡Qué no te la cuenten!! Te enganchará.

 

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Primer capítulo “Campanilla olvidó volar”.

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PRÓLOGO
Sentirse atraído por alguien en una boda podría considerarse un tópico, algo con lo que algunos fantasean cuando asisten a un evento como ése, es como una manera de gritarle al mundo que no se casan no porque no quieran, sino más bien porque no tienen con quién. Pero ni Julen ni Abril eran de ese tipo de personas. Ella estaba demasiado ocupada organizando aquel enlace tan importante para su pequeña empresa y él había asistido porque era el mejor amigo del novio, aunque se sentía bastante incómodo fuera de su entorno y deseaba que aquella celebración finalizase lo antes posible. Pero un cruce de palabras no muy acertadas, una sonrisa tímida de ella y una mirada penetrante de él hicieron que se sintiesen atraídos el uno por el otro. ¿Y si el causante de aquella atracción era aquel lugar tan romántico y sensual? Julen no sabía la respuesta, pero desde que había oído hablar a Abril, no había podido apartar la mirada de ella. Era tan risueña, tan trabajadora, tan diferente a lo que estaba acostumbrado y tenía esas contestaciones tan irónicas, que le costaba dejar de mirarla. Intentaba verle algo que la asemejase a sus anteriores conquistas, pero no lo lograba…
Comenzó a no prestar atención al enlace, era como si aquella mujer lo hubiese hechizado, quería probar aquellos labios tan gruesos y tan bien definidos, fundirse en ellos y demostrarse a sí mismo que Abril era una mujer como las demás, no la bomba sexual que su mente creaba a pasos agigantados. Debía hacer algo para salir de su error, porque sabía que la estaba idealizando hasta el extremo, así que la embaucó, algo que no le resultaba difícil, ya que era como un don que poseía y del que echaba mano siempre que podía. Y por fin, a la luz de la luna llena de aquella isla griega de Corfú, posó su boca sobre aquellos labios tan tentadores… Pero lo que sintió no fue lo que esperaba y, de repente, el tiempo se detuvo a su lado y sólo la sintió a ella, ese beso suave, sin prisas, tan delicado como una pluma, pero tan intenso que podía prender un rascacielos.
Julen se apartó como si los labios de Abril quemasen y la miró entre nervioso y asustado, aunque manteniendo las formas en su presencia; debía parar aquello allí mismo, Pablo no le perdonaría jamás que sedujera y sacara a mitad de la celebración a la organizadora de su boda. Los pasos que dio para separarse de ella fueron los más duros que había dado en toda su vida, lo desgarraban por dentro, como si algo lo empujase hacia aquella mujer rubia, como si ella fuera la cura de su enfermedad, la única capaz de despertarlo de aquel letargo… Sí, la deseaba. La deseaba más que a nada en el mundo, pero tuvo que hacer lo mejor para ambos. Aun así, no pudo quedarse quieto y marcharse sin más, y le escribió una nota que luego dejó en el bolso de ella. Era su sello, no podía remediar esa parte de él que era innata. Al fin y al cabo, era todo un experimentado donjuán.
Se marchó de la boda con la sensación agridulce de saber que cometía un error, que debía dar media vuelta y acabar lo iniciado. A lo mejor si saciaba aquel deseo ardiente que sentía por esa mujer, aquello se evaporaría y volvería a su vida cotidiana, sin rastro de la sonrisa eterna de la rubia que lo había cautivado en tan pocas horas, con su carisma y su sarcasmo que lo hacía sonreír sin remediarlo. Pero no podía, debía ser listo y esperar una oportunidad mucho mejor que la boda de su mejor amigo.
Julen no era de los que creían en el destino y no iba a empezar a hacerlo en aquel preciso momento. Era el conductor de su propia vida, quien dirigía el timón de aquel navío que era su existencia. Mientras salía de aquella paradisíaca isla griega, comenzó a pensar en la mejor manera de volver a encontrarse con ella, eso sí, de una manera casual, como Julen creía que les gustaba a las mujeres; pero detrás de esa «casualidad» estaría él, moviendo los hilos para reencontrarse con Abril y así cumplir la promesa que le había escrito en aquel pequeño trozo de papel:
Quiero que estés preparada para cuando nos volvamos a encontrar. No sé dónde ni cuándo, pero sé que no voy a poder darte solamente un beso. Nos vemos pronto o, por lo menos, eso espero.
JULEN
1.
Abril se sentía satisfecha del trabajo que habían realizado Maca y ella en Corfú. La boda de Pablo y Elisa había ido mejor de lo que había supuesto y, aunque había tenido algún contratiempo con cierto amigo del novio, se sentía orgullosa de todo lo realizado. Después del enlace, Maca y ella se quedaron unos días en la isla para relajarse y desconectar un poco. Al principio no pudo dejar de pensar en aquel apuesto hombre que se había atrevido a besarla en mitad de la boda que ella organizaba. Su mirada y la atracción que sintió por él la perseguían cuando cerraba los ojos. Pero Abril se sentía aliviada de que no hubiese ocurrido nada más entre ellos, lo último que deseaba en aquellos momentos era complicarse más la vida.
―¿Te vas ya a casa? ―preguntó Maca en el interior del taxi que habían cogido nada más aterrizar el avión en el aeropuerto de Manises.
―Sí, dejo la maleta y me voy a ver a mi padre ―contestó Abril distraídamente, mientras observaba el denso tráfico de su ciudad natal.
―¡Estos días en Corfú han sido geniales!
―Sí, lo hemos pasado muy bien… De nuevo te agradezco que te hayas hecho cargo de todos los gastos de estos días que hemos pasado tras la boda, eres un solete ―comentó mirándola a los ojos, emocionada por el gran gesto que había tenido su amiga con ella.
―¡Ya te tocaba tener vacaciones, Abril! ―exclamó Maca, apretándole el brazo con cariño―. No paras de trabajar y necesitabas desconectar un poco de tus obligaciones; además, ya verás cómo nos salen más bodas. Ésta nos abrirá más puertas y podremos disfrutar más de la vida.
―Eso espero… ―bufó Abril, poniendo los ojos en blanco―. ¿Qué vas a hacer ahora?
―Me iré a tomar unas cañas con Almu y los demás. Estaría genial que te vinieses…
―Ya… A mí también me gustaría verlos, pero lo primero es lo primero ―sonrió Abril―. A la próxima, estoy ahí la primera.
―Te noto como ausente, ¿no estarás así por el tío ese de la boda? ―preguntó Maca mirándola fijamente.
―¡¿Qué?! ¡¡No, qué va!! ―exclamó, asombrada de que pensara eso―. No es por eso, es que quiero que la empresa comience a tener beneficios de una manera más continua y así poder trabajar exclusivamente en esto y de paso pagarte todo lo que has invertido para que empezáramos a trabajar.
―Ya… Yo también quiero que nos salgan más bodas. Y por lo del dinero no te agobies, Abril, hoy por hoy no necesito que me lo devuelvas… ―susurró Maca con ternura.
―¿Tú también quieres centrarte en la empresa, so guarra? ―soltó Abril con una sonrisa―: Eres la envidia de todas las mujeres del planeta Tierra. A mí me encantaría pasarme el día haciéndoles fotos a fornidos modelos con poca ropa y no pasando comida por un lector de código de barras. ¿De verdad no necesitan una maquilladora de tabletas de chocolate? Yo me ofrezco voluntaria, ya lo sabes ―bromeó, guiñándole un ojo y haciendo reír a su amiga.
―La verdad es que, viéndolo desde tu punto de vista, soy una tía con suerte. Y tranquila, cuando esté vacante ese puesto, entras de cabeza. ―dijo, guiñándole también un ojo―. Pero ahora en serio, el supermercado es un trabajo temporal, Abril. Vales para organizar bodas. Fíjate en Pablo y Elisa, están encantados con el trabajo que has hecho. Yo sólo me he dedicado a hacer fotos, el resto lo has creado tú. Ya verás como dentro de poco esto empieza a funcionar.
―Sí, haremos que funcione ―comentó Abril esperanzada, sintiendo que las dos juntas podrían lograrlo.
El taxi se detuvo primero en el edificio de Maca, el taxista sacó la maleta y continuó la carrera hasta la casa de Abril, que se encontraba a unas calles de donde vivía su mejor amiga y socia. Ambas eran vecinas del barrio de Benimaclet, Maca en una de las zonas más nuevas y Abril en una de las más antiguas. Ésta pagó el taxi y se dirigió al portal de su edificio, de aspecto estropeado y con bastantes años en sus cimientos, pero era lo que se podía permitir con sus escasos ingresos. Su piso estaba en la quinta planta, un pequeño apartamento de dos habitaciones, con grandes ventanales donde la luz natural entraba por unos estores amarillos que se había podido comprar en uno de esos grandes almacenes de decoración tan económicos.
Dejó la maleta en su dormitorio, donde tenía una cama grande, un armario empotrado, una mesilla con una lamparita y una mesa de escritorio pegada a la única
ventana que había en aquella estancia; los colores predominantes eran el del haya de los muebles y el naranja de las cortinas y sábanas. Se detuvo un instante en el único cuarto de baño, situado entre los dos dormitorios; era pequeño, pero contaba con lo esencial. Los sanitarios eran de color blanco, los básicos que tenían todos los pisos, y los azulejos de un tono crema mate.
Se miró en el espejo, cerciorándose de que llevaba bien el maquillaje, se tensó la prieta coleta y suspiró profundamente. Volvía a la vida normal y eso equivalía a trabajar muy duro y sin descanso para conseguir lo que tanto ansiaba. Cogió su pequeño bolso y salió de su piso.
Cuando bajaba en el ascensor se miró de nuevo al espejo, no se había cambiado de ropa, llevaba un mono corto de un estampado muy alegre y colorido, con el verde como tono predominante. Ese color le quedaba muy bien a su piel ligeramente bronceada durante los días de descanso y a su cabello rubio. Le encantaba vestir siempre de alegres colores, pensaba que eso daba aspecto de jovialidad sin importar cómo se sintiese de verdad. Sus ojos oscuros reflejaban más de lo que ella quería revelar y por eso siempre intentaba usar pintalabios de colores vivos, para que los demás fijaran la mirada en aquella parte de su rostro que podía controlar.
Salió a la calle y se dirigió caminando hacia la casa de su padre. Era un soleado y cálido día de últimos de septiembre; la humedad hacía que la sensación térmica fuese de mayor calor y Abril tuvo que buscar la sombra para resguardarse un poco de aquel verano interminable que parecía no querer abandonar la ciudad de Valencia. Llegó al edificio donde creció, abrió el portal y subió al tercer piso. Cuando estuvo ante la puerta de casa de su padre, llamó al timbre, esperó unos segundos y abrió con su llave.
―¡Papá! ―llamó mientras entraba.
―Estoy en el salón ―contestó su padre―. Hija, pero ¡qué guapa estás! ―dijo, levantándose del sofá para darle un par de besos a Abril.
―Me han venido bien estos días de descanso ―contestó ella, mientras el hombre se sentaba de nuevo y ella lo hacía a su lado―. ¿Qué tal todo por aquí?
―Como siempre…
Sonrió mientras cogía la mano de su hija y la apretaba con cariño. Salvador tenía sesenta y seis años, era un hombre alto, con el cabello entrecano y una mirada que reflejaba la bondad que residía en su corazón. Siempre había considerado que Abril era un milagro para él. Después de muchos años buscando un bebé, su mujer y él la concibieron cuando todas sus esperanzas se habían esfumado; casi por sorpresa, cuando Salvador tenía cuarenta años y la madre de Abril treinta y nueve. Fue el mejor regalo que les habían dado en toda su vida. Con aquel rostro angelical y aquellos caracolillos rubios que se le enredaban en la nuca, era como la lluvia de abril, tan necesaria para las cosechas y para seguir viviendo… Aunque también hubo un tiempo en que temió no volver a verla nunca más, pero eso era agua pasada y se sentía dichoso de tenerla a su lado.
―¿Has visto a Zoe? ―preguntó Abril, apoyándose en el respaldo del sofá marrón. Le encantaba aquella casa, siempre la hacía sentirse en paz consigo misma.
―Ayer la vi de lejos, estaba en el parque, pero ella no me vio.
―Podrías haberte acercado a ella…
―No me apetecía verle la cara a Ernesto ―replicó Salvador, haciendo sonreír a Abril.
―Él no te tiene que cohibir para acercarte a Zoe.
―Lo sé, pero es que lo veo y me descompongo. No puedo con él, lo siento hija ―concluyó con resignación―. Dime, ¿qué tal fue la boda?
―Muy bien, papá. Los novios han quedado muy contentos con nuestro trabajo.
―Sé que llegarás muy lejos, Abril. Eres igual de terca que tu madre e igual de trabajadora que yo ―comentó con cariño.
―No sé si llegaré lejos o a la vuelta de la esquina, pero nunca me culparé de no haber luchado por mis sueños ―dijo su hija con convicción.
El teléfono móvil de Abril comenzó a sonar, ella abrió el bolso y lo sacó.
―Sí, ¿dígame?
―Hola, ¿estoy hablando con Enlaces el Hada Vestida de Verde? ―preguntó una voz femenina.
―Sí. Hola, buenas tardes, me llamo Abril, ¿en qué puedo ayudarla?
―Encantada, Abril, soy Carola y me gustaría concertar una cita con vosotras para poder hablar de mi boda. La verdad es que estoy en una nube. ¡Justo ayer me lo pidió y ya ando buscando organizadora! ―dijo entre risas.
―Es bueno ser previsora. Dígame, ¿desde dónde me llama? ―Abril sacó la agenda de su bolso y comenzó a garabatear en ella, bajo la atenta mirada de su padre.
―De Madrid.
―¿Cuándo le vendría bien quedar con nosotras?
―¡Lo antes posible! Tengo disponibilidad absoluta.
―Hoy es domingo… ―dijo, más bien para sí misma, echándole una ojeada a su agenda―. ¿Sería demasiado precipitado quedar mañana por la tarde? Tengo un hueco y no tendría problema para viajar a Madrid.
―¡Oh, estupendo! ―exclamó la joven con euforia―. La verdad es que quiero empezar lo antes posible con los preparativos, ya que no disponemos de mucho margen de tiempo. Aunque ya te lo contaré mañana cuando nos veamos. ¿Quedamos a las seis de la tarde en Embassy? Está en el paseo de la Castellana.
―Perfecto. Ahí estaré, Carola ―dijo Abril, apuntándose la hora y el lugar de la cita.
―Muchas gracias, Abril. Estoy deseando poder comenzar a trabajar juntas ―comentó con alegría―. Nos vemos mañana.
―Hasta mañana ―se despidió ella con una sonrisa. Colgó la llamada y se quedó mirando a su padre―. ¡¡Tengo una cita con una clienta!! ―exclamó con júbilo, mientras bailoteaba en el sofá, haciendo reír a su padre con esa demostración de efusividad.
―Me alegro, hija. Empiezas a recoger los frutos de tu duro trabajo. Pero… ¿mañana por la mañana no trabajas en el supermercado?
―Sí, pero la tarde la tengo libre. Prefiero viajar mañana, a partir del miércoles lo tendré mucho más complicado para moverme fuera de Valencia.
―Ya sabes que si yo te puedo echar una mano…
―Lo sé, papá. ¡Eres un solete! ―exclamó, sentándose a su lado y dándole un tierno abrazo.
―Ay, hija… Si estuviera en mi mano, sólo trabajarías en tu empresa.
―No te preocupes por eso, papá. No me asusta trabajar…
―Lo sé… ―dijo él, sintiéndose orgulloso.
Después de hablarle de las vacaciones a su padre, de enseñarle las pocas fotos que ella hizo, al contrario que Maca, que no se pudo separar de su cámara de fotos ni en Corfú, fue a prepararse para el día siguiente.
Llegó a su pequeño piso, se duchó y se puso el pijama. Después cenó un pisto con longaniza que le había dado Salvador en un táper, habló por teléfono con Maca, que seguía de fiesta, para comentarle la cita que tenía al día siguiente, y se fue temprano a la cama. Antes de apagar la luz de su lamparita de noche, miró la fotografía que tenía sobre la mesilla. En ella, Zoe sonreía al objetivo. Abril suspiró con nostalgia y apagó la luz. Al poco se quedó profundamente dormida, pensando en Zoe y en la nueva vida que estaba construyendo.
Bip… Bip… Bip… Bip… Bip… Bip… Bip…
―Son treinta euros con cincuenta y dos céntimos ―dijo Abril con una sonrisa, mientras ayudaba a colocar la compra en la gran cesta de mimbre que se había traído la clienta.
―Ay, nena… ¡Cómo se va el dinero ahora! ―exclamó la mujer, abriendo el monedero.
―Volando ―contestó Abril, al tiempo que cogía los billetes y las monedas que le daba.
―Que pases un buen día, Abril ―dijo la mujer, que era clienta habitual, mientras acarreaba la pesada cesta.
―Lo mismo le digo, Purita ―contestó ella sonriente, tras darle el tique y el cambio―. Cuídese ese resfriado, que hoy la veo un poco pachucha.
―Ay, sí, hija, estos cambios de tiempo es lo que tienen ―respondió la mujer.
―¿Vas a cerrar? ―preguntó Amparo, la encargada del área de las cajas, acercándose a Abril y observando que no tenía gente en la cola.
―Sí, me queda colocar los yogures y me voy ya ―dijo ella, mientras ponía la cadena para que nadie pasase por su caja y fueran a las otras que había abiertas.
―Perfecto.
Abril llevaba despierta desde las seis de la mañana y no había parado un solo segundo de trabajar. La función que desempeñaba en aquel supermercado de barrio era, aparte de cobrar a los clientes, reponer los alimentos que faltaban en las estanterías. Por tanto, las horas se le pasaban a una velocidad de vértigo, no tenía tiempo de aburrirse. Pero ya le quedaba poco para coger su Fiat Punto naranja y salir hacia Madrid para conocer a su futura clienta. Eso hacía que el cansancio se evaporara con la ilusión de tener una nueva boda que organizar y estar más cerca de poder dedicarse en exclusiva a la pequeña empresa que había fundado junto con su amiga, con tanto cariño y entrega.
Después de colocar los yogures, se metió en el vestuario, se comió allí mismo unas empanadillas de atún con tomate, se cambió de ropa, cogió su bolso y fue hacia donde estaba estacionado su coche. Tenía casi cuatro horas de trayecto por delante. Dejó a un lado una botella grande de Coca-Cola, arrancó y salió hacia la cita, mientras la música llenaba el pequeño espacio y ella se iba animando a medida que iba haciendo kilómetros. Le encantaba conducir, sentir la velocidad, desplazarse por las interminables carreteras que unían una ciudad con otra, por eso casi no se dio cuenta de las horas que transcurrían hasta que llegó a la capital de España.
Fue directamente a un parking privado del centro, no quería perder tiempo buscando aparcamiento en una ciudad tan grande como ésa. Antes de salir del coche, cogió la botella vacía de refresco para tirarla en una papelera, se colgó al hombro el bolso amarillo, que hacía juego con sus zapatos de tacón, y echó a andar hacia el lugar de encuentro. Se estiró el vestido, de media manga y en tonos morados oscuros que llevaba; era de una tela que no se arrugaba y caía con soltura por su esbelto cuerpo, dándole el toque de seriedad y modernidad que le quería ofrecer a aquella mujer, para poder captarla como clienta.
Llegó al lugar donde había quedado con Carola. No sabía a quién buscar, por tanto observó a todas las personas que estaban sentadas en la terraza y, al no ver indicios de que esperasen a alguien, se fue hacia el interior. Nada más entrar, vio a una mujer alta, morena, con el cabello suelto formando unas ondas perfectas y brillantes, que no apartaba la mirada de la puerta. Abril le sonrió y ella le devolvió la sonrisa: había encontrado a su clienta.
―¿Carola? ―preguntó, acercándose a aquella mujer tan bella.
―Sí ―dijo la otra con una sonrisa encantadora, mientras se levantaba de su silla y le daba un par de besos―. Es un placer conocerte en persona, Abril. Estoy súper entusiasmada. Me han hablado tan bien de ti y de todo lo que hiciste en la boda de Elisa y Pablo, que ya me tienes como clienta segura ―le comunicó con entusiasmo.
―Me alegra muchísimo que me digas eso, Carola. Aunque siempre solemos explicarles a nuestros clientes cómo sería su boda organizada por nosotras, antes de firmar ningún papel. Para nuestra empresa lo principal son los novios y que ese día sea único y especial. Y dime, ¿cómo nos has conocido?
―Unos amigos asistieron al enlace que organizasteis en Corfú y me hablaron tan bien de esa boda, que no pude evitar pedirles que me averiguaran vuestro número de teléfono. ¡No quería arriesgarme contratando a alguien sin experiencia! ―explicó con soltura―. ¿Qué quieres tomar? ―preguntó, al ver que el camarero se acercaba a su mesa.
―Un café con leche, por favor.
―Un té con leche ―pidió Carola―. Tengo que obligarme a tomar más infusiones, ahora debo cuidarme más que nunca. ―Hizo una mueca de culpabilidad que hizo sonreír a Abril.
―Cuéntame un poquito cómo sería tu boda ideal y qué piensa el novio de tu idea ―dijo ella, sacando la agenda de su bolso para empezar a anotar los gustos de la mujer.
―Antes de nada, te quiero pedir disculpas en nombre de mi prometido. Ha intentado venir a la cita, pero a última hora lo han llamado para una reunión y no ha podido aplazarla para otro día. Espero que os conozcáis lo antes posible, porque él también quiere darte su punto de vista, aunque no difiere mucho del mío… ―añadió con una sonrisa encantadora―. Mira, te voy a ser sincera, desde que era una mocosa he pensado en este día, en cómo sería y dónde se celebraría. Cuando Richie me pidió la mano, le conté cómo deseaba casarme y le encantó mi idea, aunque él dice que le pongamos también algo masculino al enlace, para que no sea todo tan rosa. ―Rio despreocupada, mientras Abril apuntaba en su agenda lo más significativo, para poder trabajar después con esas ideas.
―Entonces, quieres tu cuento de princesas, pero que no sea todo de tul rosa, ¿verdad? ―preguntó, adivinando sus deseos.
―¡Sí! ―exclamó Carola con júbilo―. Eso es lo que quiero. Quiero ser la princesa que se casa con el príncipe azul. Lo quiero todo, sin importarme cuánto me va a costar. Eso es lo de menos, no hay límite de presupuesto. Haz lo que quieras, pero quiero sentirme como si estuviese dentro de un cuento de hadas.
―De acuerdo, creo que entiendo lo que deseas. A ver… ¿algún lugar especial para celebrarlo?
―Te dejo libertad, no nos importa si es aquí o en otro país, lo que queremos es sentirnos especiales. Eso sí, una cosa muy importante: necesitamos seguridad al cien por cien. Mi prometido tiene muchos amigos famosos y no queremos que ningún paparazzi acceda a nuestra boda…
―De acuerdo. Ahora necesitaré hacerte unas preguntas rutinarias para cerciorarnos de lo que más se ajusta a ti, para poder organizar tu boda de ensueño.
―Perfecto. Cuando quieras ―dijo con una sonrisa, mientras observaba al camarero posar las consumiciones sobre la mesa.
Abril empezó con el cuestionario que Maca y ella habían confeccionado a los pocos días de fundar la empresa; era tipo test, preguntas sencillas, que dejaban claros los verdaderos gustos de los novios sin que éstos se dejaran llevar por las modas o por la
familia. Aunque el mayor peso de la empresa lo llevaba Abril, ya que Maca sólo se dedicaba a las fotografías del enlace y a montar su correspondiente álbum de fotos, Abril intentaba informarla de todos los pasos que daba. No podía quejarse de que Maca no se involucrara más en la empresa, sin los ahorros de ésta no hubiese podido empezar a trabajar, sin su ayuda, aquel sueño que fue creciendo en las sobremesas, se hubiese quedado sólo en eso, un sueño. A la media hora había terminado la valoración.
―De momento con todo esto puedo trabajar y ofrecerte tu boda ideal ―comentó Abril―. Sólo falta que me digas más o menos en qué fecha queréis casaros.
―Sí… ―musitó Carola, mordiéndose los labios nerviosa―. La cuestión es que debemos casarnos antes de dos meses…
―¡¿Menos de dos meses?! ―exclamó Abril, asombrada ante todo el trabajo que tendría que hacer en tan poco tiempo.
―Sí… bueno, la verdad es que no es por capricho… Estoy embarazada de un mes y no quiero estar muy gordita el día de la boda.
―¡Enhorabuena! ―exclamó ella con una sonrisa, observando su rostro radiante, que reflejaba la felicidad que sentía―. Tranquila, haremos todo lo que esté en nuestras manos para que tengas la boda que siempre has soñado. Sólo nos faltaría hablar con el novio y así poder empezar a trabajar en el acto.
―Oh… ¡gracias, Abril! ―exclamó Carola emocionada―. Claro, es lógico. Si quieres, puedes venir conmigo ahora y te lo presento. Me vendrán a recoger aquí para llevarme a su empresa…
―Me encantaría, te seguiré con mi coche. Lo tengo en un parking cercano.
―¡Genial! Le va a encantar conocerte, Abril. Dime, ¿eres de aquí?
―No, soy de Valencia. Pero no te preocupes por la distancia. La boda se puede organizar sin problema.
―Ah, vale… Es que quiero tenerte disponible para cuando necesite tus consejos y que me vayas diciendo cómo va todo.
―No te preocupes. Ten mi tarjeta, ésta es mi dirección, mi móvil que ya lo tenías y mi mail. ―Le tendió una pequeña cartulina blanca y verde―: Estaremos en contacto todos los días. Cuando haya hablado con el novio y sepa sus preferencias, empezaré a trabajar y os haré un boceto. Vosotros sois los que mandáis. Si no os gusta cualquier cosa, lo reharemos sin problemas.
―Estupendo ―contestó Carola, impresionada por la profesionalidad de aquella joven, y miró el móvil, que le había sonado avisando de un nuevo mensaje―. Acaba de llegar el chófer, ¿nos vamos?
―Claro ―contestó Abril, guardando su agenda y terminándose el café con leche.
Carola se dirigió a la barra y pagó las consumiciones, luego la esperó para salir juntas de la cafetería.
―Me gustas, Abril. Creo que mi boda no puede estar en mejores manos ―dijo con convicción―. Mira, ahí está. ―Señaló un lado de la calle―. Podrías venir ahora conmigo y luego te acercamos al parking.
―No, gracias, prefiero ir en mi coche. En cinco minutos estaré aquí, llevo un Fiat Punto de color naranja.
Se fue a paso rápido hacia el parking subterráneo, pagó y salió hacia donde estaba el flamante BMW negro esperando para que los siguiese a saber adónde. Mientras conducía detrás del vehículo donde iba sentada Carola, miró la hora. La cita se estaba alargando más de la cuenta y llegaría a Valencia de madrugada…
El BMW se detuvo delante de un edificio moderno con grandes ventanales, con un luminoso y gran rótulo con el nombre IMAGINA PRODUCCIONES S.L. Abril apagó el motor de su coche y se bajó admirando el lugar. Carola llegó a su lado y la guió por el interior de aquel enorme espacio moderno y de estilo minimalista, donde el acero y el color negro predominaban.
―¿Tu novio trabaja aquí? ―preguntó en un susurro, sintiendo que se introducía en un mundo totalmente nuevo para ella.
―Richie es el dueño de todo esto ―contestó Carola con orgullo―. Impresionante, ¿verdad?
Abril asintió, observando boquiabierta en las paredes del pasillo que recorrían los carteles de las películas producidas por la empresa: muchas de ellas las había visto en cine o en DVD. En ese momento comprendió por qué querían seguridad, para salvaguardar la intimidad de los amigos del novio, ya que éstos serían esos actores fotografiados en los distintos carteles que decoraban aquella preciosa empresa.
Se entusiasmó con la idea, aquello sería muy beneficioso para ellas. El nombre de su pequeña empresa recorrería los círculos del mundo cinematográfico y supo, que cuando se lo contara a Maca, ésta se volvería loca de emoción al ver que estaban cada vez más cerca de conseguir el prestigio que querían.
―Julen, ¿está Richie en su despacho?
Al oír ese nombre, Abril olvidó los carteles, las películas que tantas veces había visto, los actores con los que había soñado, la idea de verse trabajando en exclusiva en su empresa, la alegría de Maca al saber quiénes serían sus próximos clientes y buscó con la mirada el rostro del hombre con el que hablaba Carola. No podía ser, era imposible, no podía ser el mismo Julen que ella había conocido hacía una semana…
―Sí, puedes entrar ―dijo él, acercándose a ellas.
El mundo dejó de dar vueltas, Abril incluso sintió que le faltaba el aire… ¿Cómo era posible que tuviese delante de ella al hombre que conoció en Corfú?
¡Y pensar que se había sentido afortunada de no tener que verlo nunca más, de no saber nada más de él! Y no, no le importó que desapareciera después de darle aquel breve beso, entonces incluso se lo agradeció, ya que temía no haber podido parar y luego tener que arrepentirse de algo más… Aquella sensación de falta total de autocontrol cuando estuvo entre sus brazos a Abril no le había gustado nada, ella odiaba sentirse de esa manera.
Respiró hondo y lo miró a los ojos, sintiéndose perdida en aquel mar oscuro que eran sus iris. Intentó controlar sus nervios, notando que le flaqueaban las piernas y que su corazón cabalgaba desbocado sólo con verlo sonreír. ¿Y ahora qué se suponía que debía hacer?

 

©Campanilla olvidó volar.

©Loles López.

©Zafiro (Editorial Planeta).

A la venta en cualquier tienda digital a partir del 21 de febrero de 2017.

 

Ficha de Campanilla olvidó volar.

Ya está la ficha de #CampanillaOlvidóVolar en la web de la Editorial Planeta. 💝

A la venta el 21 de febrero. ¡Ya queda menos! 😉

Os dejo aquí la #Sinopsis: 

Una novela romántica sobre las falsas apariencias y la necesidad de hacer las paces con nuestro pasado para poder disfrutar del futuro. 

 

Para volar es necesario superar el miedo que hace que uno se aferre al suelo.

Abril es una mujer risueña, irónica y capaz de hacer cualquier cosa por difícil que sea. Pero en su interior esconde un pasado que no desea recordar ni desvelar a nadie. Una noche, mientras supervisa una boda, conoce a Julen, un hombre muy seductor que se propone besarla bajo la luna llena de Corfú y que, para su sorpresa, lo consigue. Un beso corto pero muy intenso, de los que marcan para toda la vida.

La llamada de una novia solicitando sus servicios y el viaje hacia la capital de España hacen que Abril se vuelva a reencontrar con Julen, que desea, a toda costa, culminar lo que comenzaron en la isla. Pero el destino hará que Julen se replantee su conquista y se centre en conocerla mejor, porque intuye que, detrás de esa eterna sonrisa, oculta algo que él podría aprovechar en su propio beneficio.

Lo que ninguno de los dos sabe es que están a punto de vivir una conmovedora historia de amor donde el humor, la amistad, los enredos y las mentiras los llevarán al límite, y donde tendrán que elegir si fiarse o no el uno del otro.

Campanilla olvidó volar es una novela donde se refleja el temor a confiar en las personas, en mostrarse tal y como se es de verdad, sin medias verdades y sin artificios, única manera de alcanzar el amor verdadero

Sorteo aniversario “No te enamores de mí”.

Cómo pasa el tiempo, ¿verdad? Parece mentira que hayan pasado dos años desde el lanzamiento de la primera novela que publiqué con la Editorial Planeta. Para celebrar todo lo bueno que me ha dado, y me sigue dando, esta historia; voy a sortear tres lotes de marcapáginas dedicados (Uno de #NoTeEnamoresDeMí y otro de #MeLoEnseñóUnaBruja). Participar es muy sencillo, sólo tienes que comentar este post, compartir y pertenecer al grupo de lectoras:
Puede participar todo el mundo en el #sorteo y diré quiénes son las ganadoras el jueves 10 por la tarde en el grupo de lectoras.
¡Mucha suerte y muchas gracias por acompañarme todo este tiempo! ❤

 

sorteo-aniversario-lanzamiento-no-te-enamores

Primer capítulo “Destruyendo mis sombras”.

Destruyendo mis sombras

                                                                      1
Las olas del mar Cantábrico rompían con fuerza a escasos metros. Estaba de pie, descalza sobre la mullida y fresca hierba, y detrás de ella se encontraba la magnífica escultura Elogio del horizonte. Ése era su lugar preferido, al que siempre iba cuando se sentía perdida o necesitaba pensar. Le encantaba notar el viento fresco y húmedo, observar la fuerza de ese mar bravío.
Se acurrucó bajo su estola de piel blanca. Estaban a primeros de mayo y el frío se negaba a marcharse, pero sentirse helada no le importaba. El sol empezaba a esconderse y el cielo se tornaba anaranjado; el viento parecía querer jugar con la falda de su precioso vestido blanco, que no paraba de moverse de un lado a otro. Carla cerró los ojos, deseando con todas sus fuerzas que lo que acababa de pasar fuera un mal sueño, una horrible pesadilla de la cual ella acababa de ser la protagonista. Al abrirlos, se encontró con la puesta de sol más espectacular del mundo, sus ojos se empañaron de lágrimas y lloró sin reprimir el dolor que sentía en el pecho, intentando sacar toda la frustración que sentía. Se dejó caer abatida sobre la verde hierba, sin importarle que su delicado y caro vestido se manchara. ¿Qué más daba ya?
Aquel día había empezado siendo el mejor de su vida. Sin duda alguna, era el acontecimiento que toda mujer espera después de cierto tiempo conviviendo con su pareja. Estaba nerviosa, quería que saliera todo a la perfección, estaban terminando de hacerle las fotos, posaba con una grandiosa sonrisa en los labios. Era feliz, iba a casarse con su primer amor. Sus padres estaban guapísimos, su hermano pequeño y la novia de éste posaban espectaculares. Todo estaba saliendo como ella siempre había soñado. La recogieron en un magnífico coche de época de color marfil adornado con flores rosas, en cuyo interior se sentía una princesa de cuento. Su padre la ayudó a salir y, con paso seguro, caminó hacia el altar de la iglesia. Todos los allí reunidos se volvieron al verla mientras comentaban lo preciosa que estaba con aquel vestido de novia entallado hasta la cintura, con un original cinturón de encaje gris y pedrería y una vaporosa falda capeada cayéndole con gracia. El cabello lo llevaba medio recogido a un lado, con unas grandes ondas que enmarcaban su rostro y adornado con una delicada flor blanca.

Carla miró extrañada hacia delante: Enrique no había llegado aún; en el altar sólo estaba el padre de éste y el íntimo amigo del novio. Aun así, rompiendo la tradición según la cual la novia debía llegar en último lugar, se quedó esperando delante del cura, que la miraba con cara de circunstancias. En su interior, los nervios se debatían con el miedo de que la dejasen plantada delante del altar. No obstante, eso era imposible que pasara: Enrique la adoraba y, desde hacía muchísimos años, eran inseparables.
De repente, la puerta de la iglesia se abrió con fuerza y, entrando a la carrera por el pasillo central, apareció el hermano de Enrique, con la cara desencajada y la camisa blanca salpicada de sangre. Con el corazón en un puño, Carla se le acercó y, sin mediar palabra, salió corriendo a la calle, seguida por él y por su padre. Lo que encontró sólo a una manzana de allí la dejó helada y rota por dentro. Un camión había colisionado con el coche en el que iba Enrique, un amigo suyo y su hermano, dejando el utilitario irreconocible. Acababa de ocurrir hacía poco, pues en el lugar sólo se hallaban las personas que habían presenciado el accidente y ellos. A lo lejos se oían las sirenas de la policía, la ambulancia y los bomberos, que se dirigían hacia allí.
Carla miró a Álvaro, el hermano de Enrique, que estaba muy nervioso. Le explicó que él había podido salir del vehículo porque su puerta había quedado intacta, que había intentado hablar con su hermano y con el amigo de éste, pero que ninguno de los dos se hallaba consciente… Carla se temió lo peor, aunque no podían hacer nada más que esperar a que llegaran los servicios de emergencias. Al minuto irrumpieron delante de ellos y echaron a todas las personas hacia atrás para poder trabajar. La gente estaba conmocionada por lo que acababa de suceder en pleno centro de la ciudad y se arremolinaba cerca del aparatoso accidente mientras la policía intentaba despejar la zona para que no interfiriera en las labores de los bomberos.
Carla no sabía cómo reaccionar. Sin ver el cuerpo de Enrique, sabía que le había pasado algo, y sólo podía rogar, suplicar, que su amado se encontrara vivo y que aquel mal presentimiento no se hiciese realidad. Con su vestido blanco, ella y el resto de los invitados elegantemente vestidos protagonizaban un espectáculo dantesco delante del accidente, con las manos unidas, esperando que alguien les dijera algo, que alguien sacara del coche a las dos personas que iban de camino a la iglesia.
Carla sintió el apoyo de su hermano y de su amiga Sira. Ambos la cogieron de la mano mientras observaban cómo sacaban a su futuro marido del asiento del acompañante. Uno de los bomberos hizo una señal a un médico, éste se dirigió corriendo hacia el amasijo de hierro en que se había convertido el automóvil; comenzó a comprobarle el pulso, a mirarle las constantes y negó con la cabeza. Ese simple gesto hundió a Carla en las profundas aguas de la desesperación, empezó a gritar entre lágrimas, maldiciendo por lo que acababa de ocurrir el mismo día en que iban a casarse, derramando el dolor de ver que el amor de su vida había muerto a escasos metros de donde ella lo esperaba. Notó cómo la abrazaban, intentando calmar el ansia de acercarse al cuerpo inmóvil de Enrique, que ya comenzaban a colocar en una camilla y a cubrir con una tela.
Para Carla, todo lo que sucedió después quedó vagamente registrado en su memoria. Los padres de Enrique lloraban con desesperación y trataban de acercarse a su hijo. Los médicos atendían a varios familiares con ataques de ansiedad, mientras ella recordaba la presión en sus manos de Sira y de su hermano, intentando reconfortarla ante aquella escena tan cruel, donde su prometido, el amor de su vida, había perdido la vida sólo unos minutos antes de convertirse en su marido.
Se estremeció al revivirlo y se acurrucó más en su estola. Cubrió sus pies descalzos con la cola de su vestido. Comenzaba a anochecer y debía pensar en irse, pero no podía volver al piso que compartía con su amado, era demasiado duro para ella. Habían estado viviendo juntos, en el piso de éste, durante siete años, y en ese momento, aquel hogar que habían estado creando se había convertido en el último sitio donde ella quería estar. Apoyó el mentón sobre su rodilla y escuchó el sonido del mar, dejándose envolver por aquella calma que la rodeaba, aunque su interior estuviese a punto de estallar en mil pedazos.
Sabía que aún le quedaba un largo camino antes de despedirse para siempre del amor de su vida. Carla se había marchado cuando el juez hizo el levantamiento de los cadáveres y los trasladaron al instituto anatómico forense. Debían hacerles las autopsias pertinentes para descartar cualquier negligencia por parte de los jóvenes. Se había marchado casi sin que nadie se diera cuenta, aprovechando el ataque de ansiedad de la madre de Enrique, que centraba todas las miradas y atenciones. Necesitaba estar sola para poder llorar su angustia, para poder asimilar lo que acababa de ocurrir en el que debería haber sido el día más feliz de su vida. Al día siguiente tendría que ir al tanatorio, volver a verlo, inmóvil, y hacerse a la idea de que jamás regresaría con ella, de que nunca más oiría sus carcajadas cuando bromeaban, de que no podría volver a sentir sus brazos rodeando su cuerpo… La congoja se acumulaba en su garganta, intentando salir.

Carla se levantó del frío y húmedo suelo y se acercó al acantilado. Las olas salpicaban su rostro, fundiéndose con las lágrimas derramadas; el vestido danzaba con violencia de un lado para el otro a causa del fuerte viento. Cerró los ojos y sintió el helor sobre su piel y su alma.
―¿Por qué? ―gritó con furia y desesperación al viento, abriendo los ojos de golpe―. ¿Por qué te lo has llevado? Era un buen hombre, el mejor que podrá existir. ―Señaló con furia al cielo―. ¿Cómo quieres que ahora rehaga mi vida sin él? ¡¡Él lo era todo para mí!! ―dijo llorando sin mesura, dejando libre aquel dolor que le atenazaba el pecho, sintiéndose vulnerable y sola por primera vez en su vida.
Se quedó observando aquel cielo bañado de estrellas, la luna llena la iluminaba. Las olas rompían con fuerza a escasos metros, creando una melodía única. Cerró los ojos de nuevo. Sería tan fácil dejarse caer, abandonar con él este mundo cruel y dejar de sufrir. Sólo debía dar un paso, sólo un paso y volvería a verlo… ¡No, no podía! Enrique nunca se lo perdonaría. Él no habría querido eso para ella. Enrique la amaba más que a su propia vida y habría querido que siguiera adelante, aunque doliese, pero siempre hacia delante.
―¡Carla, al fin te encuentro! ―exclamó Sira acercándose a ella.
Miró a su amiga. Todavía llevaba puesto el elegante vestido rojo que se había comprado para la boda; el pequeño recogido se le había soltado y varios cabellos de color caoba se balanceaban por culpa del viento; en su rostro se reflejaba la angustia por no encontrarla. Carla sonrió con tristeza al verla.
―Llevamos cuatro horas buscándote, estábamos preocupados por ti… ¿Cómo estás, cariño? ―preguntó cogiéndola con suavidad del brazo y apartándola del acantilado―. Estás helada. Vámonos a casa, vas a coger una pulmonía…
―Uf…, a casa… ―bufó Carla levantando los ojos al cielo cubierto de estrellas.
―Cariño, tú te vienes a vivir conmigo. ¿Qué creías? ¿Que te iba a dejar sola? ―Sonrió abrazándola y alejándola del borde.
―¿Me lo dices de verdad? Te estorbaré… Tú estás acostumbrada a estar sola, y yo… ―titubeó con tristeza. No quería ser una molestia para su mejor amiga, pero tampoco quería encontrarse sola.
―Estaré encantada de que vivas conmigo, así me haces compañía ―comentó Sira mientras le guiñaba un ojo y la conducía en dirección a su coche.
No supo lo helada que estaba hasta que se metió debajo de la ducha. El contacto con el agua caliente hizo que la piel le pinchara como si de miles de agujas se tratara. Salió rodeada de una manta de vapor, se secó con rapidez el cuerpo y se puso un pijama de algodón que le había dejado su amiga. Se miró en el espejo, su rostro reflejaba el cansancio y el dolor sufrido horas antes. Sus ojos grandes y oscuros estaban bordeados por una sombra rosada, la nariz chata tenía la punta roja y sus mejillas se veían sonrosadas. Comenzó a secarse a conciencia su larga melena morena, intentando mantener a raya las emociones y las lágrimas. Observó el vestido de novia que acababa de quitarse: tenía manchas de hierba y de tierra. Lo cogió y lo sacó del cuarto de baño. No sabía qué hacer con él o, mejor dicho, no sabía si guardarlo le haría bien… Lo dejó sobre una silla cuando entró en el salón, donde estaba su amiga, esperándola impaciente.
―Te he preparado un poco de sopa caliente ―informó Sira en cuanto la vio. Se fijó en el vestido que Carla había dejado sobre la silla y supo que aquello debería solucionarlo ella, pues su amiga no estaba en condiciones de desprenderse de él.
El apartamento de Sira era pequeño. El salón compartía espacio con la cocina; el estilo era moderno, con colores neutros que hacían que la estancia pareciera más espaciosa de lo que era en realidad. Un sofá granate de cuatro plazas separaba los dos ambientes de la habitación. Al lado se encontraba el único cuarto de baño, moderno y funcional. Al final de un corto pasillo estaban las dos habitaciones: la principal, más grande y con vistas al centro de la ciudad, y la de invitados, bastante más pequeña pero con lo necesario para una persona.
―¡Qué bien! ―exclamó Carla con una tímida sonrisa. Necesitaba con urgencia sentir el calor en el cuerpo, aún notaba los músculos entumecidos.
―Tómatelo todo ―susurró Sira poniéndole el cuenco con la deliciosa sopa encima de la mesa, justo detrás del sofá.
Carla se sentó a la mesa y se la tomó casi de un sorbo. Aunque le quemaba la lengua, era un placer notar cómo la calentaba por dentro.
―Suéltalo de una vez ―bufó al cabo de un rato, notando que Sira no paraba de mirarla fijamente y temiéndose una charla trascendental por parte de su amiga.
―¿Qué hacías tan cerca del acantilado? ―preguntó ésta preocupada.
―No me iba a tirar, Sira ―susurró Carla.
―Me quitas un peso de encima. Por un momento creí que ibas a hacer alguna tontería… ―señaló Sira.
―Si te soy sincera, se me pasó por la cabeza, pero sé que Enrique no habría querido ese final para mí ―musitó ella con emoción en la voz al nombrarlo.
―Sé que lo que te ha pasado es duro. Vamos, entre tú y yo, es una puta mierda… Pero aunque él se haya ido, tú no puedes rendirte… ―dijo su amiga mientras le apretaba el brazo con cariño, intentando darle las fuerzas necesarias para afrontar la situación.
―Lo sé, Sira… ―susurró ella con pesar.
―Hay mucha gente a tu alrededor que te quiere. Sé que tú no pretendes que ellos sufran por ti, pero… ―comentó Sira despacio para que su amiga entendiese que siempre había una solución.
―No te angusties. No se me va a pasar otra vez por la cabeza terminar con mi vida…
―Carla, tú puedes sobrellevar esto. Eres una mujer fuerte y, además, no estás sola: está tu familia, y yo…
―Uf… La fortaleza se me ha ido en ese accidente junto a Enrique ―suspiró ella dolida, intentando reprimir las lágrimas que amenazaban con desbordarse de nuevo.
―¿Qué vas a hacer a partir de ahora? ―indagó Sira cogiéndole la mano con cariño.
―Tratar de seguir adelante sin él y olvidarme para siempre del amor ―murmuró Carla con convicción.

 

Si queréis saber qué le ocurrirá a Carla y qué le pasará cuando Kenneth Pyrus entre en escena… ¡No os perdáis “Destruyendo mis sombras”! Lanzamiento a nivel mundial en todas las plataformas digitales el 2 de agosto de 2016.

 

 

¡Ya a la venta “Me lo enseñó una bruja”!

0 ¡A la venta bruja!

 

Ya son las 0:00 horas españolas y eso quiere decir que ya está disponible en todas las plataformas digitales mi última novela: Me lo enseñó una bruja. Para tenerla en papel, solo hay que esperar unas pocas horas más. 😉

Espero que esta historia os guste tanto como a mí el escribirla; en ella encontraréis risas, emociones, amistad, amor, pasión, sexo e intriga.

¿Preparadas para averiguar qué es lo que le enseñó una bruja?